dimanche 25 août 2013

PROUST – 100 AÑOS

ENSAYO|A propósito de dos grandes autores:
La “secreta influencia” de Proust en Neruda
Por Arturo FONTAINE

Según propia confesión, Pablo Neruda leyó cuatro veces todo Proust, cuando tenía solo 27 años. Su lectura parece haber sido una referencia esencial en su propio trabajo, aunque el mismo poeta se extrañaba de esta omisión en la que incurrían sus críticos al momento de escribir sobre su obra.

La primera pista me la dio el escritor Jaime Valdivieso: una larga, larguísima conversación de Neruda con Carpentier en la que solo se hablo de Proust. Que Carpentier, que sus “Pasos Perdidos” deben mucho a Proust salta a la vista. (La alusión a Genoveva de Brabante ya lo dice). Pero que Neruda hubiera leído a Proust con pasión, me sorprendió. Luego vi un comentario de Gabriela Mistral: “La languidez de la manera y especialmente del habla de Neruda”.

Vicente Aleixandre dice también: “la voz mas físicamente acompañadota que yo haya escuchado nunca”. (¿La de sus discos recitando?) Me imaginé a Neruda leyendo “En busca del tiempo perdido” con su propia voz, con su propia languidez y cadencia, remarcando las pausas casi como si se tratara de un poema en verso libre. Creí  oír el ritmo de Proust trasmutado por Neruda, encontré analogías en el modo de ir pegando adjetivos diferentes y me asombro el intento por capturar algo huidizo a través de comparaciones o metáforas sucesivas. Y empezaron a resonar en mi incluso los acentos de ciertos ritmos nerudianos y el uso de la conjunción “y” seguida de coma: Proust: “y recuerdan, y aguardan, y esperan…”. Neruda: “y ardamos, y callemos, y campanas”.

De pronto una frase de Proust me pareció cercana a la intuición central de las “Residencias”: “Esta idea de la muerte se instalo definitivamente en mi como un amor… No podía ocuparme de una cosa sin que esa cosa atravesara, en primer lugar, la idea de la muerte…”.

Y sentí que la presencia de las cosas – y de las personas y de los pueblos como en “Machu Picchu” (“Sube a nacer conmigo…”) que Neruda interpreta como un llamado a que él hable por ellas, por ellos, también se emparentan con Proust. Pertenecen a la tradición romántica. Neruda: “ceniza llena de apagadas almas, // venid a mi, a mi sueño sin medida… y hagamos fuego, y silencio, y sonido…”. Neruda: … “y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos/ hay…”. Proust: yendo Marcel en el coche con Madame de Villeparisis por los alrededores de Balbec ve tres árboles viejo:”… mi animo tenia la sensación de que ocultaban alguna cosa que no podía aprehender… Yo me creí mas bien que eran fantasmas del pasado… amigos desaparecidos que invocaban nuestros comunes recuerdos. Y lo mismo que sombras, parecía como que me pedían que los llevara conmigo, que los devolviera a la vida… Vi como se alejaban los árboles, agitando desesperadamente sus brazos, cual si dijeran: “Lo que tu no aprendas hoy de nosotros nunca lo podrás saber. Si nos dejas caer otra vez en el camino ese desde cuyo fondo queríamos izarnos a tu altura, toda una parte de ti mismo que nosotros te llevábamos volverá por siempre a la nada”.

Según Proust, el “trabajo del artista” es “intentar ver bajo la materia”, es descubrir esa “vida” que no se puede “observar”, es retornar “a las profundidades donde yace, desconocido para nosotros, lo que realmente ha existido”. La descripción “objetiva”, “cinematográfica” es ficticia. Dice Proust: “Una hora no es solo una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos, y de climas. Lo que llamaros realidad es cierta relación entre esas sensaciones y esos recuerdos que nos circundan simultáneamente”. La tarea del escritor es “encadenarla para siempre en su frase”… “Se puede hacer que se sucedan indefinidamente en una descripción los objetos”… “pero la verdad solo empezara en el momento en que el escritor tome dos objetos diferentes” y establezca “su relación”, o cuando aísle la esencia común a dos sensaciones “reuniendo una y otra, para sustraerlas de las contingencias del tiempo, en una metáfora”. Lo que falsea es la descripción de cosas fijas y separadas porque la experiencia viva es un flujo de sensaciones. La “naturaleza”, dice, le enseño a “conocer la belleza de una cosa en otra”. De allí que la comparación – la palabra “como” – sea tan frecuente en sus paginas como en los versos de Neruda: “… sacos…/como animales grises, redondos y sin ojos, / con dulces orejas grises…”.

Escribir será entonces indagar, hurgar, rescatar lo vivo del olvido o de la insensibilidad que nos hace deslizarnos por el mundo sin percepción ni gozo ni tristeza. Proust sobre el ascensor: “A ratos oía el ruido del ascensor que subía, pero iba seguido de un segundo ruido, no el que esperaba yo, la parada, en mi piso, sino otro muy diferente que el ascensor hacia para continuar su marcha disparada hacia los pisos superiores y que, por haber significado tan a menudo la deserción del mío cuando esperaba yo una visita, ha quedado para mi mas tarde, incluso cuando ya no deseaba ninguna, como un ruido por si mismo doloroso, en que resonaba como una sentencia de abandono”. Proust sobre los cerezos: “Las flores de los cerezos están pegadas a las ramas como una envoltura blanca que de lejos, por entre los árboles que casi no estaban aun florecidos ni cubiertos de hoja, hubiera podido creerse, en aquél día de sol tan frío aun, que era la nieve, derretida en otro sitios…”. Proust sobre la lluvia: “Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende, toma reglas, adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: lleve”. ¿No resuena Neruda?: “fluido, sonoro, musical, incontable”…

Proust sobre las campanas de San Hilario: “comíamos fruta, pan y chocolate, sentados allí en la hierba, hasta donde venían horizontales, débiles, pero aun densos y metálicos, los toques de la campana de San Hilario, que no se mezclaban con el aire que hacia tanto tiempo que estaban atravesando, y que, asargados por la palpitación sucesiva de todas sus líneas sonoras, vibraban a nuestros pies, rozando las flores”. ¿No resuena Neruda?: “horizontales, débiles, pero aun densos y metálicos…”. A veces, hay en Proust algo de celebración, de oda, de “canto material”.

Proust, como Neruda, avanza tanteando, avanza por aproximaciones sucesivas: “Albertina, en una germinación, en una multiplicación de si misma, en una eflorescencia carnosa de colores oscuros había añadido…”. Tres veces se repite “en una”, lo que acentúa el ritmo, intensifica la atención, crea suspenso. Y siempre muestra a través de analogías y metáforas: “… y a veces se estiraban aquellas manos delante de Andrea como magníficos lebreles, con actitudes de pereza o de profundos ensueños, con bruscos alargamientos de falange”.

Neruda absorbió a Proust y lo transformo de acuerdo a su temperamento. Fue, creo, uno de los ingredientes que le permito dar con su propio estilo. Como dice Proust por carta a Madame Straus “cada escritor esta obligado a hacerse su propia lengua, como cada violinista esta obligado a hacerse su sonido”.

Influencia confesada

Cuenta Teitelboim en su biografía “Neruda” que “los nombres de Marcel Proust y de James Joyce” surgían en las tertulias del Hércules, El Jote y otros bares en los que se encontraba el joven Neruda con sus amigos antes de viajar a Rangoon como cónsul. A los veinte años  se veía con Alone, gran lector de Proust, y el critico que lo consagra en Chile. En 1928 Alone publica en el diario La Nación ocho magníficos ensayos que reunió recién el 2001 en un libro Daniel Swinburn: “Para leer a Proust: la mirada de Alone”. ¿Los leyó Neruda? Según Teitelboim el cónsul esta “hambriento de diarios que vengan de Latinoamérica”. El 20 de mayo aparece uno de los artículos de Alone, “La inmortalidad en Proust” (cita y comenta la frase musical de Vinteuil) y ese mismo día el diario publica “Nombre Muerto” de Neruda. Seguro que recibió ese ejemplar.

El joven diplomático iba mucho al Stand Hotel, “el lugar más chic de todo el imperio británico de las Indias”, oye decir. Ahí “se juega al desafío del lujo”, afirma Teitelboim. Neruda se viste con elegancia, bebe whisky y juega tenis. Conoce a Josie Bliss, “especie de pantera birmana”, dice: “Tal vez sigo existiendo en una calle que el aire hace llorar”, escribirá años después. A menudo, por las tardes, va a ver a las bailarinas del lugar que, según es fama, pueden adoptar dos mil posiciones diferentes. Le gusta “contemplar los movimientos del cuello, las ondulaciones de la cabeza, el giro de los ojos, así como de las caderas”, cuenta Teitelboim. Uno lo imagina buscando analogías y metáforas – esas manos como “magníficos lebreles” – con las que encadenar en el lenguaje esa sustancia del cuerpo femenino “lleno de frutas extendidas/ y oculto fuego”. Un detalle: nunca abandono su afición al buen vino (la “Hormiguita” descubrió su infidelidad por la desaparición de una botella de buen vino francés) ni a la buena ropa. Jorge Edwards cuenta en “Adiós, poeta…” que encargaba sus corbatas a una exclusiva tienda de Roma”.

El 11 febrero de 1930, Neruda – ahora cónsul en Ceylan – le escribe a su amigo Eandi: “Tengo un gramófono y una dosis de felicidad; la sonata para piano y violín de César Franck (que Proust dice ser su mentada sonata de Vinteuil), es triste y dulce”. Proust: “… bajo la línea del violin, delgada, resistente, densa y directriz, se elevaba, como un liquido tumulto, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada, igual que la parda agitación de las olas”… El 5 de septiembre de 1931 le escribe a Eandi: “Leo todo Proust por cuarta vez. Me gusta mas que antes”. Neruda, que aprendió francés y leyó a Baudelaire, Rimbaud y Verlaine en el liceo de Temuco con su profesor Eduardo Torrealba, se ha zampado cuatro veces a Proust y tiene 27 años…

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GLOSARIO
Divagaciones proustianas de la A a la V
Por Carlos FRANZ

ALUCINOGENO: Los admiradores mas estaños de Proust, que yo sepa, fueron los beatniks. Los protagonistas de “On the road”, de Jack Kerouac, lo leen durante sus frenéticos viajes, de costa a costa, en los Estados Unidos. Posiblemente esa lectura les sirve como un alucinógeno más. O quizás Kerouac, que escribió su novela sobre un rollo de papel, admiraba ese “desenrollarse” de la frase proustiana, larga como una carretera en las planicies norteamericanas.

ARQUITECTURA: Proust estudio a fondo las catedrales góticas. Se ve en la arquitectura de su libro. Las biografías de los personajes principales son pilares que se ramifican y entrelazan, formando nervaduras que sostienen las cúpulas de nuevos relatos, nuevas naves. Esos entrelazamientos ocurren mediante casualidades. El símbolo mayor es el cruce sorpresivo de los caminos de Swann y de Guermantes. Toleramos mejor esas coincidencias “novelescas” porque intuimos la belleza de su arquitectura. La catedral que se va construyendo.

BORGES (O BREVEDAD): Uno no podría imaginarse ningún autor más alérgico a las longitudes transiberianas de Proust y a su psicologismo que Borges, el breve. Y sin embargo: “En Proust siempre hay sol, hay luz, hay matrices, hay sentido estético, hay alegría de vivir”. Se lo dice Borges a Bioy Casares, la noche del martes 14 de junio de 1955.

CLASE MEDIA: Proust es implacable con la clase media, a la cual pertenece. Sus aristócratas y tipos populares pueden ser vanos o crueles pero siempre los salva algún merito. En cambio, la arribista Mme Verdurin, “borracha de familiaridad, de maledicencia y de asentimiento, encaramada en su percha como un pájaro después de haberle dado sopa en vino, hipaba de amabilidad”.

COPUCHAS: Al narrador lo reconcome un deseo constante de enterarse de vidas ajenas y comentarlas. Cuando nadie le cuenta, espía. Cuando ni eso puede, copucha sobre su propia vida presentada como ajena. El copuchento, perfecta condensación de la actitud narrativa proustiana.

DIABLO: La maniática minuciosidad – también las minucias – de Proust. Si el diablo esta en los detalles, él fue el diablo mas grande de la literatura universal.

DIVAGACIONES: Las digresiones de Proust nos inducen a divagar. A derivar, tal como lo hacen nuestras vidas en el río del tiempo, siempre intentando agarrarse al cable de la memoria.

ENCAMADO: Imposible no sospechar que la temprana fascinación del narrador con su tía Léonie, encamada, venia de que él mismo aspiraba a ser un encamado. Y lo lograra.

ENFERMEDAD: Truco narrativo que, al identificarnos con el enfermo, nos vuelve pacientes. Y así nos induce a apreciar con calma lo que en nuestras prisas cotidianas pasa desapercibido.

FUNES: Proust como un Funes, el memorioso, dotado de una monstruosa memoria. Pero, a diferencia del personaje borgiano, Proust solo recuerda con intensidad lo que ha olvido del todo.

HOMOSEXUALIDAD: La noche del 13 de mayo de 1921, Gide visita a Proust. El visitante lo acusa de hipocresía por esconder la homosexualidad de su narrador. Y sobre todo por las páginas de Sodoma y Gomorra donde el narrador hace una decidida condena de la misma. Proust contesta saliéndose por la tangente. Sin embargo, podría haber respondido que esa mascara hace a su libro aun más interesante. Todo el relato vibra con la sospecha de identidades sexuales ocultas. También podría haberle dicho a Gide que esa autolimitación lo obligo a separarse de la realidad e inventar mas, por suerte. Un artista es la limitación que se impone.

HUMOR: El libro abunda en situaciones cómicas, transmitidas con delicadeza proustiana. La buenísima tía Léonie, encamada desde hace años por pura neurosis, se imagina un incendio que la obligue a salir a la calle. Luego ella iría al cementerio, al funeral de su familia, a llorarlos a todos. Después de especular con esta idea atroz, la tía se siente mejor por seguir en cama.

INACCION: Paradójicamente, la inacción mueve a “En busca del tiempo perdido”. Al detenerse la acción se pone en marcha la observación, la inagotable elucubración proustiana, sus asociaciones libres, su fantasía.

LENGUAJE: Aunque no fue vanguardista, Proust compartió al rasgo – y riesgo – más notorio de la vanguardia narrativa. El lenguaje de su novela es más importante que el argumento. Incluso más que la estructura. Incluso mas importante que sus ideas sobre la memoria  y el tiempo, perdido o no.

LONGITUD: La vida es demasiado corta y Proust es demasiado largo, apostrofo Anatole France (resentido contra quien fuera su discípulo). Lo contrario podría ser más cierto: leer a Proust podría alargar la vida. Su libro muestra la eternidad que puede caber en un segundo.

NATURALEZA: Las descripciones de la naturaleza son tan acuciosas como las sicológicas. En un enfermo de asma, que desde niño no podía acercarse a una flor sin ponerse morado, resulta curioso. O no. Una vez mas la limitación opera como fuente de la creatividad. Porque no puede tocarla ni olerla, Proust palpa y olfatea la naturaleza con sus palabras.

OBJETIVIDAD: Tanta subjetividad en las perspectivas del relato y, a pesar de ello, tanta objetividad en la descripción sicológica. Proust triunfa en lo más difícil: es objetivo incluso con sus personajes favoritos. Swann es un frívolo y ha desperdiciado su vida por ello. El narrador tiene una clara conciencia de esta lacra que, desde luego, sabe que lo afecta a él también.

PALABRAS (SUPERIORES A MIL IMÁGENES): La lectura de Proust como purgante contra el empacho de imágenes visuales con las cuales los medios nos indigestan. Sus tres mil páginas nacen de unas pocas instantáneas: un tropezón o un pancito hundido en una taza de té. Sus largas reflexiones sobre esas visiones microscópicas desmienten que “una imagen vale por mil palabras”. No, las imágenes valen por lo que nos dicen. Y nos lo dicen mediante el lenguaje. Solo vemos, a fondo, cuando intentamos describir lo que vemos.

PERVERSION: El petit Marcel espía por la ventana a la hija de Vinteuil que se besa con una amiga. Luego desafía a ésta a escupir sobre el retrato de su padre que acaba de morir. La extraordinaria belleza del jardín que rodea a la casa enmarca ese retorcimiento “sádico”, potenciando la perversión. Pero lo que mas le gusta al narrador es que la jovencita huérfana se las arregle para creerse inocente. Que el mal necesite parecerse al bien, lo deleita.

RAÚL RUIZ: Su película, “El tiempo recobrado”, es bastante buena. Sin embargo, qué difícil se hace ver a hombres o mujeres, definidos, representando los ambiguos roles que el autor concibió para ellos. Prueba de que el cine es esencialmente literal y no literario.

SIMPLICIDAD: Conforme al principio de la navaja de Ockham, la explicación más simple es la más correcta. “En busca del tiempo perdido” podría ser, a pesar de su enorme complejidad y todos sus recovecos, sencillamente una larguísima exhortación a favor del refrán “todo tiempo pasado fue mejor” (porque nuestra memoria lo embellece).

TALCA: Según Alone, Laura Hayman, la cortesana que inspiro el personaje de Odette, estuvo en Chile. En Talca, nada menos. ¿Qué diablos andaría haciendo por allí?

TENDENCIOSO: A partir de Sodoma y Gomorra, la frecuente revelación de la homosexualidad encubierta de numerosos personajes – excepto el narrador – se hace inverosímil y tendenciosa. Charlus, que tenia esposa y amante resulta ser amante de Jupien. La amada Albertine es lesbiana. El Príncipe de Guermantes persigue a Morel. Saint-Loup, antes amante incluso de una prostituta, Rachel, resulta ser un invertido. Así y todo se casa con Gilberte. Tanta salida del closet amenaza con convertir la novela en un vodevil.

TWITTER: Con su millón de palabras, “En busca del tiempo perdido” puede ser el antídoto perfecto contra el pensamiento Twitter contemporáneo. Ese pío-pío intelectual que, con sus mezquinos 140 caracteres, amenaza con miniaturizar nuestras ideas y jibarizarnos las conciencias.

VITRALES: La prosa de Proust es como esos vitrales de iglesia que le gusta tanto usar como símiles. No es transparente. Sus palabras retienen la luz para contar otra historia. No la de aquello que esta en el cristal mismo: “… esa grisalla que dibujan a través de las telas de araña de las vidrieras los rayos de sol convertidos en enmohecidas puntas de plata parda”.

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Dos herejías que evitar en la lectura de Proust
Por Rafael GUMUCIO

No es fácil leer a Proust, no es difícil tampoco, solamente exige leer de otra forma. Como la arena movediza, este no es un libro en el que se avance, sino en el que uno se hunde, en el que moverse para librarse de él no hace mas que hundirte mas rápido. Como en el sexo tántrico, aquí la lentitud solo aumenta el placer.

Para Jenaro Prieto, contemporáneo de su primera publicación, “En busca del tiempo perdido” (“À la recherche du temps perdu”) no es un libro, sino una enfermedad. Un estaño mal que lleva a levar no para entretenerse, sino para conocer nuevas dimensiones del aburrimiento, llegando algunas señoras a desear con ardor caer victima de una gripe, ojala grave, para terminar “su Proust”. Lo de la gripe sigue siendo cierto. Escrito por un convaleciente, el estado natural para leer el libro sigue siendo alguna estadía larga en cama. Lo del aburrimiento es más relativo. Hay en Proust más humor, sexo, política, intrigas que en todos los libros de Dan Brown, “Las cincuenta sombras de Grey” o las obras completas de Danielle Steel. Todo eso, por cierto, no esta ni subrayado, ni premasticado, sino que mezclado en una enorme telaraña de impresiones, chismes, ideas al vuelo, sueños y premoniciones que buscan justamente desafiar la idea que da nacimiento a todos los best sellers, la separación total entre los extraordinario y lo cotidiano, la idea de que leemos para no vivir y que vivimos para no leer.

No es fácil leer a Proust, no es difícil tampoco, solamente exige leer de otra forma. Como la arena movediza, este no es un libro en el que se avance, sino en el que uno se hunde, en el que moverse para librarse de él no hace mas que hundirte mas rápido. Como en el sexo tántrico, aquí la lentitud solo aumenta el placer. Así las frases proustianas son lo primero que un lector atento aprende a disfrutar. No son fruto del barroquismo, sino de la precisión. No son un alarde técnico, sino un intento modesto por decir lo que quiere decir. Buscan describir sin que se escape ningún detalle, cada escena y segundo rescatado poniendo en el mismo torbellino la brisa, la frase dicha, una premonición, un chiste al pasar, las nubes y el color de cabeza del narrador. Rescatan pedazos de experiencias para reconstruirla, más que para recrearla. Son cada vez una exploración arqueológica, donde las metáforas se convierten en espátulas, pinceles, palas y carbone 14 que reconstituyen la ruina que se investiga. No quieren que creamos lo que vemos, sino que les ayudemos en la reconstitución.

Mas una adicción que una lectura

La apariencia monumental del libro (7 tomos, 3 mil paginas) engaña: “Esto no es “La Divina Comedia”, “Orlando Furioso” o “La Araucana”, libros que hay que leer con algún especialista al lado. No es ni siquiera “Al faro” de Virginia Woolf o “Los embajadores” de Henry James. Proust no nos hace viajar a otro mundo, a otro lenguaje, sino a nuestro mundo, a nuestro lenguaje. Esta es la más intimista de las novelas, aunque esta intimidad es, como de verdad lo es, no una pieza, ni un jardín, sino un bosque con toda suerte de árboles y pantanos. Porque quizás las vidas mínimas lo son solo para quienes las miran desde fuera. Porque quizás el minimalismo no es fruto de la piedad o de la sencillez, sino del desprecio sociológico con que el centro mira los suburbios. Proust sabe que no hay aventura más grande para un ser humano que su propia conciencia de serlo, que su propio aprendizaje del amor, la muerte, los celos o el arte. Tres mil páginas no bastan para contar eso si se quiere contar todo.

Esto no es un libro grande, un libro para gente grande, para gente seria, sino que es un libro que sabe adquirir tu tamaño, ser tú, hacerse parte de tu vida. Es justamente la razón por la que no termino, no terminaré nunca de leerlo, porque terminarlo seria terminarme a mi mismo. Algo que supe la primera vez que abrí, a los 16 años, el primer volumen de la Pléyade. Un libro de mi abuela que me presto para consolarme de mi derrota inapelable en un concurso literario. ¿Sabia lo que hacia? ¿Podía esperar el efecto que esto me produciría? El manuscrito rechazado que comenzaba exactamente igual que el libro que me prestaba: el niño que no se atreve a dormir hasta que su madre lo bese, y la noche llena de sombras, y el temor a perderse el sueno, y la fiesta al lado de la que te sabes condenado a no ser parte. Eso mismo que yo creía tan propio, tan mínimo, tan original que estaba ahí perfectamente escrito por otro.

Y el primer amor, y los celos, y la muerte, lo mismo que vivía, lo mismo que quería escribir, esa exactitud, una sincronía que parecía una maldición de “La dimensión desconocida”. Un libro que se convirtió naturalmente más en una adicción que una lectura. Preso entre la necesidad de más droga y el terror de que se acabe el cargamento. Libro cargado de algún encantamiento raro, del que evitaba leer la muerte de la abuela del narrador para que no muriera mi abuela, o la de mi madre ahora que mi abuela esta muerta. Cabala sin Torah, de la que me propuse por años leer en orden cronologico: a los 20 años las partes en que el narrador tiene 20, a los 23 cuando él tiene 23. Cabala que pierde sentido ahora que tengo 43 años, mas de lo que el narrador logra tener al final de la novela.

La herejía espiritual

Con horrar, pero también con complicidad, vi como mi alumno Sebastian Olivero, autor del genial “Un año en el budismo tibetano”, usaba los tomos de Proust como un complemento espiritual a los libros sagrado del Buda. Me resultaba imposible explicarle algo que es evidente para todos los que amamos el libro: “En busca del tiempo perdido” no es un libro espiritual, sino una novela que tiene como temática un espíritu o, para ser menos pomposo y más impreciso, la conciencia. Con ironía e inteligencia Alain de Botton en su libro “Como cambiar tu vida con Proust” extrae de la obra una serie de lecciones que pueden mejorar tu vida, o, al menos, ejercitar tu sensibilidad.

Eso no quita que “En busca del tiempo perdido” no sea una lección para ser mejor o peor persona, sino una novela. Una novela de formación para ser mas preciso, que se diferencia del joven Werther o “La educación sentimental”, en que cuenta todo, sueños, realidades, amor, dinero, viajes, enfermedades, silencios y conversaciones, ya sin ningún privilegio, rompiendo esa jerarquía de los hechos para siempre, la de las cosas que pasan por sobre la impresión que nos dejan, sobre las ideas que las originan y los sueños que las predicen. “En busca del tiempo perdido”, que tiene mucho de ensayo, poema en prosa, memoria, crónica social, es ante todo y sobre todo una apuesta literaria, la de aliar en un solo texto la novela burguesa hija de la Revolución Francesa con la novela psicológica hija de la corte de Luis XVI. Casar a Balzac con Madame Sevigné. Una apuesta que no tenía nada que ver con la confesión autobiográfica, como intenta el propio Proust explicarnos en “Contra Saint-Beuve”. Al fustigar la obsesión del gran crítico francés por la biografía de los escritores no protege su propia vida privada, que – por lo demás – apenas esconde a la hora de usarla como materia de su obra, sino que nos deja en claro que esa intimidad es también una mascara.

El famoso rechazo de André Gide al manuscrito del primer tomo tuvo que ver justamente con esa confusión inevitable entre el autor y el narrado que Proust trato inútilmente de aclarar en sus ensayos. La vida de ese homosexual de salón, preocupado hasta el delirio de los títulos nobiliarios de las damas no podía interesarle menos al autor de “El inmoralista”. Una novela en clave sobre el simpático, pero vano Marcel, no le parecía digno de publicarse en la Nouvelle Revue Française. Se apasiono con el libro (y el autor), al final, quizás porque también era eso, la exploración mas completa que ha habido de una mente y sus experiencias en el terreno de la novela. De una novela, es decir, también en una forma, en una arquitectura, con su leitmotiv, sus citas, sus círculos concéntricos, sus laberintos, de palabras y signos de puntuación, llevado todo eso hacia el extremo mismo de esa posibilidad, una aventura, una audacia que el audaz Gide, que el valiente hombre de letras Gide, sabía que no alcanzaría jamás.

La herejía universitaria

“En busca del tiempo perdido” es una novela, una de las mas extrañas y ambiciosas del siglo XX. Leerla como eso que es puede llevar sin embargo a caer en la segunda herejía proustiana: la herejía universitaria. Esta consiste en mirar el libro como una laberinto textual lleno de claves y homosexualidades ocultas que el libro declara a cada paso. Preocupado justamente de buscar lo que el libro no dice, su lectura se llena, como una cárcel de Piranesi, de trampas y subsuelos. Se quiere que esta sea una obra de vanguardia, cuando lo es justamente por su apego casi obsesivo a la tradición, a los autores del siglo XVII que terminaron por ser sus únicas lecturas.

Si la primera herejía termina por no ver el bosque por internarse en sus senderos, la segunda, como una avioneta lo sobrevuela esperando que se queme para actuar. Porque es quizás lo que une a las dos herejías en el fetichismo. Autoayuda o libro en clave, confesión o laberinto, los herejes de ambas olvidan que la grandeza de esta novela nace de la manera en que su narrador deja ver la costura de su discurso, la distancia entre lo que quiere ser y lo que es, entre lo que sospecha y busca. Lo que convierte “En busca del tiempo perdido” en un clásico del siglo XX esta justamente en su carácter radicalmente inacabado. Radicalmente inacabable también. Un libro que pide que lo complementemos nosotros. Este libro lleno de condes, barones, es quizás uno de los mas democráticos que existan. Un libro donde nadie es héroe o malvado, donde hasta los personajes más ridículos tienen derecho a explicarse y a tener la razón. Una novela que carece justamente de aquello que los que no la leen está seguros de encontrar de ella, ironía sofisticada, orgías de champagne y moralidades tan ambiguas como el sexo de sus personajes.

Sin dejar de ver nada de lo que ve, sin engañarse sobre casi nadie, el éxito de Proust se basa en hacer del mundo cualquier cosa menos candido o simple, en no haber perdido de ninguna manera la ingenuidad mas prístina para contarnos todo, para contarse a si mismo sin mentir nunca. Es esa promesa infantil, seguida a través de todos los pantanos de la vida adulta, conservada contra el tiempo y sus estragos, las traiciones propias y ajenas, lo que constituye el encanto mas imborrable de este libro que es un hombre, ni Proust, ni el narrador, ni yo, sino una mezcla inédita y original de los tres que solamente vive, habla, piensa, tiembla cuando abro las paginas de “En busca del tiempo perdido”.


Articulo: http://www.emol.com/ 18/08/2013

Jorge FERRER/La rareza poscomunista de Mijaíl KURÁYEV

La rareza poscomunista de Mijaíl KURÁYEV
Por Jorge FERRER

Hay, claro, un problema de concepto. Un escollo que uno tendría que salvar, con lo difícil que es salvarse en agosto, para vindicar a Mijaíl Kuráyev como un "raro".

No se trata, no, de un desconocido ni de un "raro" en el sentido en que lo son, qué se yo, un Felisberto Hernández o un Bruno Schultz, o, entre nosotros, en la tradición literaria cubana, un Tristán de Jesús Medina o un Lorenzo García Vega, por ejemplo. Escritores al margen de cánones nacionales y estéticas al uso; parias y pioneros, autores condenados a un olvido que muchas veces ellos mismos cincelaron con mimo. ¿Dónde levantamos el muro que separa al raro de quien esmainstream?

Mijaíl Kuráyev está en otro lugar y otra es su singularidad en los márgenes, porque el poscomunismo produce sus propios raros, como lo hacían el estalinismo o el socialismo postestalinista arrinconando a los escritores en las cocinas de Moscú, Leningrado o la miríada de ciudades de provincias que hicieron las delicias, mucho antes, de los clásicos de la literatura rusa —Chéjov y Leskov, Saltykov-Schedrin y Tolstoi. Bajo Stalin, la cocina era cordial espacio de reunión y secreteo que podía ser también la antesala de la Lubyanka y sus dos salidas: GULAG o paredón. En el postestalinismo, se lo espetó Vasili Grossman a Jruschov, no encarcelaban escritores: secuestraban libros. La literatura rusa es una literatura de raros por antonomasia. Ahora, el poscomunismo ha obrado la paradoja de convertir en raro a quien arrastra consigo todo el peso de una tradición.

Y apareció Kuráyev

Moscú. Corría la segunda mitad de la década de los ochenta del siglo que se nos acabó hace otra década larga. La voz "glasnost", transparencia, se acababa de hacer un hueco en la cuadriculada jerga política soviética. Las revistas literarias, antes que las editoriales remolonas, buscaban manuscritos que desempolvar; letras que denunciaran el pasado y permitieran creer que la mutación era irreversible. Los lectores de un país que pronto ya no existiría pedían a gritos las voces silenciadas por el mucho miedo y la peor censura. Cientos de originales que habían permanecido inéditos, salvo en las prensas del samizdat o en las editoriales del exilio ruso en Berlín, Ginebra, París y Nueva York, saciaban a duras penas la sed que trajo la libertad recobrada. Sin embargo, eran escasos los nombres verdaderamente nuevos que sumar al catálogo de la literatura rusa.

Ese fue el paisaje en el que irrumpió Mijaíl Kuráyev (Leningrado, 1939). Un paisaje después de una batalla, pero sobre todo el que precedía a otra menos cruenta pero no menos intensa por venir: la que han librado los escritores rusos a lo largo de las dos últimas décadas para reencontrarse con la tradición de la literatura clásica rusa, desde una escritura nueva. En esa contienda, Mijaíl Kuráyev no fue el primero de los soldados, ni ha sido el oficial más condecorado. No se lo vio calar la bayoneta, ni se lo ha visto pontificando desde los montículos que alumbran los focos de la prensa. Con todo, su obra constituye, sin lugar a dudas, el más sofisticado artefacto literario que ha producido la literatura postsoviética, en tanto literatura rusa. Es decir, en tanto sujeta a las venas más genuinas de esa tradición.

En 1987 cierto Mijaíl Kuráyev, un redactor y guionista empleado en los estudios cinematográficos de la entonces Leningrado, tenía algo que ofrecer. Muchos años antes había escrito un relato sobre uno de los tantos episodios sórdidos de la historia de la revolución rusa: el motín de Kronstadt, que fue aplastado a sangre y fuego, y borrado después de los libros de historia.

Kuráyev trabajó largos años sobre un texto que se movía entre el ensayo histórico y el ensayo literario, la literatura "fantástica" y la narrativa menos convencional. Hizo llegar el manuscrito a algunas revistas, todavía en tiempos soviéticos; todas lo rechazaron. Había lectores para ellas, ¡vaya si los había!, pero no editores capaces de correr el riesgo. No obstante, corrían tiempos distintos y las intensas páginas de El capitán Dikshtein fueron a parar a la redacción de Novi Mir, la atalaya máxima de la nueva literatura rusa, como lo fue antes durante el "deshielo" de Jruschov.

Tras unos meses sin obtener respuesta y aprovechando un viaje a la capital, Kuráyev se atrevió a visitar la redacción para inquirir por la suerte corrida por su manuscrito y, eso pensaba, retirarlo. Otras fueron las palabras que lo esperaban: "Hemos leído su texto. Lo vamos a publicar. Traiga más".

Novi Mir publicó El capitán Dikshtein en su número de septiembre de 1987. El capitán Dikshtein es el relato de un día en que un anciano sale de buena mañana a vender unas botellas vacías por unos pocos kopeks con los que comprar una botella de cerveza para agasajar a un sobrino de visita en la ciudad. La historia transcurre a principios de la década de los años sesenta, pero se retrotrae una y otra vez a los tiempos en que aquel pobre viejo se vio implicado en el motín antisoviético de Kronstadt y enseguida descubrimos que nuestro Dikshtein no es en realidad un "genuino" Dikshtein sino un impostor: un marinero que para esquivar una certera ejecución ante el paredón de fusilamiento se hace pasar por cierto capitán Dikshtein al que conoció fugazmente y vive el resto de su vida oculto bajo esa falsa identidad. El relato concluye abruptamente cuando de vuelta a casa, la cerveza ya comprada, el protagonista cae fulminado por un infarto y se descuelga de la historia con su identidad falsa como una figurita más de la anomia soviética.

La lectura de El capitán Dikshtein sobrecogió a los lectores. ¡No sabían lo que venía después! El imperativo "traiga más" que el redactor jefe de Novi Mir lanzó a aquel Kuráyev que entraba a la literatura rusa con una fuerza tan inédita, como inéditos habían permanecido hasta entonces sus afanes con las letras, tuvo segundo premio, y tercero, y más: Ronda nocturna; Petia camino al reino de los cielos; El cerco…

Ronda nocturna está armada sobre el monólogo de un exagente de los servicios de la Seguridad del Estado, un hombre sencillo que narra con pueril naturalidad sus actividades durante los años más duros de la represión estalinista. Si el sabor de una magdalena recordó su infancia al narrador de En busca del tiempo perdido, al protagonista de Ronda nocturna es una noche blanca de Leningrado la que le trae a la memoria cuán óptima era esa claridad si se trataba de salir a detener a alguien para conducirlo a un interrogatorio que le regalara el billete al GULAG.

En Petia camino al reino de los cielos es el "tonto del pueblo", de uno instalado junto a un campo de concentración soviético, quien nos sirve de espejo en el que vislumbrar el horror del estalinismo.

En El cerco, Kuráyev se sirve de los diarios de una enfermera atrapada en el Leningrado cercado por el ejército alemán, para evocar su propia infancia, la de un niño que padeció el cerco y escapó de él y con ello de la muerte y el canibalismo.

Los raros, tan raros

El acierto de la obra de Mijáil Kuráyev y el secreto de la impronta que ha dejado en la literatura rusa postsoviética proviene de un atrevimiento mayúsculo: narrar la historia desde la perspectiva de lo minúsculo. La historia grande, la historia oficial, la historia que pesa sobre nosotros ha querido verla desde la mirada del hombre pequeño, el freak, el inquilino de los márgenes.

Sus personajes se asoman a la historia desde los bordes. La padecen sujetos a esquinas que son también límites. Se agarran de los bordes del tiempo, clavan las uñas en ellos, se izan con músculos adiestrados en los viejos gimnasios del Komsomol o las ignominiosas pruebas del GULAG y, ¡hurra!, enseñan sus rostros, los de quienes no parecían tenerlos, porque no habían encontrado asiento en la Historia con inicial mayúscula, la historia narrada.

Mijaíl Kuráyev sacó a pasear por el paisaje de la literatura postsoviética al hombre sin historia. Con ello consiguió, a una, enfrentarnos con la fragilidad de los grandes relatos y entroncar con la tradición de la literatura rusa clásica. Gógol, sobre todo. Antón Chéjov también. Es el primer escritor de la literatura rusa contemporánea que nos permite trazar una línea de lectura, de afectos, de estilo, que une al presente con el pasado en una dimensión eterna de la literatura escrita en lengua rusa. No creo que exista mejor recurso para convertirse en un clásico vivo.

El San Petersburgo de hoy, otrora (también) San Petersburgo, otrora Petrogrado, otrora Leningrado, es, para la cultura rusa, la cuna de una idea y una práctica de la relación del hombre con el saber y la cultura que dio paso al surgimiento de la inteligentsia. Mijaíl Kuráyev —quien prefiere llamar Петроград (Petrogrado) a su ciudad, en detrimento del occidentalizante San Petersburgo o el sovietizante Leningrado— ha conseguido traer al siglo XXI el milagro fundacional de la literatura rusa: la grandeza sin estridencias, la monumentalidad sin alardes, la vindicación del hombre sin historia que se ve entrampado de repente, ay, entre los engranajes de esa máquina de moler destinos que llamamos Historia.

No encontraremos su apellido en la nómina de las estrellas de la literatura rusa de hoy: Pelevin, Tolstaya, Sorokin, Petrushévskaya, Shíshkin, Ulítskaya, Prilepin… Grandes todos, en grandeza que cabría jerarquizar en variables estaturas como las de las muñecas rusas y no es este el lugar para hacerlo. La literatura rusa que se escribe hoy es una delicia tintada de beige y rojo.

Kuráyev, cuyo último libro, La conjura de los lapones, leí hace dos semanas y todavía me marea, es raro tres veces y acaso una más que acabaré descubriendo. Por apartarse delmainstream a sabiendas, por no caber donde todos caben y por ocuparse de quienes más raros fueron. Por hacer del poscomunismo una página donde caben la tradición y el futuro. No el poscomunismo como futuro, que eso sería mero presente. El poscomunismo como aventura literaria.

¿Un raro de agosto? Les regalo el más raro de los clásicos para colmar año entero: Mijaíl Kuráyev. ¿Más suerte? El que viene no es bisiesto.

Este texto se basa en "Mijaíl Kuráyev y la literatura del hombre sin historia", publicado antes en la edición impresa de la revista mexicana La Tempestad.

Jorge Ferrer ha traducido a Mijaíl Kuráyev para la Editorial Acantilado, de Barcelona.


Articulo : http://www.eluniversal.com 08/08/2013

Jorge Luis ARCOS/ El fuego secreto de los filósofos: Patrick HARPUR

El fuego secreto de los filósofos: Patrick HARPUR
Por Jorge Luis ARCOS

Patrick Harpur (Windsor, Inglaterra, 1950), aunque ya autor de tres novelas, ha tenido mayor resonancia en el ámbito hispánico como un ensayista que se sitúa en el borde de los grandes relatos filosóficos, religiosos, antropológicos y hasta científicos, a partir, primero, de Mercurius.

El matrimonio del Cielo y de la Tierra (1990), una suerte de diario alquímico, entre didáctico y jovial, considerado por algunos como un libro de culto (pues Harpur es ese tipo de escritor que despierta o una irrefrenable pasión entre un público muy selecto o la indiferencia del gran público y hasta el rechazo), y, después, con El fuego secreto de los filósofos. Una historia de la imaginación (2006), centro de una singularísima cosmovisión.

Su rápido éxito entre la crítica más exigente y su relativo éxito de público (ya tiene tres ediciones en español), permite a la editorial Atalanta publicar al año siguiente un libro anterior, Realidad daimónica, y, en 2013, La tradición oculta del alma, que profundiza en algunos contenidos de El fuego secreto… Actualmente escribe una especie de autobiografía ficcional de Kierkegaard e imparte un curso, junto a Jules Cashford, sobre la imaginación mítica y la filosofía neoplatónica.

Su escritura exhibe una claridad apolínea en su exposición junto a una vocación lunar o mercurial en sus contenidos. Es, pues, un escritor, a la vez, claro y difícil. Difícil, no de leer, pero sí de asumir su singularísima percepción de la realidad, o, sobre todo, de poder mirar desde ese punto tan ambivalente desde donde él despliega su peculiar (y para este lector, fascinante) visión, la cual supone un desaprendizaje y hasta una iniciación. Desaprendizaje de la predominante concepción materialista, racionalista, cientificista y literalista de la cultura occidental, que le permite mirar desde sus márgenes.

No es que Harpur niegue la razón, la ciencia, el mundo inmanente, sino que los asume desde una visión unitiva, cuestionadora de todo dualismo. Harpur rescata o preserva un saber olvidado o preterido, un saber de los orígenes, de nuestra propia cultura, y que, a pesar del rudo golpe que le ha asestado, sobre todo a partir del siglo XVII, la percepción poscartesiana prevaleciente, se ha mantenido de algún modo vivo. "Cadena áurea" le llama. Tradición entre alquímica y hermética, de fuentes presocráticas, gnósticas, neoplatónicas, renacentistas y románticas.

Al final —tal en El fuego secreto, por ejemplo—, Harpur nos entrega una aporía. Porque ¿cuál es ese fuego secreto? ¿Un viaje iniciático? ¿Un camino de conocimiento (interior y exterior)? ¿La adquisición (o rescate) de otra percepción —Lezama diría "de unos nuevos sentidos" poéticos—, desde donde —"el Hombre Verdadero" o el "Bienaventurado", diría también María Zambrano— poder mirar de una manera radicalmente diferente a la realidad?

Otra percepción o "doble visión", poética, metafórica, lo llama Harpur (y cita, entre otros, el deslumbrante ejemplo de William Blake). Así, adquirir el secreto o mirar desde él, supone más una desposesión que una posesión. Hay algo de regreso a las primordiales intuiciones infantiles (Lezama llamaba a preservar en el poeta la "riqueza infantil de creación"). En esa visión unitiva terminaría derrotado, aunque no excluido, "el imperialismo de la razón" (digo con frase de Zambrano), el totalitario Ego Heroico, porque serían las bodas entre el espíritu y el alma, entre Apolo y Hermes.

En suma, lo que nos ofrece Harpur es una relectura de toda nuestra percepción desde la potencia creadora de la imaginación. El resultado es una visión de una profundidad abisal, que se proyecta, a partir del alma individual, hasta el Alma del Mundo (Anima Mundi), y que —como el abismo de Nietzsche— desde allí nos mira. Una visión ambivalente, ambigua, paradójica, es decir (digámoslo ya sin ambagues), daimónica. Una visión mercurial, que privilegia un saber de los bordes, las encrucijadas, los crepúsculos, las albas. Un saber que parte de la promiscuidad de este mundo con el Otro Mundo.

De ahí que se requiera cierta iniciación daimónica, mediadora, es decir, chamánica; de un rescate de la visión primordial, sagrada, de las llamadas culturas tradicionales u originarias; de un rescate, a su vez, de una perspectiva mitopoética o imaginal… Y de ahí su afinidad con las aporías de la razón poética zambranista y el sistema poético del mundo lezamiano. No en balde en los tres es tan esencial la percepción órfica, presocrática (los antiguos magos sanadores y chamanes: Parménides, Empédocles, y Heráclito), gnóstica, neoplatónica… Los tres convocan un saber sumergido, un logos oscuro (al decir de Jesús Moreno Sanz), un fuego secreto, un camino de trasformación interior, o, como quería María Zambrano, "un saber sobre el alma".

No tengo que insistir en que dos fuentes decisivas de la visión de Harpur se encuentran en Carl Jung y en la llamada psicología arquetipal que desarrolla entonces su discípulo creador, James Hillman.

Solo quiero añadir, para acaso trasmitir una inquietud, que Lorenzo García Vega pasó los últimos meses de vida leyendo, según me confesó, como no leía desde su juventud, a Harpur. Y que, no por gusto, Lezama aisló un verso oído a un decimista popular cubano: "el alma se da en la sombra", y que en Dador nos regalara estos versos numinosos: "Luz en lo infuso, luz con el daimon, para descifrar la sangre y la noche de las empalizadas".

Leer a Harpur presupone una fe. Una fe que, como el alma, también se hace —en el camino (como sabía Antonio Machado). Entonces, acaso, el alma no esté perdida, o sí, pero a la manera de San Juan de la Cruz, "me hice perdidiza, y fui ganada".


Articulo : http://www.diariodecuba.com 13/08/2013

Jesús RUIZ MANTILLA/Ana María MATUTE: “La cabeza me funciona: la tengo tan mal como siempre”

CONVERSACIONES BÁRBARAS: ANA MARÍA MATUTE
“La cabeza me funciona: la tengo tan mal como siempre”
Por Jesús RUIZ MANTILLA 

La escritora se niega a hablar de su próxima novela y confiesa que "desgraciadamente" sigue siendo inocente: "Me la dan con queso cada día".

Tarde de plúmbea solanera en Barcelona. Doña Ana María se acerca sigilosa al sofá. Está escribiendo una novela que se niega a desvelar y mira con tristeza el agua con que los visitantes aplacan su sed. Ella preferiría un gin-tonic…

Pregunta. Digo que la niña que se metía en el cuarto oscuro y era feliz, ahora, al cuarto oscuro en que se ha convertido este país, no sé si le ve la gracia.
Respuesta. No tanto, no tanto. Sobre todo esas pobres gentes desahuciadas, con la abuela a cuestas, no es que no lo haya visto porque esto ha pasado siempre. Sí… Pero yo de política no hablo porque no entiendo.

P. ¿Se puede ser escritor y no tener en cuenta la política?
R. Por supuesto que sí.

P. Lo dudo.
R. Yo siempre he sido de izquierdas, pero no comprometida con ningún partido. Lo que aspiro es al deseo de justicia y a que no me engañen. Ingenua, inocente, soy, pero tonta, no.

P. ¿Sigue siendo inocente?
R. Desgraciadamente, sí, me la dan con queso cada día.

P. Ha llegado a decir que la perdió. ¿En qué momento?
R. Bueno, es una frase. La perdí a la edad adecuada, cuando te dicen que los Reyes Magos son los padres. Me puse a llorar. Creía a los 11 años, pero me entero de eso, encima de la guerra. La perdí todavía más cuando me di cuenta de que el rey mago era yo.

P. ¿Está escribiendo?
R. Sí, lo malo es que lo estoy pasando mal por los vértigos. No se lo deseo a nadie, o bueno, a alguno, quizás sí. No me caigo por voluntad. Pero la cabeza me funciona: la tengo tan mal como siempre.

P. Siempre se le fue un poco. A Dios gracias.
R. Es otra manera de irse.

P. ¿De qué trata?
R. Uy, no, los libros no se pueden desvelar. Se lo he contado un poco a mi editor en Destino, pero mucho no, porque eso le perjudica. Aborda una confabulación de muchas cosas, que desemboca en la revolución que es la historia… Una tontería esto que te acabo de decir.

P. Puede valer.
R. ¡Cómo te pareces a un exalumno mío estadounidense! Pero no puedes ser él, claro.

P. No, señora, no soy.
R. Estoy muy vieja.

P. Pero presumida.
R. Tampoco. Hombre, me gusta ir arregladita.

P. Ya que no me quiere contar sus libros, cuénteme su vida.
R. Jooo. He tenido una vida muy intensa, he conocido gente muy interesante, un poco mejor que todo el mundo. He viajado mucho, sobre todo con mi segundo marido.

P. ¿El bueno?
R. El bueno, el bueno.

P. ¿El malo la tenía medio atada a la pata de la cama?
R. No es que me tuviera atada, es que con él no era posible nada. No hacía nada.

P. ¿Era un cara?
R. Buenooooo. Sí.

P. Vamos a ponerle a caldo.
R. Es que ya se ha muerto… Era poeta. Usted, de todas formas, pregunte por ahí, que ya le contarán. Tenía su gracia, su aquel, muy atractivo, con un mundo muy personal, muy culto, pero muy conflictivo, a mí me hizo mucho daño. Era un vago y un borracho tremendo. Bueno, a lo de borracho no le doy yo demasiada importancia. No hay cosa que más me guste que un gin-tonic. Aunque mi hijo me vigila.

P. Menudo momento terrible ese en que los hijos se convierten en padres.
R. ¡Has definido mi situación!

P. Hablemos del bueno.
R. No era español, era francés.

P. Con él, al parecer, tuvo una noche loca en Hong Kong, como una revelación.
R. ¿Dónde has leído eso? Quizá se refiera a que hice el amor con el hombre de mi vida encima del río de las Perlas… Sí, fue con él, es cierto.

P. ¿Después no se ha vuelto a enamorar?
R. Nooooo, hombre.

P. Pese a que me han contado que usted era muy enamoradiza.
R. No, enamoradiza no, aunque tuve muchos novios. Yo era bastante monilla.

P. Y ahora la veo estupenda, estoy por tirarle los tejos.
R. Sí, ya, seguro… Bueno, yo lo que fui siempre es una enamorada de los cuentos, las leyendas. De ahí mi fascinación por la Edad Media. Me decían: pero eso es fantasía. Y yo pensaba: ¡Qué sabrán ellos! Lo malo es eso, que se pierde la inocencia.

P. Vamos por dos. ¿Cuántas pérdidas de la inocencia nos quedan?
R. Varias. De pequeña yo veía cosas extrañas, estatuas que se movían, los niños perciben muchas cosas. Uno que yo conozco inglés, con dos años, que para eso tienes que ser inglés, veía a una lady que atravesaba las paredes. Para él, era verdad. Yo tampoco lo contaba, las guardaba como asuntos míos. No lo compartía.

P. ¿Por miedo?
R. Noooo. Sufría tartamudez de pequeña porque mi madre era muy severa. Pero con los bombardeos, en la guerra, se me pasó. Cuando mi madre decía: ‘¡Ana María!’, temblaba, pero no por ella, por mí, ¿qué habría hecho? En cambio, mi padre era un remanso de paz y alegría. Un mediterráneo que podía haber sido amigo de Ulises, mientras que mi madre, parecía una castellana de esas que podía haber sido amiga del Cid.

P. Cuando empieza usted a contar sus historias, ¿lo hace primero oralmente?
R. No, nunca.

P. Ya lo veo. No me quiere usted decir ni pío de la novela. ¿Lo hace por si pierdo la inocencia?
R. No creo yo que vayas a perder la inocencia si te lo cuento. En todo caso, la recuperarías. Y no hablo de la inocencia idiota, sino de la ignorancia del mal.

P. ¿La pureza de espíritu?
R. Exactamente. La bondad.

P. Esa cosa tan despreciada…
R. Es más rara la bondad que la inteligencia.

P. Sin embargo igual de buena.
R. Sin duda.

P. ¿Pierden la inocencia alguna vez las mejores personas?
R. Siempre queda un reducto de rechazo al mal, te rebelas.

P. ¿Usted lo sigue sintiendo?
R. Desde luego. El mal ahí anda, rondándonos. En Europa, desde siempre. Si en Estados Unidos perdieron la inocencia con la guerra del Vietnam, a lo bestia, nosotros no sabemos dónde anda desde Viriato.

P. Lo bueno es que a usted la gente la quiere.
R. Mucho, me encuentran por ahí y me dicen: ay, he leído todos sus libros. Mentira, pienso…

P. No los ha leído ni usted.
R. ¿Yo? La que menos. ¡Bastante tengo con escribirlos! Ayer tuve un día malo.

P. ¿Por qué?
R. Porque no me salía nada y, ya sabes, empiezas a romper papeles.

P. Se refiere al libro ese que no le da la gana de contarme.
R. No. Piensas: pero dónde vas, vejestorio, estás acabada, métete a hacer calceta. Así me trato yo y con cosas peores. Pero hoy he recuperado la atmósfera… A ver. Cuando pasa eso, es como si se te colocara una piedra dentro del corazón… Qué cursi, ¿no?

P. La pillo, pero bueno… ¿Es feliz?
R. ¿Feliz? ¿Qué es la felicidad? Son momentos. Lo que no existe, creo, es la desgracia continuada, pero la felicidad intensa, como lo que yo he vivido. ¿Todo el rato así? No podría soportarla.

DNI urgente
Nació en Barcelona el 26 de julio de 1925. Ocupa la silla “k” en la Real Academia Española, y fue la tercera mujer en ganar el Cervantes. Además, tiene el Premio Planeta, el Nacional de Literatura...


Articulo : http://cultura.elpais.com 22/08/2013

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