samedi 15 juillet 2017

Rafael VARGAS∕Jaime TORRES BODET: 115 años : El tráfago del mundo


REVISTA LA GACETA
Jaime TORRES BODET: 115 años : El tráfago del mundo
Por Rafael VARGAS

Octavio Paz y Jaime García Terrés se conocieron en París, en los fríos días del final de febrero de 1950. Paz, nacido el 31 de marzo de 1914, estaba a punto de cumplir 36 años. García Terrés, nacido diez años más tarde, el 15 de mayo de 1924, se acercaba a los 26.

Paz tenía poco más de cuatro años de residir en la capital francesa, donde se desempeñaba como segundo secretario de la Embajada de México; García Terrés recién llegaba para estudiar estética en la Universidad de París y filosofía medieval en el Collège de France. Venía de renunciar a la Subdirección General del Instituto Nacional de Bellas Artes, donde había trabajado al lado de Carlos Chávez desde enero de 1947 hasta noviembre de 1949. Había decidido dejar ese cargo para poder aceptar la beca de estudios que el gobierno francés le había ofrecido justo a comienzos de 1947 —cuando él ya se había comprometido a trabajar en Bellas Artes—, una beca para estudiar lo que quisiera, durante un año, en una institución de estudios superiores de Francia. La oferta de la beca se renovaría gracias a la perspicacia de François Chevalier, director del Instituto Francés para América Latina de 1949 a 1962, quien comprendía la importancia de fomentar la francofilia entre los jóvenes artistas e intelectuales mexicanos después de la segunda Guerra Mundial. García Terrés llegó a un país que aún sufría muchas limitaciones económicas a consecuencia de aquel conflicto, pero que a la vez resurgía y vivía una extraordinaria efervescencia en el plano social y en el cultural. Su propia presencia en París demostraba que en aquella época esa ciudad todavía irradiaba una poderosa influencia internacional y formaba parte del horizonte de centenares de creadores e intelectuales de América Latina. Octavio Paz, por su parte, había salido de México desde finales de 1943. Una beca Guggenheim le había permitido viajar a los Estados Unidos, con la intención de realizar una investigación a lo largo de un año. A la postre permanecería dos. En octubre de 1945 fue nombrado tercer secretario de la embajada de México en París. Llegaría a esa ciudad en la segunda semana de diciembre de 1945. Desde abril de 1946 vivía con su familia en un amplio departamento de la avenida Victor Hugo, que en 1950 ya se había convertido en un centro de reunión de artistas franceses e hispanoamericanos. Es muy posible que antes de que Paz y García Terrés se conocieran tuviesen alguna idea uno del otro, ya fuera a través de amigos comunes —Alfonso Reyes, Carlos Chávez, Salvador Novo—, o a través de la lectura. El 18 de agosto de 1949 había terminado de imprimirse la primera versión de Libertad bajo palabra, de Paz, y dos días después La responsabilidad del escritor, de García Terrés. En todo caso, si éste no llegó a París con una expresa recomendación de buscar a Paz, no debe haber tardado mucho en encontrarse con él en la representación diplomática mexicana. El 9 de febrero de 1950 García Terrés le escribe a Carlos Chávez —con el que mantendrá correspondencia durante toda su estadía francesa— que le parece “muy acertado que me envíe la correspondencia a la embajada, porque casi estoy seguro de futuras mudanzas, y de esta manera no se perderán las cartas”.

1 Se antoja un poco raro que García Terrés haya ido a estudiar a París filosofía medieval, porque venía de terminar la carrera de derecho y ni la filosofía ni lo medieval tendrían un lugar preponderante en la obra que habría de desarrollar, pero él mismo aclara el motivo en el afectuoso recuerdo que hace de su maestro en tal materia: Étienne Gilson.

2 Al evocarlo cuenta que después de años de recibir una educación confesional —que le había hecho formarse una imagen avasallante de Santo Tomás de Aquino— libraba consigo mismo un debate espiritual que le llevó al estudio de autores franceses neocristianos como Jacques Maritain —con el que conversó un par de veces cuando éste visitó México en diciembre de 1947, al frente de la delegación francesa que participó en la II Asamblea de la UNESCO. “Étienne Gilson cifró para mí, en París, uno de los puntos culminantes en esa prolongada lucha por el rescate de mi equilibrio”. 1950 fue un año muy importante para García Terrés. No sólo conoció a Paz, con el que habría de construir una amistad muy estrecha, sino también a Celia Chávez,3 su futura esposa, y a Carlos Fuentes, que también se convertiría en un amigo muy cercano. No menos importante fue para Paz, quien a mediados de febrero recibió los primeros ejemplares de El laberinto de la soledad (impreso con el sello de la revista Cuadernos Americanos), y en noviembre concluyó la redacción de Águila o sol, que le hará llegar a Alfonso Reyes un par de meses después, por conducto de Rufino Tamayo, para entregarlo al Fondo de Cultura Económica.

Paz y García Terrés se vieron en París con alguna frecuencia, aunque no demasiada. Trabaron una relación cordial pero no muy estrecha (en los primeros meses de su trato, según contaba García Terrés, se hablaron siempre de usted). Más que por una diferencia en cuanto a edades —entre los amigos cercanos de Paz en aquella época había varios estrictos coetáneos de García Terrés, como el nicaragüense Carlos Martínez Rivas y los peruanos Fernando de Szyszlo y Blanca Varela—, por la diversidad de sus asuntos. Paz dedica buena parte de su día a su labor en la embajada y a su cada vez más amplio círculo de amigos; García Terrés explora París y se deja llevar por sus tentaciones, “múltiples y de incontables órdenes”.4 Y no sólo cedió a los atractivos de París: también viajó tanto como le fue posible; visitó Italia, Líbano, Egipto y Grecia (por primera vez). A mediados de marzo de 1951 García Terrés volvió a México, después de visitar Río de Janeiro y disfrutar del ya entonces celebérrimo carnaval carioca. Carlos Chávez lo invitó a reintegrarse a su equipo de colaboradores en Bellas Artes, esta vez como jefe del Departamento Editorial, y a retomar la revista México en el Arte, cuya edición había coordinado a partir del número 5, de noviembre de 1948.5 En el desempeño de ese cargo se encuentra cuando recibe la carta de Octavio Paz escrita el domingo 13 de abril de 1952 con que comienza este epistolario —evidente respuesta a una solicitud de colaboración por parte de García Terrés. Después de vivir casi seis años en París (del 9 de diciembre de 1945 al 30 de noviembre de 1951), Paz acaba de ser trasladado a la India, y está a menos de un mes de verse sorprendido con la noticia de un nuevo traslado, esta vez a Japón, hacia donde saldrá el 1º de junio con la encomienda de instalar la embajada de México ante ese país, con el que el nuestro había roto relaciones a consecuencia de la guerra.6 Apenas iniciada la correspondencia entre los incipientes amigos, se abre una larga pausa, y se abre también uno de los periodos más atribulados en la vida de Octavio Paz.

Justo cuando siente que comienza a comprender y a adentrarse en la cultura japonesa, su esposa, Elena Garro, enferma. La descripción más elocuente de su situación la brinda el propio Paz en una carta enviada al poeta francés Jean-Clarence Lambert y a su mujer, Lena, el 29 de septiembre de 1942: Perdonen el laconismo. Pero atravieso por uno de los momentos más duros de mi vida. Helena está gravemente enferma. Aquí no veo la manera de curarla. Hemos pedido el cambio a Suiza, donde deberá hospitalizarse inmediatamente (se trata de algo en la columna vertebral y en el nervio de la espina). Aguardo sin muchas esperanzas la respuesta de México. Vivimos en un hotel y la vida no puede ser más desagradable y angustiosa. Pero basta de quejas.7 El 2 octubre de 1952 saldrá de Japón rumbo a Suiza, donde las afecciones de su esposa tampoco parecen tener pleno remedio, por lo cual la estadía en el nuevo país tampoco será larga. El 18 de agosto de 1953 el secretario de Relaciones Exteriores acuerda que Paz vuelva al país y se reintegre a la Cancillería como subdirector de Organismos Internacionales. El 25 de septiembre, después de diez años de haberse ausentado del país, está de vuelta en la Ciudad de México. El primer día de ese mismo mes Jaime García Terrés se ha convertido en el titular de la Dirección General de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México. Subrayar la coincidencia entre ambos hechos es importante porque la nueva designación de García Terrés beneficiará a Paz en diversos sentidos.

Para comenzar, brindándole un espacio que habrá de ponerlo en el centro de la atención del público mexicano en general —pues Difusión Cultural pronto comenzará a desarrollar una importante serie de actividades en diversos ámbitos—, y de los lectores de literatura en especial. García Terrés opera una transformación en la Revista de la Universidad que se advierte al cabo de unos cuantos números. Y no es porque bajo la vigilancia de sus últimos conductores —Antonio Acevedo Escobedo el último de ellos— la revista haya tenido una mala calidad; contaba con materiales legibles y notables colaboradores regulares, como Alí Chumacero, pero carecía de un proyecto, de una visión que García Terrés sí sabe conferirle. Convierte una publicación oficialista y heteróclita en una revista cultural, con un marco eminentemente literario, pero en el que también hay buena cabida para las demás artes, las ciencias sociales y las ciencias. En el número de noviembre ya ha incorporado a Carlos Fuentes a la secretaría de redacción y muy pronto se allega un grupo de colaboradores constantes —Henrique González Casanova, Emmanuel Carballo, Enrique González Rojo, Eduardo Lizalde, Carlos Valdés— que lo acompañan en la parte inicial de ese cambio. Paz no tarda en colaborar con García Terrés. En el número de la Revista correspondiente a enero de 1954 se incluyen seis de los poemas que aparecerán agrupados en el libro Semillas para un himno, impreso por el Fondo de Cultura Económica el 20 de noviembre de ese mismo año, y de una u otra manera tiene una presencia continua en los cuatro primeros números de 1954. En el número de febrero aparece la entrevista (extensa, para las publicaciones de la época) que en agosto de 1953 le hiciera en Ginebra, Suiza, el argentino Roberto Vernengo (en la Revista su apellido se imprime con una errata que le depara el sino más bien pesimista de “Vernegro”, y como tal es citado todavía hoy en muchos artículos y libros). Prácticamente desde el principio, la Revista es una caja de resonancia de lo que Paz hace y de los contactos que mantiene con otros países. En la edición de marzo su imagen figura de manera prominente en una fotografía tomada por Ricardo Salazar en la Facultad de Filosofía y Letras el 15 de marzo, día en que, con la participación de Luis Buñuel, Manuel Álvarez Bravo, Efraín Huerta, Paz y otros, se celebra la mesa redonda “El cine como expresión artística”.

Con ella comienza el Seminario de Cine que promueve la Dirección de Difusión Cultural. En el texto relativo al Seminario se indica que Paz se encargará más delante de hablar sobre “El cine poético”. En la entrega de abril, la sección de libros incluye una nota sobre un libro impreso en Francia en 1952, del cual han llegado unos cuantos ejemplares a las librerías mexicanas: la Anthologie de la poésie mexicaine, que Octavio Paz preparó por encargo de Torres Bodet para la UNESCO. El propio Torres Bodet solicitó al célebre Paul Claudel —a quien admiraba— un prólogo escrito ex profeso para la antología. Todo, en conjunto, parecía una muy buena idea. Pero su realización resultó fallida. El comentarista señala que no por causa de Paz y deslinda responsabilidades: una selección justa y un brillante aparato crítico no bastan para cumplir el objeto que se perseguía, o sea, el de comunicar a un pueblo que habla francés, los valores fundamentales de una poesía escrita en español. Hubiera sido preciso, en efecto, que al lado de la selección y del prólogo (hablamos del prólogo de Paz; el de [Paul] Claudel podría servir indistintamente para una colección de poesía persa o para presentar sus propias obras), se incluyera una traducción decorosa y aproximada. Lo cual no es, por desdicha, el caso. Firma la nota Martín Palma, uno de los pseudónimos que García Terrés utilizó a lo largo de su vida, quizás el más recurrente de ellos.8

Por supuesto, la llegada de Paz a México, “trayendo un diluvio de ideas e incitaciones frescas”, como lo recuerda García Terrés,9 también beneficia a su joven amigo, y su participación en el naciente proyecto de Difusión Cultural enriquece éste de manera decisiva, no sólo por su acción directa, sino también por los colaboradores que poco a poco le procura.

Es razonable, por ejemplo, suponer que Luis Cernuda comienza a colaborar con la Revista gracias a Paz, lo mismo que Manuel Durán y, esporádicamente, Dámaso Alonso. Naturalmente, a lo largo de los seis años que Octavio Paz vive en México, la correspondencia se interrumpe, salvo por un breve periodo de poco más de tres meses —noviembre de 1956 a marzo de 1957— en el que Paz es comisionado por la cancillería mexicana en Nueva York para participar en las actividades conmemorativas por la fundación de la Organización de las Naciones Unidas. Es justamente durante esos seis años no documentados por cartas que la amistad se afianza. Paz se une con frecuencia a la tertulia sabatina del grupo de “Los divinos”, un grupo de escritores y artistas que desde mediados de 1955 se reunía a comer todos los sábados en el restaurante Bellinghausen, en la calle de Londres de la Ciudad de México.

El núcleo del grupo lo formaban los más asiduos: Joaquín Díez-Canedo, Alí Chumacero, Henrique González Casanova, Guadalupe Amor, José Luis Martínez, José Alvarado, Ricardo Martínez, Abel Quezada, Max Aub y García Terrés, pero alrededor suyo podría citarse una veintena de nombres más, entre ellos el del pintor Juan Soriano y el del cineasta y caricaturista Alberto Isaac, todos más o menos pertenecientes a una generación cosmopolita, prohijada por la generación inmediatamente anterior, la de Contemporáneos, con la que había comenzado la renovación de la cultura mexicana. Ese grupo generacional fue el que dio empuje y fortaleza al proyecto cultural que desde la Universidad encabezó García Terrés, y sería también, andando el tiempo, el que arroparía y apoyaría la carrera literaria de Paz desde mediados de los años cincuenta. La colaboración entre ambos poetas durante ese periodo es claramente visible pero, contra lo que cabría esperar, menos a través de las páginas de la Revista (en las que se incluyen colaboraciones de Paz, o sobre su obra, de manera más bien esporádica) que por medio de las actividades preparadas por la Dirección General de Difusión Cultural. Por ejemplo, el único texto redactado por Paz que aparece en la Revista en 1956, en el número correspondiente a junio, es la extensa conferencia sobre el surrealismo que pronunciara dos años antes (el jueves 7 de octubre) en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Fue la tercera disertación del ciclo “Los grandes temas de nuestro tiempo”, organizado por esa misma Dirección. Pero no hay artículos o ensayos escritos ex profeso para la Revista en el ‘56. Tampoco se publicó un solo texto de Paz durante el año anterior. Es fácil explicarnos por qué. A lo largo de 1955 Paz ha dedicado la mayor parte del tiempo que le deja su cargo en la cancillería a escribir El arco y la lira. Apenas si se permite hacer otra cosa. Lo termina en los primeros días de noviembre. Lo entrega al Fondo de Cultura Económica en la segunda semana de enero. El libro terminará de imprimirse el 24 de marzo de 1956, justo una semana antes de que Paz cumpla 42 años.

La otra cosa en la que se permite trabajar es la traducción del libro de Matsuo Basho, Sendas de Oku, que hace al alimón con un joven hispanista y diplomático japonés: Eikichi Hayashiya, destacado en México desde 1952 como agregado cultural de la representación de su país. Trabajan durante seis meses —de abril a octubre de 1955— y concluyen su versión justo unos días antes de que Hayashiya retorne a su patria. Paz entrega esa traducción a García Terrés para la colección universitaria que éste dirige personalmente: Poemas y Ensayos. Se publicará un anticipo en el número de octubre de 1956. Pero la ausencia de Paz como autor en las páginas de la Revista de la Universidad también se debe al apoyo que ha decidido brindar a la Revista Mexicana de Literatura, de cuyo nacimiento es en gran medida responsable. Para el primer número (septiembre-octubre de 1955) Paz entrega un poema que causa polémica por su acerba crítica política: “El cántaro roto”. No hay rivalidad entre publicaciones que en realidad están emparentadas. Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo, directores de la Revista Mexicana, han sido colaboradores de García Terrés en Difusión Cultural de la unam. El propio García Terrés saluda el surgimiento de la Revista Mexicana desde “La Feria de los Días”, la columna que mantiene en la Revista de la Universidad, y colabora con tres poemas para el segundo número de la Revista Mexicana. Y Paz no deja de estar presente en la Revista de la Universidad de una manera u otra.

En 1955 se publican reseñas relativas a él de Emmanuel Carballo y de Ramón Xirau. En 1956 el poeta guatemalteco Raúl Leiva escribe una elogiosa nota sobre El arco y la lira, y en enero de 1957 el poeta colombiano Fernando Charry Lara escribe un extenso y notable ensayo sobre la poética de Paz en general y sobre El arco y la lira en particular. La admiración que García Terrés tiene por la obra de Paz se refleja en las páginas de la Revista de la Universidad. Hay un trato deferente hacia su trabajo y hacia su persona, es obvio. En lo que Paz se mete de lleno a partir de marzo de 1956 es en el proyecto de Poesía en Voz Alta, que desde el primer momento lo entusiasma. Se involucró tanto que para contar con una obra original en el segundo programa se comprometió a escribir una pieza de teatro corta. Lo hizo en poco menos de cinco meses. Así nació La hija de Rappaccini, que aparecerá en el número 7 de la Revista Mexicana de Literatura, correspondiente al bimestre septiembre-octubre de 1956. Se escenificaría en noviembre de ese mismo año.

Para Paz, “el teatro es, ante todo, poesía”. Y con esa convicción concuerda García Terrés, por cuya iniciativa, enriquecida por las ideas de Paz y Juan José Arreola, surge el proyecto de Poesía en Voz Alta. Paz le señala a la China Mendoza en una entrevista de la época: Quizá lo importante de Poesía en Voz Alta es que se trata de un grupo —actores, directores, pintores, escritores, que se proponen crear un estilo, una manera de representar en la que la palabra se reconcilia con el gesto, la danza y la música. Este grupo, en circunstancias normales, quizá no habría podido subsistir. La Universidad —y muy especialmente el doctor Efrén del Pozo y el poeta y crítico Jaime García Terrés— han hecho posible que el esfuerzo continúe y no se rompa. Esto, en México, es excepcional.10 Entre 1956 y 1963, Poesía en Voz Alta habría de presentar ocho programas. Paz no participaría en todos ellos. En agosto de 1959 vuelve a Francia, como encargado de negocios, y en abril de 1962 es nombrado embajador ante la India. En Nueva Dehli escribirá, en 1963, lo que para él significó esa aventura: “La verdadera vanguardia [teatral] nace con Poesía en Voz Alta. O, más bien, renace: su antecedente, ya que no su origen, es el grupo Ulises y las primeras tentativas teatrales de Villaurrutia y Lazo. El nombre no expresa enteramente las ideas y ambiciones de sus fundadores. Ninguno de ellos —Juan Soriano, Leonora Carrington y yo– teníamos interés en el llamado teatro poético; queríamos devolverle a la escena su carácter de misterio: un juego ritual y un espectáculo que incluyese también al público”. 11

1 Carta de JGT, recogida en Epistolario selecto de Carlos Chávez, fce, 1989, p. 503.
2 “Gilson y otros”, en Obras II. El teatro de los acontecimientos, fce/El Colegio Nacional, 1997, pp. 761-766.
3 Hija del distinguido cardiólogo Ignacio Chávez (sin parentesco alguno con Carlos Chávez).
4 “Bilson y otros”, p.751.
5 Aunque diversos diccionarios y enciclopedias señalan que García Terrés fue director de México en el Arte de 1948 a 1953, la revista dejó de editarse después de la aparición de su número 12, fechado el 30 de noviembre de 1952, fecha en la que García Terrés le envía una carta predatada a Carlos Chávez presentándole su renuncia a partir del día siguiente “para dejar en libertad a las nuevas autoridades del Instituto […] para el nombramiento de sus colaboradores”. Termina el sexenio de Miguel Alemán y Chávez deja la dirección del inba. Lo sucederá Andrés Iduarte. Con el viaje de García Terrés a Francia la publicación de la revista prácticamente se detuvo, salvo por la edición del número 9, que estuvo a cargo de Joaquín Díez-Canedo. Ése fue el único número que apareció en 1950.
6 Sobre la estadía y la actuación de Octavio Paz en ese país, véanse los libros de Froylán Enciso, Andar fronteras: el servicio diplomático de Octavio Paz en Francia (1946-1951), Siglo XXI Editores, México, 2008, y de Aurelio Asiain, Japón en Octavio Paz, fce, México, 2014.
7 Recogida en Jardines errantes. Cartas a J. C. Lambert, 1952- 1992, un epistolario cuya lectura vale la pena entreverar con la de éste, ya que ambos comprenden aproximadamente el mismo lapso de tiempo.
8 A Paz la antología no le gustaba. Cuando le envía un par de ejemplares a Alfonso Reyes, en abril de 1953, le comenta: “La traducción es bastante infiel, a pesar de que, dicen, fue revisada dos o tres veces. El prólogo de Claudel es un pegote. […] En fi n, tampoco estoy muy satisfecho con mi selección, aunque tampoco la condeno por completo”. Carta de OP a Alfonso Reyes, recogida en Alfonso Reyes / Octavio Paz. Correspondencia (1939-1959), edición de Anthony Stanton, fce, México, 1998, pp. 199-200.
9 Jaime García Terrés, “Buñuel”, en Obras II. El teatro de los acontecimientos, fce/El Colegio Nacional, 1997, p. 666.
10 María Luisa Mendoza, “Poesía del siglo xiv y prosa de los veintes: Triunfan sobre melodramas, adulterios y crímenes”, México en la Cultura, suplemento de Novedades, 19 de marzo de 1957, p. 8. 11 En “El precio y la significación”, Puertas al campo, UNAM, 1966, p. 274.

Articulo: www.elboomeran.com 18/5/2017

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