samedi 15 juillet 2017

Roberto CAREAGA C.∕Pablo SIMONETTI: "Pude llegar a ponerme en los zapatos de mi padre"


Entrevista Lanza nuevo libro:
Pablo SIMONETTI: "Pude llegar a ponerme en los zapatos de mi padre"
Por Roberto CAREAGA C.

En su más reciente novela, Desastres naturales, el escritor chileno se enfrenta a la figura del padre, después de dos libros dedicados a su madre. Con una base autobiográfica, el relato aborda la difícil relación filial y el reconocimiento de la homosexualidad del hijo, todo en un país regido por un gobierno autoritario.

Pablo Simonetti tenía 10 años cuando viajó al sur con sus padres y uno de sus hermanos. Terminaba 1971 y ellos avanzaban sobre un Fiat 125 con destino a Playa Linda, en Pucón. En la ruta, Simonetti leía una guía turística y mantenía informado a su padre sobre las distancias recorridas y las que faltaban, como también de un sinnúmero de detalles geográficos de las regiones que atravesaban y los lagos y volcanes que verían. La llegada fue un caos: tres horas después de instalarse en la casa que los esperaba, el volcán Villarrica hizo erupción. Tuvieron que arrancar en medio de la noche. Mientras la lava empezaba a descender, la familia Simonetti se fue del lugar, pero luego regresó para ayudar a otras personas, hasta que ya en la madrugada se instalaron en Temuco. Fueron horas de agitación y miedo, y, sin embargo, para Pablo tuvieron el sabor de la aventura: estaba en confianza, protegido por su familia. Quizás fue una de las últimas veces que se sintió así.

Ahora, ese viaje está teñido por lo literario. En su novela Desastres naturales, Simonetti le entrega el recuerdo de ese viaje a su protagonista, Marco, y lo vuelve un engranaje central para la construcción de su identidad. El reflejo entre el autor y su protagonista es tan fiel que al hablar del libro muchas veces Simonetti pasa en la misma frase de hablar de "él", su personaje, para hablar simplemente de él mismo. "Esta novela nació de un deseo de rememorar el tiempo de un viaje al sur, que es la raíz autobiográfica del libro, que tenía algo de paraíso perdido en mi memoria. Un lugar que puedo traer al presente en cualquier momento", dice Simonetti, tomando una copia del libro ilustrado por su esposo, el pintor José Pedro Godoy.

Figura pública por su lucha en favor de los derechos homosexuales, Simonetti es uno de los autores más leídos de la narrativa chilena reciente. Desde la emotiva Madre que estás en los cielos, publicada en 2004, fue intensificando su relación con los lectores en otras cuatro novelas que exploran intimidades familiares y de parejas a la sombra de quiebres y frustraciones. Casi siempre recurre a su autobiografía, y en Desastres naturales lo hace de nuevo: "Mi intención inicial al escribir la novela fue entender mejor a mi padre. Y aunque no sé si puedo llegar a hacerlo del todo, porque sin duda somos muy diferentes, sí me pude llegar a poner en sus zapatos. Y eso para mí tiene un valor", dice.

Pero Desastres naturales no es la historia del propio Simonetti. La novela sigue a Marco, quien pasados los cincuenta años sufre un infarto cerebral que, entre otras cosas, lo motiva a tratar de entender la relación que tuvo con su papá. La tarea que se impone se lee en la primera página: "Mi esfuerzo estará mediado por la distancia que creció entre nosotros. En la memoria, permanece como un personaje enigmático, opaco, inasible; en la construcción de mi personalidad, como un antagonista; en la vida, como un protector que me legó privilegios y un atisbo de valentía".

Lo que sigue son los recuerdos que Marco va ensamblando. Siempre de fondo está su padre. Dueño de la industria Comper, Ricardo la perdió a manos de la Unidad Popular y volvió a recuperarla a inicios de la dictadura. Con Pinochet en el gobierno, la familia vivió años de confort hasta la crisis de 1982. Luego, al jefe de familia lo asalta el párkinson que lo llevará a la muerte. Paralelamente, Marco se distancia de su padre mientras descubre su homosexualidad. El viaje al sur, siendo un niño, es el último eco de una vida en calma en el hogar: "Ese momento, tan atesorado en mi memoria, es para Marcos el momento en que se siente parte de su familia. Aun siendo un niño diferente en su sensibilidad, el padre era capaz de darle una atención equivalente que al resto de sus hermanos. Después no sucede eso. Todo comienza a perderse", dice Simonetti.

-La novela se trata de un Marco desconectado, desarraigado, empezando por su familia.
-Siempre he dicho que mis novelas son sobre el conflicto de la identidad al interior de la familia y las parejas, pero está este problema sombra: la frustración, de cariño, de amor, de pertenencia.

-¿En la novela se enfrenta al tema del padre desde la autobiografía?
-Sí, de todas maneras. Ahora, a medida que la novela avanza, hay elementos que empiezan a concurrir para responder a los desafíos que la ficción te va planteando. Deja de ser mi vida mientras avanza el libro, pero claramente estoy hablando de mi padre. A mí sí me tocó vivir una relación difícil con él, con mis hermanos, con la idea de masculinidad sobre todo, pero creo que la novela empieza a cerrarse sobre sí misma. Yo podría haber encontrado momentos de gran sensibilidad y cercanía con mi papá en mis experiencias reales y los podría haber representado en el libro. Pero me da la sensación de que en la novela el padre y el hijo van en un camino sin retorno que no fue del todo el mío. Estoy seguro de que cualquiera de mis hermanos al leer esta novela diría "esto no fue así, en ningún caso".

-¿Por qué se demoró en escribir sobre su padre?
-En un momento el narrador dice que no le prestaba atención a los gestos de su padre. Y yo tengo que hacer un esfuerzo para recordar cómo se movía, qué cosas hacía. Todas las veces que hablé de mi padre en mis libros anteriores lo planteé como una potencia lejana y misteriosa, porque había una dificultad de comprenderlo, y en ese sentido esta novela era un desafío. Y por eso este libro fue un proceso paulatino, en el que yo iba encontrando zonas que me permitían hablar de él sin contarlo falsamente, sin inventarlo. Quizás fue lo que más me costó, porque es una novela indagatoria, no es algo que se cuenta ya resuelto.

-Más allá de lo autobiográfico, el padre también es una figura simbólica de una época que se está apagando: es un hombre conservador y emocionalmente distante, y que muere de una enfermedad que literalmente lo paraliza.
-En una escena del libro, cuando él y su socio se encuentran con Pinochet, dicen que sienten estar con una persona que entiende que las cosas se pueden hacer solamente si se ejercen de una cierta manera. Y que ellos siempre lo han hecho así. Esa manera de pensar el poder omnímodo, cómo única forma de llevar adelante las cosas, está claramente en crisis. En todos los espacios. En la política, las empresas, la vida familiar. Antes se pensaba que, claro, uno podía tener la bonhomía de tratar con la gente que trabajabas, pero el que mandaba eras tú, el jefe, y se hacían las cosas que tú decías. Y en la casa también. Era una visión de mundo de los hombres fuertes.

-¿Es una visión de la masculinidad en crisis?
-Creo que es una novela sobre las formas de la masculinidad. Y hay muchas representaciones. El tío arquitecto, el cura, el padre, los hermanos, el mismo Marco. Son todas formas de masculinidad diversas y van jugando entre ellas. Aparecen también las distintas formas del descubrimiento sexual, con violencia, con cinismo o acogedoramente.

-¿También ahí hay un componente autobiográfico?
-Por supuesto, pero no en los términos ni con los personajes de la novela. Lo que ahí está representado es la incertidumbre y la sensación de humillación que se vive cuando no tienes una oportunidad de vivirlo de manera abierta y natural. Esto, además, está ambientado en los 80, una época durísima. Durante la dictadura se recrudecieron los modelos de género, partiendo desde la representación de Pinochet, el hombre fuerte, y Lucía Hiriart, su esposa, una mujer que se dedicaba a las cosas domésticas. A los pocos días del golpe había patrullas militares que les cortaban el pelo a los hombres, en la calle. Con el control de los militares en todos los ámbitos, eso fue muy poderoso: se estableció un modelo en que el hombre fuerte desaforado tenía fuero.

-¿"Desastres naturales" también es una novela sobre la dictadura?
-Hasta ahora yo nunca había escrito sobre esa época. Pero fueron tan fuertes las cosas que ocurrieron que tuvieron un efecto preponderante en las vidas de las personas. Cuando me planteé hacer este libro debía estar la muerte de Eduardo Frei, las crisis económicas de los 80 y el grado de conciencia sobre lo que estaba ocurriendo, y también las formas de evasión para no hacerse cargo moralmente de aquello. Y lo quise hacer así porque sobre esa época hay mucho que está escrito y lo que podía hacer yo era dar una visión personal de una familia industrial, que apoya a Pinochet, que es un punto de vista quizás no tan abordado.

-En general la novela chilena sobre la dictadura está narrada desde los perseguidos, que no es el caso de esta familia.
-No. En principio, el golpe les trae una alegría. Celebran, pueden volver a tener su empresa, creen que se salvaron de una matanza. Yo siempre escribo desde los lugares que conozco y desde lo más cercano, porque desde ahí puedo aportar matices y hallazgos que de otra forma me estaría inventado. La mía era una familia democratacristiana que se sintió amenazada por la elección de Allende, como un tercio del país. No diría que era una familia de derecha, sino burguesa, y en ese momento había una retórica contra la burguesía muy fuerte. Además, una burguesía alcanzada con mucho esfuerzo a través de generaciones. Era una familia de clase media enriquecida, muy trabajadora.

-En ese sentido, "Desastres naturales" se aleja de la tendencia actual de la narrativa chilena de hablar de la clase media.
-Yo escribo de lo que sé, de lo que alcanzo a captar con mi sensibilidad. Lo que me mueve es encontrar claves del mundo que me ha tocado: y este es el mundo, es la clase que me tocó. Siento que cada uno está escribiendo de su mundo. Alejandro Zambra, Diego Zúñiga, Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Daniel Villalobos, Rafael Gumucio, todos hablan de sus vidas. Lo que nos reúne no es, creo, que estemos hablando de una clase social u otra, sino que todos estamos hablando de nuestras vidas. Nos reúne la reivindicación del individuo y de su lugar respecto de las viejas pertenencias.


Artículo: www.elmercurio.com  04/6/2017

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