samedi 15 juillet 2017

Julián SAUQUILLO∕"El hombre veraz" de Hannah ARENDT


CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
"El hombre veraz" de Hannah ARENDT
Por Julián SAUQUILLO

George Orwell, en 1984 (1949), exploró las consecuencias morales de un mundo futuro sin verdades fácticas. Su “distopía” auguraba un sistema político capaz de distorsionar los hechos y promocionar el “doble pensar” con evidente finalidad autoritaria.

La estrategia de sus planificadores ya no se aupaba en las promesas de una liberación futura. Acaparaba el poder absoluto y obligaba a todos y para siempre. Construía una naturaleza humana sumisa y fabricaba a su antojo la verdad pasada y futura. Bastaba con remover hemerotecas y cambiar las estadísticas para disolver cualquier verdad histórica. Quien creyera que existen verdades como dos más dos son cuatro, inexpugnables a la manipulación de la mayoría, no le cabía sino estar loco. Este terrorífico diagnóstico de un trotsquista declarado, con buenas dosis de aventura en su vida, iba más allá de la crítica al nacionalsocialismo y al estalinismo. Apuntaba a un futuro próximo donde la realidad que rodea al hombre y su propia naturaleza podían ser convenientemente producidas. Y sorprende ver cómo, apenas quince o veinte años después, dos textos de la gran filósofa alemana, nacionalizada norteamericana, –“Verdad y política” (1964) y “La mentira en política” (1971)– se asientan en esta realidad vaticinada, ya cumplida en su exilio estadounidense. Uno, desde una fábula política aterradora, y otra, desde la irreconciliable disposición vital del filósofo con la política, ahondaban en las posibilidades manipuladoras del poder futuro sobre la verdad. También subrayaban la soledad infinita del hombre veraz. Ambos autores revelaban una coincidente simpatía con Trotski. En “Verdad y política”, el disidente de la revolución era el personaje borrado de la historia soviética y el más vulnerable perseguido por carecer de seguidores entre el totalitarismo comunista. No obstante el rechazo compartido del estalinismo, vieron que la pérdida de prestigio de las mentiras políticas de los autoritarismos coincidiría con el surgimiento de una insidiosa fábrica moderna de mentiras en occidente. En el futuro, nada sería un dato incontrovertible. Tampoco en las democracias. Cualquier verdad aceptada dependería de una numerosa opinión pública convenientemente manipulada. Arendt apela al sentido común de Clemenceau cuando un alemán de la República de Weimar le preguntó qué causas del estallido de la Primera Guerra Mundial prevalecerían en el futuro: “No lo sé, pero estoy seguro de que no dirán que Bélgica invadió Alemania”. Pero la filósofa constata que el mandatario francés no tuvo en cuenta la pronta reversibilidad de la verdad: la reconstrucción de Europa se realizó, tras la segunda guerra mundial, con distorsiones históricas a las que la filósofa pone nombres y apellidos en “Verdad y mentira”. La franqueza histórica de Arendt nunca fue cómoda. Sostener la “verdad factual” iba a ser en el futuro empecinamiento de locos y solitarios.

Hannah Arendt afrontó el desgaste del carácter público de la “libertad” y la “felicidad” en nuestra tradición con sugerencias excepcionales. Al agotamiento de la tradición moderna, impulsada por las dos grandes revoluciones de finales del siglo xviii, Arendt opuso procedimientos de democracia radical con un fuerte contenido de participación horizontal a través de consejos. Sus análisis de los conceptos políticos fundamentales –democracia, poder, violencia, autoridad y dominación– se remontan a la tradición iniciada con la Antigüedad, valedora del “espacio común” de la ciudad griega. Una tradición que obra como contrapunto de la sociedad moderna en su análisis de la mentira política en las democracias actuales. “Verdad y política” subraya, finalmente, el desconocimiento de los individuos de la verdadera vida política: una vida grata y alegre por la unión ciudadana venida de compartir la palabra y la obra colectiva con los iguales en el deseo que crear un mundo nuevo. Pero este trabajo se dedica a un asunto político aún más doloroso. Se refiere a los límites que la voluntad política no pueden franquear: la verdad, aquello que la política no puede cambiar. Para Arendt, la verdad es la bóveda y el suelo del espacio público de la política. La posición de Arendt no comparte el Fiat veritas, et pereat mundus (“Hágase la verdad y perezca el mundo”). Para plantearse la verdad es necesaria la existencia del mundo, a cuyo empeño la política acude. La verdad puede ser sacrificada si se trata de garantizar la existencia. Arendt arguye la lógica impecable de Hobbes. Pero podría compartir igualmente la ironía de Weber ante unos pacifistas en contra de la guerra en un territorio a punto de ser invadido por el enemigo. Arendt no cuestiona las verdades políticas. La política es hartera de mentiras y medias verdades en aras de la seguridad. ¿A qué verdad se refiere entonces? A la verdad factual, de los hechos históricos. No, a la verdad racional, de las matemáticas, la ciencia y la filosofía –según la división de Leibniz. Aquella es más vulnerable que esta. La verdad histórica reúne hechos forjados por los hombres en relaciones que son políticas. La doctrina de las líneas y las figuras no forman la urdimbre de la política mientras que los acontecimientos históricos sí.

Pueden ser, por ello, ignorados, deformados y borrados para siempre. Las verdades factuales están permanentemente acosadas por la mentira política organizada. Aunque el divorcio entre verdad y política es antiguo, la división entre política y verdad factual tiene manifestaciones nuevas. Tanto Arendt como Foucault subrayaron, al comentar a Platón, el choque de la verdad con la política en la Antigüedad. Foucault enumeró los peligros que conlleva el “hablar franco” (parrhêsia) tanto en el consejo político al poderoso –el caso patético de Platón con los tiranos Dionisos en sus viajes a Siracusa acompañado de Dion– como en la interlocución trasparente en la ciudad –la provocación abierta y natural de los cínicos en la calle–.Y Arendt sitúa el origen antiguo del conflicto entre filosofía y política en la confrontación entre la verdad permanente para los asuntos humanos (verdad) de los filó- sofos y la multiplicación de pareceres humanos sobre las cuestiones mundanas (opinión o doxa). El demagogo utiliza la fluctuación de pareceres para conducir a las multitudes al pie de los poderosos. Pero los argumentos de Arendt se desenvuelven en otro repertorio moderno de actitudes filosóficas con la verdad factual: la cautela del filósofo para resistirse a revelar qué piensa (Spinoza), el carácter dialógico de la verdad (Kant) y la agregación de opiniones propia de la verdad política (Madison). Arendt considera que la hostilidad del poder con la verdad de conocimiento público, contraria a los intereses del poderoso, alcanzó una virulencia nueva. Quien sostiene una verdad factual, convertida en tabú social, se queda solo en el campo político. Una prolija diversidad de opiniones llega a ocultar los hechos. La situación del hombre veraz de hoy es más difícil que la del filósofo antiguo. No puede consolarse con habitar el reino de las ideas sobre la sombra de los hechos mundanos. Su inoportuna enunciación de los hechos incómodos forma parte de la ebullición de opiniones. El rebullir social esconde y sepulta su versión supuestamente incontrovertible. Pero que los hechos sean interpretables no debiera impedir que fueran objetivamente inatacables. Por ello, Arendt convierte a los hechos objetivos (y políticamente incómodos) en un tribunal de garantías cívicas frente al poder, tan poderoso como los derechos humanos, la división de poderes y la Constitución. Sin embargo, a pesar de obligar con una fuerza despótica, las verdades factuales son frecuentemente debilitados entre debates y opiniones, la urdimbre más visible de la política. Este “hombre veraz” responde más al modelo agonal que al modelo deliberativo de acción –según la distinción de Arendt en La condición humana (1958), recordada por Cristina Sánchez Muñoz en Hannah Arendt. El espacio de la política (prólogo de Javier Muguerza) (2003). Su impulso es heroico y ejemplar. No sólo afronta los esfuerzos de verse en abierto conflicto con poderes reales mayúsculos dentro de la discusión pública, sino incluso su posible muerte. No revela secretos de Estado sino verdades sobre las cuales todos mienten. Requiere una fuerza de carácter extraordinario: sostiene algo que socialmente no es compartido. Se opone al autoengaño masivo que produce la mentira organizada mediante la propaganda. Por ello, el hombre veraz de Arendt ocupa un lugar político de primer orden. Así es porque está fuera de la política ordinaria y sus manejos, expone su vida – llega a decir– y hace una contribución inestimable para cambiar el mundo. Después de todo, la última batalla por sostener la verdad no está perdida. Arendt destaca la soledad del filósofo, el aislamiento del científico y el artista, la imparcialidad del historiador y del juez, la independencia del investigador, y la objetividad del testigo y el periodista como baluartes solitarios de la verdad factual, ajenos a los envites de la política. Todas estas actividades encierran “formas de estar solo”, que entran, en el argumento de Arendt, en conflicto con las demandas de lo político. Son formas agonales de intervenir en la sociedad sin abrazar ninguna causa. La editorial Página Indómita ya había publicado La última entrevista y otras conversaciones (2016), valiosa selección de entrevistas a Arendt sobre sus temas fundamentales. La nueva edición de dos textos recogidos en Verdad y mentira en la política no recupera las anteriores traducciones habidas en español. Sigue fielmente las ediciones alemana y norteamericana de ambos trabajos. La propia Arendt ubica la escritura de ambos artículos. El primero se sitúa en la polémica suscitada por su Eichmann en Jerusalén (1963). El segundo parte de la publicidad dada a la Historia del proceso de toma de decisiones sobre la política estadounidense en Vietnam. Cuarenta y siete volúmenes encargados por Robert McNamara en junio de 1967. Un testimonio magnífico para conocer la política norteamericana en Indochina desde la última guerra mundial hasta mayo de 1968. Arendt, con menos de seis meses de frenética escritura de su libro sobre el juicio a Eichmann, suscitó un alud de críticas. Ella atiende muchas objeciones de interés pero considera otras como malentendidos venidos de las autoridades judías en Israel. Prefirió añadir aspectos y matizar otros–atentado a Hitler, actitud valerosa de los Países Bajos con los judíos, cantidad de judíos exterminados– en la segunda edición de 1964 de su Eichmann… Había tenido el valor de hablar abiertamente sobre si el tribunal de Jerusalén fue justo, sin temer a la opinión pública. Catalogó y contestó minuciosamente a miles de cartas. Sufrió hostilidad y perdió amigos fundamentales. Coaccionada por las supuestas verdades de sus oponentes, optó por ser consecuente con la humanitas romana de mujer libre. Prefirió permanecer tan impertérrita como Platón o Heidegger a los ataques y procurar recuperar la amistad perdida de sus iguales. Cuando recibió la “declaración de guerra” del Consejo de Judíos de Alemania, llegó a pedir que se centraran en ella y no se dispersaran en ataques a otros autores –Raul Hilberg y Bruno Bettelheim–, que los habían irritado igualmente. Con todas las heridas abiertas por la Shoah, Arendt se planteó cómo juzgar a un individuo medio que perpetra terribles fechorías sin considerar criminales a sus actos. Pero la teoría de la “banalidad del mal” no le cuadraba bien al execrable Eichmann. Así es si se atiende a su polémico colaborador judío Benjamin Murmelstein –último presidente del Consejo Judío del campo de concentración de Theresienstadt–, quien le describe como un asaltante de despachos pistola en mano en vez de como un burócrata víctima nazi de sí mismo (Laura Adler, Hannah Arendt (2005); Claude Lanzmann, El último de los injustos, 2013).

Con el agravamiento de la guerra del Vietnam, la Nueva Izquierda norteamericana comparó la Alemania de los años treinta y los Estados Unidos de los sesenta. Cartógrafos, militares de alta graduación, ejecutores de bombardeos, el propio presidente Johnson fueron vistos –a la luz de Eichmann– como honorables liberales, en vez de como monstruos. Arendt fue acuciada a cerrar el debate sobre la “banalidad del mal” con una conclusión moral sobre Vietnam (Elisabeth YoungBruehl, Hannah Arendt , 1982). En este sentido, “La mentira en política. Reflexiones sobre los Documentos del Pentágono” indaga prodigiosamente en las mentes, los métodos y los fríos cálculos de unos especiales burócratas que desencadenaron abundante dolor en el pueblo vietnamita y en las tropas norteamericanas desplazadas al desigual combate. Arendt considera indestructible a la República norteamericana gracias a los periodistas que filtraron estos documentos. También confía la solidez de la República a las discusiones cívicas que dieron la mayor publicidad posible a estas informaciones. Arendt llega a plantear la imposibilidad de que la audiencia norteamericana se autoengañara. Los gobernantes y sus expertos no pudieron ser, en cambio, más incompetentes en sus cómodos despachos. Arendt despieza toda la estrategia gubernativa norteamericana. Los profesionales de la resolución de conflictos y los ideólogos del Pentágono acumularon errores sin fin. Fabricaron el lenguaje burocrático más ignorante de la realidad indochina. Su pericia se limitaba a idear un lenguaje burocrático desconectado del mundo. Así hicieron, según Arendt, a pesar de que eran informados por los servicios de inteligencia. Banales burócratas fueron capaces de una ingente maldad. Tomaron decisiones dramáticas para la población vietnamita mediante la “teoría de juegos”. Convenía bombardear para restablecer el orgullo nacional de los gobernantes. Había que despojarse de cualquier hipótesis sensata, cuantificar bajas del enemigo y medir los peligros expuestos. Los juicios sobre la realidad y los hechos contrastados eran un estorbo en una ofensiva bélica tan desnortada como dolorosa. Arendt sitúa el orgullo herido de una superpotencia por una colonia muy menor como trasfondo de tanta insensatez en los despachos de los asesores. “La mentira en política” es un texto más coyuntural, tiene un valioso interés histórico. Aunque se trate de un texto menos filosó- fico que “Verdad y política”, vislumbra que los auténticos desafíos de la verdad en la política no se darán con los despropósitos totalitarios. Los retos políticos futuros de la veracidad serán, más bien, en las democracias occidentales. Su diagnóstico es diáfano: regímenes liberales debilitarán los hechos con insaciables imágenes y sofisticados razonamientos “científicos” que manipulen la realidad. Sus métodos podrían llegar a ser mucho más persuasivos que las mentiras totalitarias, ya en declive. Y, así, Arendt vuelve a los temas clásicos de la filosofía mediante un rodeo por la política norteamericana tras la segunda gran guerra. Retorna al juicio a Sócrates, después de todo, pues el sabio no fue condenado por el gobierno de los Treinta Tiranos sino en plena democracia.

Julián Sauquillo es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

Hannah Arendt, Verdad y mentira en la política. Traducción de Roberto Ramos Fontecoba, Página Indómita, Barcelona, 2017


Artículo: www.elboomeran.com 12/6/2017

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