samedi 15 juillet 2017

Adriana VALDÉS∕Gonzalo ROJAS: una sempiterna ambivalencia


REVISTA LA GACETA
Gonzalo ROJAS: una sempiterna ambivalencia
Por Adriana VALDÉS

Texto de la presentación de El volcán y el sosiego en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, octubre de 2016. La autora contrasta la sensibilidad varonil y la rigurosa formación intelectual de Rojas con la sensibilidad y el ambiente intelectual actuales en América Latina.

Bien difícil la tarea que asumió Fabienne Bradu con esta biografía de Gonzalo Rojas, tan poco tiempo después de su muerte, con tanta polémica todavía viva. Difícil también encontrar a alguien más capacitado para escribirla. Fabienne conoció mucho al poeta, personalmente; lo entrevistó largamente; es la editora de Íntegra, la “suma poética” de su obra; de Todavía, compendio de la obra narrativa, y, hace casi quince años, de Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, que ella misma define como una especie de “aproximación anticipada” a esta biografía. La ha hecho bien. Como lectores, se agradecen los datos, los fragmentos de cartas, las fotos, los documentos... Configuran un horizonte afectivo y cultural de esa época, que era otra. Aprendí mucho de la relación entre los poemas y las circunstancias vitales de Gonzalo Rojas, muchas cosas que no sabía y que devuelven el espesor a esos tiempos. Pasan los años y nos vamos quedando con visiones simplificadas de las cosas. Restablecer las dificultades, las pugnas, las discusiones y polémicas en que todos parecen excederse y equivocarse, es volver a sentir su densidad. Se puede así dibujar un mapa de oposiciones donde se ubica la obra y la palabra de un poeta: a quién está contradiciendo, aludiendo, apoyando; a quiénes les habla, en el espacio imaginario de cada poema. Esta biografía lo facilita y lo permite, y para quien admira la poesía de Gonzalo Rojas, es un regalo. Confieso haberme llevado no pocas sorpresas, intelectuales y de las otras, al leer esta biografía. Haré un breve recorrido más bien sentimental de mi parte, sólo con el fin de despertar ganas de leerla. Me cautivaron los capítulos sobre su educación. No pude evitar compararlos con la enseñanza de hoy en día, y suspirar. De admiración por la curiosidad intelectual y la capacidad de Gonzalo Rojas, por su sensibilidad y su avidez de conocimiento como alumno, pero también por el calibre de los maestros con que se encontró. Suspiro de envidia: no me enseñaron a deslumbrarme con Séneca, en mis tiempos, ni me dieron a leer de chica a Píndaro, Ovidio y Horacio, ni tuve un profesor que hiciera leer a Rimbaud en su idioma original. En fin. Entre otras sorpresas de esta biografía, una que los incitará a la lectura apelando a una curiosidad menos confesable: la relación de los poemas con las circunstancias vitales de Gonzalo Rojas.

Confieso con vergüenza haber cedido a fisgar en sus amores, haber escrito nombres que me sorprendieron bajo los títulos de algunos de sus poemas eróticos, e introducir así un factor sorpresa en su lectura. Retomando la idea del mapa de las oposiciones en que se ubica la obra y la palabra de Gonzalo Rojas, se encontrará en la biografía mucho material sobre el horizonte de la generación del 38; testimonios de hechos culturales de primera importancia, como los encuentros de escritores en Concepción, y de las ideas que se manejaban entonces, en las palabras de sus protagonistas; historias de la diplomacia chilena en China y en Cuba, durante el gobierno de Allende; historias del exilio en México, en la RDA... Sobre todo, encontrará una visión de la poesía chilena que contrasta vivamente con la actual porque está vista desde un ángulo que no es el de hoy. En fin, son grandes y merecidos los elogios que se pueden hacer de esta biografía. Sólo podemos imaginar las muchas horas que Fabienne Bradu ha pasado documentándose, y aquí están, en un libro del que podemos aprovecharnos. (Si un reproche puede hacerse, no es a la autora: se han colado las temibles erratas —no pocas— en esta primera edición.)

Del elogio paso al comentario: del sosiego al volcán, por dar una vuelta al título Quisiera hablar un poco de “una sempiterna ambivalencia” (la frase es del libro, y se refiere a Gonzalo Rojas). Quiero extenderla a esta biografía. Hay tensiones en ella. Que el título sea doble ya dice algo. Que el libro se inicie con “la figura siamesa de la contradicción”, una parte muy distinta del resto, dice todavía más. En esas páginas se encuentra un elogio y una teoría de la dualidad y la contradicción —yo iba pensando, al leerlas, en la palabra paradoja, que Paz utilizó—. La poesía es muchas veces, y en muchas tradiciones, unión de los contrarios. Nada que reprochar en el terreno poético, por cierto. Y el poeta, según las palabras famosas de Fernando Pessoa, es un fingidor. Quién más que Gonzalo Rojas poeta, gran maestro de sus efectos. Una de las tensiones de esta biografía, sin embargo, es que aquello de “fingidor” pasa a ser menos simpático cuando se refiere a los datos de la vida real, que tanto busca un buen biógrafo. Y la tensión se traslada desde el objeto de la biografía hacia quien la escribe. Una tensión que se aprecia desde los epígrafes y que resurge en muchas páginas. Dice Fabienne Bradu que: “el poeta es muy renuente a la exactitud de las fechas y, a veces, de los hechos que entran en contradicción con el mito de sí que pretende legar a la posteridad” (p. 335). Y muy discretamente, en una nota, informa que esto ha tenido un costo para ella: “Yo misma fui víctima de sus ficciones que reproduje como verdades en mi libro Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas, fce, México, 2002, pp. 159-160”. (p. 451, nota 25.) Nos encontramos, entonces, con múltiples capítulos en los que la autora ha debido hacer un contraste entre los hechos documentados y el mito creado en torno a su persona por el poeta. A veces, las menos, las ficciones tenían que ver con los sentimientos de otras personas, y eran equivalentes a mentiras piadosas. Muchas otras, en cambio, tenían que ver con la creación de un personaje público congruente con un “yo” poético manifestado en la escritura. Los datos de la realidad son esculpidos como un pedazo de piedra o mármol, para que en ellos aparezca un “personajo” cercano a sus poemas. La biografía no es un Gonzalo Rojas par lui même: es muchas veces un Gonzalo Rojas cotejado con los hechos. Y ésa es una tarea difícil que Fabienne Bradu ha realizado de manera tan firme como delicada. Ha buscado no la verdad, sino la exactitud: según uno de los epígrafes del libro, “el nombre más humilde” de la verdad (Yourcenar). “Arropar el mito” de un yo poético es un tema de historia de la literatura. Para aproximarme a lo que quisiera decir, un contraste. Tamara Kamenzsain acaba de publicar en Buenos Aires un libro con un título curioso: “La intimidad inofensiva”, sobre poetas argentinos de los años noventa.1 Me hizo mucho sentido al pensar en esta biografía que estoy presentando. Se refería a poemas de “los que escriben con lo que hay”. La “persona poética” prácticamente no existe, o está al ras del suelo, y la mayor intimidad carece de sentido, como si la “personalidad”, lo propio y característico de un sujeto determinado, se hubiera desvanecido en el aire, y con ella cualquier secreto o misterio por revelar o cualquier cosa que arropar. Describe bien un hecho contemporáneo de la literatura. Algo así como el polo opuesto de lo que se da en la poesía de Gonzalo Rojas y en todo “el mito que pretende legar a la posteridad”, todo el mito que pretende “arropar”. En aras de la historia de la literatura, el ser un poeta “vate” puso en su época a Gonzalo Rojas en contradicción con la “antipoesía” de Parra, por ejemplo: la biografía recoge palabras despreciativas y amargas. Muchos jóvenes habrán pensado en un principio lo que escribió Fernando Pérez Villalón sobre la poesía de Rojas: “... escrita desde una concepción de lo poético imposible de mantener en nuestros tiempos, más afines a la ironía de Lihn, al tono socarrón de Parra...”2 Y más de alguien, como yo, habrá escrito al margen versos de Lihn: “No soy hombre de fe. Los mitos me asquean. Las profecías me abruman y no puedo decir más”. Sin embargo, en poesía hay una oscilación entre algo así como el minimalismo y el maximalismo del sujeto poético. La nota ácida, corrosiva, es recurrente, y más que necesaria. Pero la poesía de Rojas, muchas veces ácida y corrosiva también, en otro tono, resucita una y otra vez, revive su pulso y su ritmo, consigue sus efectos, y hace exclamar a alguien como Julio Cortázar, en 1968, que “le devuelve a la poesía tantas cosas que le han quitado”.3 Pienso que en la biografía de Fabienne Bradu hay material precioso para pensar sobre esto, y que es un buen tema: se lo regalo a algún tesista inspirado. Para terminar, una anécdota de la que me enteré leyendo el libro. Y otro buen tema, casi “the elephant in the room”, como dicen los gringos, que debe haberse planteado cuando el libro se presentó en Argentina. Somos tres mujeres en esta mesa.

No creo que sea accidental. Mágico, tal vez; no accidental. La anécdota cuenta que Gonzalo Rojas rechazó el prólogo de María Moreno, cronista argentina, para uno de sus libros, que iba a republicarse en Chile. “¿Para qué publicar un prólogo de alguien tan alérgico a mi poesía?”, dijo (413). Sin embargo, la misma María Moreno publicó en 2011 en Página 12 lo que esa revista califica de “un sentido homenaje que lee en clave de literatura y género algunos de sus gestos y poemas”.4 ¿Qué pasa ahí? Sucede que, tal como algún malvado inventó esa frase irresistible que es “alto kitsch”, otra persona —mujer argentina, no María Moreno— inventó aquello de “machismo de altura” para referirse a la poesía erótica de Rojas. Lo cierto es que hay cierta incompatibilidad entre sus musas desmelenadas y las mujeres parlantes. Que se le da mejor hacerles preguntas retóricas a “Teresa de Ávila, Virginia Woolf, Emily mía/ Bronte de un páramo a otro/ Frida mutilada/ que andas volando por ahí, de qué/ escribe uno?” que recibir respuestas. Que la mujer tan celebrada por sus sentidos es, como escribió en uno de sus primeros poemas y reiteró en su madurez, “una página en blanco”, sobre la cual el poeta realiza “un acto génesico”, despliega su fuerza varonil, y se mira a sí mismo en el acto de desplegarla. Otra pregunta retórica, mía esta vez. ¿Y cómo van ahí las mujeres, páginas blancas, blanquísimas? ¿Perdidas en la noche, malheridas de amor, como la gran gata blanca de otro de sus poemas? Estamos ciertamente en otra época. En las fotos del mundo intelectual de los años cincuenta en adelante, me llama la atención la cantidad de personas que fumaban: era por entonces lo natural. El intelectual y el cigarrillo iban juntos. El intelectual y el machismo también, de modo inconsciente: era natural que prácticamente todas las redes de poetas, de profesores universitarios, de periodistas, fueran casi exclusivamente de varones. Las mujeres estaban en una especie de historia paralela, y menor, de la literatura, y las solidaridades y ayuditas se daban entre hombres, salvo algún prólogo que no escondía la admiración de un poeta por alguna belleza que, además, escribía. Otro punto para pensar, con los datos que nos brinda esta notable biografía.

Adriana Valdés. Escritora y miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. Santiago de Chile, 22 de octubre 2016.

1 T. K., Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2016.
2 “Rojas en Oriente”, Revista Vértebra núm. 3, republicada en http://www.letrasenlinea.cl/?p=1786.
3 Citado por Pedro Lastra en la nota a su edición de Poesía esencial, Santiago, Editorial Andrés Bello, 2001, p. 9.
4 Página 12, viernes 11 de mayo de 2013. D


Artículo: www.elboomeran.com 04/5/2017

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