dimanche 19 mai 2013

Nelson RIVERA/ Ocho notas para pensar la crisis


Ocho notas para pensar la crisis
Por Nelson RIVERA

Reinhart Koselleck, pensador e historiador alemán revisa el uso de fórmulas como Progreso, Decadencia, Patriotismo, Emancipación, Revolución, Enemigo, Crisis y otras.

—Para comenzar, un nombre: Reinhart Koselleck, pensador e historiador alemán, nacido en 1923 y recién fallecido en 2006. Junto con Otto Brunner y Werner Conze, fue coautor de una obra magna,Diccionario de conceptos históricos fundamentales, en la que se desgranan los usos lingüísticos de palabras-conceptos a lo largo de la historia. En su libro Historias de conceptos, desde su ágil y generosa erudición, Koselleck revisa el uso de fórmulas como Progreso, Decadencia, Patriotismo, Emancipación, Revolución, Enemigo, Crisis y otras.

—Dice Koselleck en el ensayo “Algunas cuestiones sobre la historia conceptual de Crisis”, que crisis es una voz griega fundamental e insustituible. Usada por Hipócrates y por otros médicos de la Antigüedad habla del momento a partir del cual la enfermedad conducía al paciente a su muerte o a su curación. En el uso había algo agónico. Disyuntivo. Se asociaba a pronósticos extremos: victoria o derrota, justicia o injusticia, salvación o condenación, vida o muerte. Proviene de krino, que invocaba la experiencia de elegir, separar, juzgar, decidir entre opuestos. En el Nuevo Testamento, crisis tiene su equivalente en judicium, voz también inapelable que nos remite a la justicia de Dios, bien sea en la forma del juicio corriente que se incorpora a la vida de los creyentes tras la aparición de Cristo, o en el anunciado Juicio de final de los tiempos. En Atenas o Jerusalén, crisis abarca todas las dimensiones de lo humano en forma de sentencia o de hecho decisivo.

—En el mismo ensayo hay una idea que me parece subyugante: que crisis supone siempre la falta de tiempo. Que el tiempo es siempre insuficiente. Sin este contraste, sin este elemento que acecha a los sentidos, no sería posible comprender el sentido de la crisis. Porque la incertidumbre, el deseo de “adelantarnos” en el tiempo para vislumbrar si la crisis tendrá o no solución, es una lucha con el tiempo, el deseo de ver más allá de lo que nos autoriza nuestra condición humana. Pero hay más: crisis supone en la modernidad una aceleración de ciertas condiciones. Un agravamiento a velocidad inesperada (un tren que se desplaza a velocidad creciente e incontrolada: he aquí una imagen pertinaz de la crisis). Crisis sugiere no sólo aceleración, desbocamiento, sino también el momentum donde la condición humana se enfrenta a sus límites perceptivos y a su capacidad para reaccionar.

—Koselleck propone tres modelos semánticos que han predominado en el uso del término: el de crisis como una condición estructural, inherente de la historia; como arco que describe “un proceso único que se acelera y en el que muchos conflictos, resquebrajando el sistema, se unen para dar lugar a un nuevo contexto después de la crisis”; por último, crisis como el estallido último, como escena de término, como metáfora del Juicio Final.

—Que Kolleseck sea la referencia primera del pensar la crisis se debe a Crítica y crisis. Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués, su tesis doctoral de 1954 que, reescrita y ampliada, publicó en 1959. Su premisa: los lazos visibles y soterrados que anudan Modernidad e indisposición crónica. Vale decir que estos tiempos nuestros, posmodernos o de modernidad tardía, tienen en la crisis su meollo, su sistema nervioso. Distintos estudiosos de la obra de Koselleck, Daniel Sánchez Usanos* entre ellos, han puesto el apuntador sobre dos de las vertientes que señala el título de su obra: que crítica, crisis y mundo burgués constituyen un entrelazamiento; y que el mundo burgués es patogénico. Si la palabra crisis tiene una presencia abrumadora en nuestros días, ello no debería sorprendernos: en la visión del pensador alemán, Ccrisis tiene la contextura para nombrar nuestro tiempo. Nos recuerda Sánchez Usanos, “la modernidad aparece entre nosotros como una época especialmente autoconsciente (crítica) de su propia quiebra (crisis), como un tiempo, no sólo pródigo, sino bastardo (ilegítimo)”. En otras palabras: la conciencia de la condición posmoderna es su crisis. Crisis no sería sino el modo que nuestro tiempo tiene a la mano para pensarse y narrarse. De ello se deriva una hipótesis que merece reflexión: que crisis está, a tal punto subsumida en nuestra experiencia cotidiana, que ya no se opone a nada.

—Si la crisis es inherente a nuestro tiempo, si ya no está relacionada con la coyuntura, si ella se prolonga, se eterniza (como lo señala Patxi Lanceros*), entonces el uso de la palabra crisis también entra en crisis. Crisis ya no se referiría a un momento o un período, porque habría perdido su sentido de coyuntura. Algo en la palabra ha caducado. Pero es justo esa caducidad la que nos señala que “las turbulencias del paisaje económico global tienen, más bien, carácter estructural” (Lanceros). Indefinido. Prolongadas en un tiempo que carece de telón final.

—Pero hay algo más en la argumentación de Lanceros que tiene condición fundamental: que la crisis tiene la capacidad de dislocar o debilitar la convivencia. Al constituirse en amenaza; al tensar las mecánicas del miedo y del odio, actúa contra el otro, contra el “peor ubicado”: el extranjero, el distinto, el huésped que compite por un puesto de trabajo. Cabe añadir aquí la sugerencia que formulan Luciana Cadahia y Gonzalo Velazco, compiladores de Normalidad de la crisis /crisis de la normalidad, en cuanto a que la crisis opera como instrumento que legitima esa suerte de estado de excepción que, al demandar sacrificios de los ciudadanos, devalúa su dignidad, socava sus derechos básicos. El discurso de la crisis domestica, desinfla: nos conduce como corderos a la lógica de la austeridad.

—Una visión de las últimas cuatro o cinco décadas pueden conducirnos a esto: que crisis sea estancamiento (Antonio Gómez Ramos*). Un mal presente extendido sin remedio y sin solución en el horizonte (cedo aquí a la tentación de copiar un mínimo fragmento de ese libro entrañable de Hans Blumenberg, que es Naufragio con espectador: “el naufragio es una suerte de ‘legítima’ consecuencia de la navegación, mientras que el puerto felizmente alcanzado o la apacible bonanza son sólo el aspecto engañoso de una tan profunda problematicidad”).Y en ese inmenso atasco en el que vivimos, quizás resulta que la crisis es inmanente: nuestra normalidad y nuestro destino. Y, también, la causa profunda que explica la ausencia de grandes relatos: la crisis como la fuente de la crisis de la representación. Crisis como punto de partida y franja de llegada. Crisis como bolsa de aire que nos envuelve y nos impide pensar cómo salir de ella. Crisis que, por momentos, nos descubre en el deseo de un colapso, de una crisis mayor en forma de estallido. Crisis, como escenificación de una imagen que nos ofrece Paxti Lanceros, si me permiten una imagen en cierto modo pavorosa, la de una nostalgia de modernidad, que mira hacia el futuro y no ve nada. O quizás algo peor que nada: donde debería estar el progreso o su posibilidad, está el paisaje en ruinas, la escena que la clarividencia de Walter Benjamin nos anunciara en 1926, en ese libro mágico que es Dirección única o Calle de dirección única como también se le ha llamado.

*Co-autores del libro Normalidad de la crisis / crisis de la normalidad.

Historias de conceptos
Reinhart Koselleck
Editorial Trotta
España, 2012

Crítica y Crisis
Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués
Reinhart Koselleck
Editorial Trotta
España, 2007

Normalidad de la crisis /crisis de la normalidad
Compiladores: Luciana Cadahia y Gonzalo Velazco
Katz Editores
Argentina, 2012

Articulo: http://www.el-nacional.com 19/05/2013

Federico de CARDENAS/ Jean-Paul SARTRE y Las palabras


Aniversario
Jean-Paul SARTRE y Las palabras
Por Federico de CARDENAS

Terminado en 1963 y publicado al año siguiente, el implacable retrato autobiográfico escrito por este filósofo y escritor francés (1905-1980) cumple 50 años. Aunque la influencia sartreana no es lo que antes era, sigue siendo una obra deslumbrante.

Al momento de su aparición, Las palabras fue un libro que desconcertó. Ni los propios adversarios de Jean-Paul Sartre (y vaya si los tenía) esperaban que el escritor se descubriera tanto en lo que entonces se suponía era el primer volumen de una autobiografía que luego el propio autor declaró que no tendría continuación. Cincuenta años después, una relectura de la obra deja la misma sensación de incomodidad y admiración que provocó en su momento.

Las palabras, si exceptuamos los tres tomos de su monumental e interrumpido estudio sobre el novelista Gustave Flaubert, es la última obra maestra sartreana. Estamos ante un intento introspectivo que escudriña –valiéndose de la memoria, el psicoanálisis y viejos documentos del archivo familiar – lo que fue la infancia del autor de La náusea o mejor, para emplear el lenguaje sartreano, un intento de explicar cómo es que un determinado medio familiar, unas circunstancias históricas y sociales y ciertas posibilidades desarrolladas desde la infancia dieron como resultado el niño que después sería escritor.

Libro apasionante porque nos permite acceder a un Sartre desguarnecido, prisionero de sus fantasmas de infancia –los de un niño feo y desdichado – y de sus más tempranas obsesiones (es significativo que el libro se divida en dos secciones tituladas por el autor Leer y Escribir), de las que no se liberaría en lo restante de sus días.

Nacido en París en 1905 en el seno de una familia intelectual, de tradición pietista y dedicada por decenios al cultivo de la música (su abuelo era el compositor Charles Schweizer y Albert, el célebre organista, era primo suyo), el niño crece en un medio de gran severidad del cual fuga con ayuda de la ficción (“insecto, parásito estupefacto, sin fe, sin ley, sin razón ni fin, yo me evadía en la comedia familiar, giraba, corría, volaba de impostura en impostura. Yo huía de mi cuerpo injustificable y de sus endebles confidencias”).

Apenas el pequeño Jean-Paul aprende a leer se transforma en un voraz devorador de libros y en cuanto puede escribir decide que será novelista, escribiendo millares de páginas de aventuras que reproducían en claves similares los textos infantiles que leía. El principio latino de “nulla dies sine línea” (“ningún día sin escribir algo”) fue aplicado por Sartre niño al pie de la letra (“Yo pensaba darle a la literatura cuando, en verdad, lo que hacía era ingresar en las órdenes sagradas. En mí la certeza del más humilde creyente se volvió la orgullosa evidencia de mi predestinación”).

Las palabras es un libro que se lee de un tirón, que somete a la vez a sus lectores a la hipnosis de una conciencia de lucidez insoportable y atormentada, y que finalmente traza un retrato del escritor ajeno a toda complacencia (“Sed complacientes con vosotros mismos y los otros complacientes os amaran; desgarrad a vuestro vecino y los otros vecinos reirán. Pero si azotáis vuestra alma, todas las almas gritarán”).

Las palabras es un libro implacable que, de hecho, ha pasado a la posteridad como uno de los intentos más arriesgados emprendidos por un gran escritor para lograr entregar su interioridad. Creemos que, incluso medio siglo después, nadie sale intacto de su lectura. Ahora que se afirma que la filosofía sartreana quedó obsoleta, que su teatro envejeció y que muchas de sus tesis políticas no encuentran asidero en el mundo de hoy, es forzoso reconocer que este libro es una obra maestra.

Articulo: http://www.larepublica.pe 19/05/2013

Juan CRUZ/ Juantxu HERGUERA, editor literario


Juantxu HERGUERA, editor literario
Por Juan CRUZ

Por sus manos pasaron las obras de autores como José Saramago o Mario Vargas Llosa

Decía ayer el escritor y académico Luis Mateo Díez de Juantxu Herguera, el editor que acaba de morir: “Trabajaba como si te lo debiera”. Juantxu nació en Madrid en 1959, era comedido y misterioso; no avanzaba, desde su timidez, más allá de lo que era imprescindible, pero cuando ponía el ojo sobre una página acertaba siempre, y se hizo imprescindible para muchos autores que lo trataron, sobre todo en Santillana, donde desarrolló su trabajo hasta 2010, cuando decidió mirar hacia otro lado, y aún más adentro. Murió en la madrugada de ayer, a los 54 años, tras una operación de trasplante de corazón que finalmente no logró los efectos deseados. Deja muchísimos amigos, gran parte de ellos escritores.

Entró a trabajar en Alfaguara, bajo la dirección de Amaya Elezcano, como editor ejecutivo, en 1999. Venía de la banca, había escrito una novela (Mañana no ha llegado) con sus amigas Paca Arceo y María Antonia Slocker, pero su pasión era la literatura ajena, lo que escribían otros. Un editor de raza, como se dice. Trabajó con libros de José Saramago, de Arturo Pérez-Reverte, de Mario Vargas Llosa, de Javier Marías, de Luis Mateo Díez, de José María Merino, de Julio Llamazares, de Manuel Rivas, de Rosa Montero… Uno de sus últimos trabajos en Alfaguara fue la edición de El viaje del elefante, de Saramago. Con el Nobel portugués y con su mujer, Pilar del Río, trabajó en Lanzarote para preparar este libro.

En 2007 pasó al sello Punto de Lectura, también en Santillana y asimismo como editor ejecutivo. Ahí descubrió la novela Sabor a chocolate, de José Carlos Carmona, que fue un éxito de ventas en bolsillo. También abordó la edición de Libros Acuáticos, entre ellos Malinche, de Laura Esquivel, o El desorden de tu nombre, de Juan José Millás… Fue muy dedicado editor de autores como Bernardo Atxaga, Dulce Chacón o Unai Elorriaga.

Todos fueron sus amigos. “Tenía”, dijo ayer Luis Mateo, “una delicadeza extrema; era un hombre en el que la discreción tenía el halo del afecto y del misterio. Te relacionabas con él siempre como si por su parte hubiera siempre una entrega enorme. Y te parecía que trabajaba como si estuviera debiéndote a ti el trabajo que él hacía”.

Manuel Longares, otro de sus autores, dijo: “Juantxu Herguera era generoso, cordial. Antes de que te lo presentaran, él se había hecho una idea de ti y trataba de perfilarla a lo largo de la conversación. Socarrón, escuchaba los mayores disparates sin mover un músculo y procuraba luego centrar tus exageraciones y aprovechar lo que mejor veía de ti. Poseía una paciencia infinita con la edición del libro, era exageradamente meticuloso aunque no traspasaba sus escrúpulos, y era el primero en seguir la pista del libro, y aunque no correspondiese a su trabajo te comunicaba sus ventas, sus críticas, antes que nadie, por amor al libro que había hecho y gran respeto a quien lo había escrito”.

Articulo: http://cultura.elpais.com 16/05/2013

Joaquín ESTEFANÍA/ KEYNES, la economía y el sexo


TESTIGO EXCEPCIONAL DE UN SIGLO
Keynes, la economía y el sexo
Por Joaquín ESTEFANÍA 

La biografía de John Maynard Keynes, editada por fin en su versión íntegra en español, es un fascinante paseo por la teoría económica, el pensamiento político y los círculos intelectuales del siglo XX de la mano de uno de sus grandes humanistas

El historiador británico Niall Ferguson, cada vez más escorado ideológicamente hacia las posiciones más conservadoras (véase su último libro La gran degeneración, en la editorial Debate) organizó hace unos días un enorme escándalo al defender que Keynes no se había preocupado nunca por las consecuencias de sus teorías económicas en el largo plazo porque al ser homosexual no podía tener hijos y ese largo plazo le traía sin cuidado. Se apoyó en su célebre frase de que “a largo plazo, todos muertos”.

La algarabía fue tan amplia que Ferguson, que en el pasado ya había coqueteado con esta idea, hubo de pedir perdón. Su comentario, dijo, fue “estúpido e insensible”, y la revista que reprodujo sus palabras explicó que era como si la filosofía económica de Ferguson estuviese basada en que este es rico y famoso y, por tanto, no le interesa en absoluto lo que les ocurra a los pobres y a los parados.

Pero la simpleza del historiador y profesor de Harvard no era la primera vez que se exponía. Al menos había tenido un curioso precedente: en el obituario de la muerte de Keynes, en 1946, otra de las cimas de la economía de todos los tiempos, el austriaco Joseph Schumpeter, escribió: “No tuvo hijos y su filosofía de vida era esencialmente una filosofía a corto plazo”. Lo cuenta Robert Skidelsky en la monumental y canónica biografía del economista británico, recientemente aparecida en España (John Maynard Keynes, editorial RBA). Es un libro maravilloso que justifica una vida, aunque su autor no ha dejado de escribir en ningún momento.

Por cierto, la misma editorial acaba de publicar otro libro sensacional, las Memorias del intelectual francés Raymond Aron, y ambos libros devienen imprescindibles para conocer la enorme complejidad del siglo XX. Tanto las memorias de Aron como el primer tomo de una versión previa de la biografía de Keynes habían sido editadas hace muchos años por Javier Pradera en Alianza Editorial y se encuentran descatalogadas. Durante demasiado tiempo se esperó, sin éxito, la aparición de los tomos dos y tres de la biografía de Keynes, hasta que ahora RBA se ha atrevido con un único volumen de casi 1.300 páginas. Ambos son textos insustituibles.

Bibliografía imprescindible

Moneda y finanzas en la India (1913).
Las consecuencias económicas de la paz (1919).
Tratado de probabilidad.
Breve tratado sobre la reforma monetaria(1923).
¿Soy un liberal? (1925).
El final del ‘laissez faire’ (1926).
‘Laissez faire’ y comunismo (1926).
Las posibilidades económicas de nuestros nietos (1930).
Ensayos de persuasion (1931).
Carta abierta al presidente Roosevelt (1933).
Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936).

Ferguson no tenía razón ni en la afirmación de que Keynes era homosexual ni en la de que su obra desdeñaba el largo plazo. Aunque le gustaron mucho los hombres (uno de los amores de su vida fue el pintor escocés Duncan Grant, perteneciente al grupo de Bloomsbury) también lo hicieron las mujeres: se casó con la bailarina del ballet de Diaghilev Lydia Lopokova, que sufrió un aborto cuando convivía con Keynes.

En el año 1930, Keynes y la Lopokova visitan la Residencia de Estudiantes de Madrid, en la que dicta una conferencia cuya primera versión había pronunciado dos años antes en Winchester, titulada expresivamente Las posibilidades económicas de nuestros nietos. Keynes entiende que en ese momento (ya ha tenido lugar elcrash de la Bolsa de Nueva York) el mundo sufre “un fuerte ataque de pesimismo económico”; entonces era corriente (lo que tanto recuerda a la actualidad) escuchar a muchas personas la afirmación de que la época de enorme progreso que caracterizó al siglo XIX había pasado para siempre, y que una caída de la prosperidad era más verosímil que una mejora en la década que acababa de empezar. “Creo”, dice Keynes, “que esta es una interpretación extraordinariamente equivocada de lo que está sucediendo; estamos sufriendo no los reumatismos de la vejez, sino los dolores crecientes que acompañan a los cambios excesivamente rápidos, el dolor del reajuste de un periodo económico a otro. No hay que sobreestimar la importancia del problema económico ni sacrificar a sus supuestas necesidades otras cuestiones de mayor significado y permanencia. La economía debe ser una cuestión reservada a los especialistas, como la odontología”. Y aquí pronuncia una de sus frases más celebradas sobre la necesaria humildad del economista (aunque Keynes fue todo menos humilde): “¡Sería estupendo que los economistas lograran que se les considerara como personas modestas y competentes, igual que los dentistas!”.

La biografía de Skidelsky aglutina a todos los Keynes que había dentro de su privilegiada cabeza: el economista, el inversor, el moralista, el intelectual bloomsburiano, el funcionario del Gobierno británico, el inconformista, el que nos dejó en herencia el orden económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, etcétera. Siempre perteneció a la élite intelectual dentro de la élite económica de la Gran Bretaña del primer tercio del siglo XX, y su genialidad brillaba en cualquier cosa que hiciese. El filósofo Bertrand Russell dijo de Keynes: “Es la mente más aguda y más clara que jamás conocí. Cuando discutía con él, sentía que mi vida pendía de un hilo y raramente terminaba sintiéndome algo muy diferente a un estúpido”.

Y en estas llega Ferguson y resume que las teorías de John Maynard Keynes son consecuencia directa de su condición sexual…

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ROBERT SKIDELSKY: ESCRITOR Y ECONOMISTA
“Es perverso y estúpido permitir que el 27% de la sociedad esté en paro”
Por Alicia GONZÁLEZ

El biógrafo por excelencia de John Maynard Keynes comparte con el economista la filosofía general sobre la vida y sobre la economía.

Robert Skidelsky (Manchuria, China, 1939) es mucho más que el biógrafo por excelencia del economista John Maynard Keynes. Es un gran humanista que no ha perdido un ápice de curiosidad. Cuando la grabadora se apaga, pregunta sobre la situación de España, cómo lo está haciendo el gobierno y el papel de la Iglesia en la crisis. “En Reino Unido, la iglesia ha recuperado mucha autoridad moral con esta crisis. Ha criticado con dureza al gobierno por permitir que el desempleo escalara de forma imparable y lo cierto es que necesitamos recuperar referentes morales y ahí la Iglesia puede desempeñar un papel muy importante. ¿Ha pasado lo mismo en España?”, pregunta sin doblez.

Skidelsky ha venido a Madrid a promocionar su principal obra, que publica RBA. 1.366 páginas en las que condensa la esencia de uno de los economistas más brillantes e influyentes de la historia, con quien comparte, según sus propias palabras, la filosofía general sobre la vida y sobre la economía. “Al conocerle tan bien como le conozco el reto es imaginar cómo él habría cambiado en este tiempo y cómo lo habrían hecho sus ideas, dadas las circunstancias”. Lamentablemente, algunas cosas no han cambiado tanto y Skidelsky hace suyos los postulados de Keynes.

“Admiro mucho su humanidad y su indignación contra las mentiras políticas porque creía firmemente que los políticos debían decir la verdad a la gente. Y, por encima de todo, su ira contra el desempleo. Aseguraba que era tan perverso como estúpido permitir que hubiera desempleo. Y creo que es verdad. Creo que es perverso que el gobierno español permita que el 27% de su población esté desempleada y es perverso que el 50% de los jóvenes no tenga empleo. Y es también estúpido porque no hay necesidad de que así sea”, concluye.

La gran hazaña de Skidelsky fue separar al mito de la persona real, en un momento en el que las biografías ignoraban la vida privada de los personajes. Con Keynes, si cabe, es aún más difícil separar al economista de la persona, sostiene el profesor de la Universidad de Warwick. “Sus ideas económicas eran parte de cómo él veía la vida. Keynes no admiraba a muchos economistas y sí le gustaban mucho más los artistas y los filósofos. Tampoco tuvo amigos íntimos, uno o dos como mucho”. Keynes formó parte del grupo de Bloomsbury, integrado por artistas como Duncan Grant o escritores como Virginia Woolf, que marcaron su forma de ver la vida y, en buena medida, el resto de su obra. “Para él, lo importante era la belleza, la amistad, el conocimiento. Eran el estado mental al que todos debíamos aspirar. Y la economía solo era un medio para alcanzarlo, no era una meta en sí misma. Y una vez conseguido el entorno que lo permitía, instrumentos como la eficiencia, el gasto o el pleno empleo dejaban de ser importantes”.

Esas circunstancias han quedado reflejadas en su biografía, donde desveló la homosexualidad del economista británico y que ahora han suscitado una polémica académica con el historiador Niall Ferguson.

En una reciente conferencia, Ferguson atribuyó la defensa del gasto público de Keynes a su homosexualidad y su falta de descendencia. Tuvo que disculparse al día siguiente. Skidelsky es sutil pero implacable en la crítica. “El problema de esa argumentación es la explicación, que se busque la justificación de una circunstancia con otra”. Y añade: “Ahora es más difícil hacer el trabajo de investigación, hay más distracciones mediáticas. Cuando algún investigador destaca en un campo o tiene una personalidad interesante, los medios suelen hacer de ellos estrellas mediáticas y acaban abandonando su investigación. Algo así es lo que le ha pasado a Niall Ferguson, que escribió muy buenos libros hace 20 años pero que ahora se ha entregado a los medios de comunicación y su trabajo se resiente”.

Con el tiempo, la izquierda ideológica ha sido la gran abanderada del legado del keynesianismo, aunque él nunca se declaró como tal. “Quizás sus ideas hayan sido reivindicadas por el centro izquierda pero estaban mucho más en el centro y él se identificó durante la mayor parte de su vida con el Partido Liberal [ahora en coalición con el gobierno del conservador David Cameron]. Una vez John Maynard Keynes dijo que era el trabajo del Partido Liberal propiciar ministros al Partido Laborista e ideas al Partido Conservador. De alguna forma, él donde quería estar era en el centro”, defiende Skidelsky.

El keynesianismo, como tal, fue denostado durante años, y solo la mayor crisis económica y financiera desde la Gran Depresión lo devolvió al primer plano de la actualidad e hizo aflorar a sus adeptos. “Ya lo dijo Robert Lucas \[economista de la escuela de Chicago\]. Cuando estamos metidos en la trinchera, todos somos keynesianos. Es instintivo, pura supervivencia política. Pero tan pronto como se consigue sacar un poco la cabeza de ahí, los viejos hábitos y las posiciones ideológicas se imponen. Y la derecha quiere reducir el Estado a toda costa”, aclara Skidelsky.

El biógrafo de Keynes entiende que la sociedad mire al pasado en busca de respuestas porque “la gente ha perdido mucha fe en los economistas, que dieron una cierta bendición al sistema financiero y crediticio. Pero creo que la macroeconomía, que es la ciencia del gobierno, está en un callejón sin salida, todas sus teorías han sido destrozadas y se encuentra en serios apuros”. Y sin macroeconomía, asegura, la acción de gobierno se resiente. “Cuando las cosas van bien, la gente no se preocupa por la economía, solo espera que todo siga funcionando”.

Articulo: http://cultura.elpais.com 17/05/2013

Ángeles LUCAS/ Un refugio entre libros


Un refugio entre libros
Por Ángeles LUCAS 

La crisis y las actividades culturales disparan el número de usuarios en las bibliotecas públicas

Viajar, conocer vidas, experiencias, filosofías, consultar datos, teorías, ver imágenes, ilustraciones, aprender idiomas, saber tus derechos, todo en un libro. Las bibliotecas pueden ser, por ende, como las describió Jorge Luis Borges “algún tipo de paraíso”. Y cada vez más, los andaluces están descubriendo en estos edificios algún tipo de salvación, y no solo intelectual o formativa, también física. La calefacción o los aseos se han convertido en un reclamo más para los ciudadanos. En los últimos cuatro años, en plena crisis económica, las ocho bibliotecas públicas provinciales andaluzas han registrado un aumento de un 50,6% de usuarios. Han pasado de tener 249.185 clientes a 375.212.

Personal de limpieza es lo que se lee en la pantalla de un ordenador de la biblioteca Infanta Elena de Sevilla. Frente a la luz azul está Álvaro Arias, que se ha desplazado cinco kilómetros en bicicleta hasta el edificio para buscar un empleo con el servicio gratuito de Internet del centro. Un chico que conoció en un comedor social le comentó que ahí podría conectarse. “Espero trabajar cuidando ancianos, como los últimos cinco años”, cuenta este boliviano en voz baja, para no molestar.

Arias cumple varios perfiles de los nuevos usuarios de bibliotecas públicas, que han contribuido a alcanzar estas cifras récord en Andalucía. “Los desempleados y los inmigrantes son, junto a los indigentes, nuevos usuarios que se suman a los estudiantes, investigadores, jubilados, menores y aficionados a la lectura que tradicionalmente llenan las salas”, concluye Javier Álvarez, director de la Biblioteca Pública de Andalucía.

“Las bibliotecas son centros democráticos por excelencia, sobre todo ahora, que cada vez se limitan más los servicios públicos. Aquí, en un mismo edificio puede encontrarse un mendigo que viene a leer, con un empresario millonario que viene a una presentación”, cuenta Ana Isabel Fernández, directora de la biblioteca Infanta Elena de Sevilla, que ha sido el centro que más ha crecido en usuarios en Andalucía en los últimos cuatro años con un alza del 154% hasta llegar a 88.739 en 2012 desde los 34.924 en 2007.

“Ahora hay que trabajar por fidelizarlos, por ofrecer servicios que interesen a todos”, afirma Fernández, que destaca también que el aumento de usuarios se debe a la repercusión que supuso la celebración en 2009 de los 50 años de la biblioteca, a los clubes de lectura especializada, al impulso de la Asociación Ocnos de Amigos de la Biblioteca, y a los convenios de colaboración con asociaciones, entidades y centros escolares. “¡No te puedes imaginar la cola que hay para entrar los sábados por la mañana!”, ilustra Fernández, que cuenta que, además de presentaciones de libros y exposiciones, tienen en marcha programas de visitas, un club de lectura de español para extranjeros, un centro de literatura africana, cuentacuentos bilingües, cursos de alfabetización digital, mercadillos solidarios y talleres, como el que celebraron de caligrafía china. “Se trata de conseguir la cohesión social”, declara.

Y como esta biblioteca, la mayoría de las 680 bibliotecas públicas de la comunidad que también plantean sus iniciativas, y que se enfrentan al ascenso de usuarios y préstamos con el descenso de presupuesto, fundamentalmente en personal, en nuevas adquisiciones y en mantenimiento. “Los bibliotecarios son los superhéroes de la cultura. Están haciendo malabarismos para dar un buen servicio a los usuarios”, dice David Luque, director general de Industrias Creativas y del Libro de la Junta. “Estamos agudizando el ingenio, organizando nosotros las actividades, atendiendo a las personas que encuentran en estos centros un segundo hogar y que en muchos municipios funcionan como ejes vertebradores culturales”, cuenta Antonio Tomás Bustamante, presidente de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios. “Somos centros de información, cultura y ocio a coste cero, de inclusión social y no basados en el consumo; y ahora que tenemos más visibilidad y reconocimiento, tenemos que dar una buena respuesta”, considera Bustamante, que también se ha percatado del aumento de padres que se llevan películas y libros de préstamo. “Ya no es tan fácil para una familia ir al cine por la subida del precio de la entrada, o comprar un DVD”, señala Bustamante.

Por su lado, el director de la Biblioteca de Andalucía, en Granada, ha visto incluso a una madre dar de mamar a su bebé en la biblioteca. “Aquí, por supuesto, todos son bienvenidos, y servimos también para informar a las personas víctimas de este desastre social, en el que desafortunadamente nos encontramos, que hay lugares más adaptados para sus necesidades. Pero que si se quieren quedar, sin problema. Antes prefiero que me echen a mí de mi cargo, que echar a un indigente de la biblioteca pública”, comenta Álvarez con decisión. “Además, algunos incluso participan de las actividades culturales que realizamos. Los hay que tienen un nivel cultural alto, sobre todo los extranjeros”, matiza. “Además, ahora estamos adquiriendo más libros en árabe, rumano, ruso, polaco, chino, a parte de los tradicionales en inglés, francés o alemán”, enumera.

La Junta, por su parte, promueve la Biblioteca Intercultural de Andalucía, destinada a las minorías lingüísticas; la Red Idea, para documentación especializada; y la Biblioteca Virtual de Andalucía, que alberga en varios formatos documentos el patrimonio bibliográfico andaluz y que está integrada en la red virtual Europeana. “Y queremos además promover las adquisiciones de libros de editoriales andaluzas”, añade Luque.

Álvarez destaca que también está fomentando la compra de libros en español de literatura Latinoamericana. A Álvaro Arias seguro que le gustaría leer a un autor boliviano mientras cuida a un anciano en Sevilla.

Articulo: http://cultura.elpais.com 19/05/2013

Mario VARGAS LLOSA/ Periodismo y creación: ‘Plano americano’


LA CUARTA PÁGINA
Periodismo y creación: ‘Plano americano’
Por Mario VARGAS LLOSA

PIEDRA DE TOQUE. Los perfiles biográficos que dibuja Leila Guerriero demuestran que el periodismo puede ser una de las bellas artes y producir obras de valía, sin renunciar a su obligación primordial, que es informar.

Cada vez que regreso a Madrid o Lima luego de varios meses me recibe en la casa un espectáculo deprimente: una pirámide de libros, paquetes, cartas, e-mails, telegramas y recados que nunca alcanzaré a leer del todo y menos a contestar, y que por muchos días me deja la mala conciencia pertinaz de haber quedado mal con mucha gente que esperaba una respuesta, una opinión, a veces una simple firma. En los años sesenta, cuando empecé a recibir cartas y libros, los leía con cuidado y respondía a todos esos corresponsales espontáneos con misivas que a veces me tomaba varias horas redactar. Un día descubrí que si quería estar al día con las cartas tendría que dejar de escribir y hasta de leer. Desde entonces ya casi no contesto cartas y sólo alcanzo a leer una ínfima parte de los libros que recibo. Sé que voy quedando mal con mucha gente y ganándome enemigos por doquier, pero no tengo alternativa.

Eso sí, a veces, hurgando en la pirámide y hojeando los libros que no agradeceré, me llevo alguna sorpresa estimulante, como hace dos semanas, recién llegado a Madrid. Más de un centenar de libros se habían acumulado en mis seis meses de ausencia. Leía los títulos, la contraportada, los iba ordenando en pilas y olvidando, cuando, de pronto, en un índice advertí que uno de los capítulos de aquel volumen estaba dedicado a un humanista que admiro: Pedro Henríquez Ureña. Comencé a leer esa fascinante reconstrucción retroactiva de la vida del ilustre erudito dominicano a partir de su muerte súbita en el tren que lo llevaba de Buenos Aires a La Plata a dictar sus clases en el modesto colegio en el que se ganaba la vida y ya no pude parar la lectura hasta la última página del libro.

Su autora, Leila Guerriero, es una periodista argentina y el libro, que recoge una veintena de trabajos suyos —todos publicados en diarios y revistas con la excepción del que reconstruye con soberbia eficacia la vida de Roberto Arlt, que es inédito—, se titula Plano americano y está editado en Chile, por la Universidad Diego Portales. Me temo que esta edición tenga una circulación restringida y no llegue a los muchos lectores que deberían leerlo pues se trata de una colección de textos que, además del mérito que tiene cada uno de ellos, muestra de manera fehaciente que el periodismo puede ser también una de las bellas artes y producir obras de alta valía, sin renunciar para nada a su obligación primordial, que es informar.

Cada uno de estos perfiles o retratos de músicos, escritores, fotógrafos, cineastas, pintores, cantantes, es un objeto precioso, armado y escrito con la persuasión, originalidad y elegancia de un cuento o un poema logrados. En nuestro mundo, el periodismo suele ser el reino de la espontaneidad y la imprecisión, pero el que practica Leila Guerriero es el de los mejores redactores de The New Yorker, para establecer un nivel de excelencia comparable: implica trabajo riguroso, investigación exhaustiva y un estilo de precisión matemática. Antes de enfrentarse a sus entrevistados (vivos o muertos), ella ha leído, visto u oído lo que ellos han hecho, se ha documentado con rigor sobre sus vidas y sus obras consultando a parientes, amigos, editores o críticos, leyendo toda la documentación posible sobre su entorno familiar, social y profesional. Sin embargo, sus ensayos no delatan ese quehacer preparatorio tan rico; al contrario, son ligeros y amenos, fluyen con transparencia y naturalidad, aunque, bajo esa superficie leve y ágil que engancha la atención desde las primeras líneas, se advierte una seguridad y seriedad que les confiere una poderosa consistencia.

Los perfiles de Henríquez Ureña, de Arlt, de Idea Vilariño, de Nicanor Parra, del crítico de cine uruguayo Alsina Thevenet, de la fotógrafa argentina Sara Facio, de Ricardo Piglia, Juan José Millás y todos los demás, son una verdadera proeza narrativa, por la cercanía que consiguen, introduciendo al lector en la intimidad de todos ellos, en la pulcritud o el caos en que viven o vivieron, en los objetos de que se rodearon, sus padres, mujeres o maridos, o hijos, y en su manera de trabajar, en sus éxitos y fracasos, en sus grandezas y pequeñeces. Leila Guerriero no interfiere jamás, nunca usa a sus personajes para auto promocionarse, practica aquella invisibilidad que exigía Flaubert de los verdaderos creadores (que, como Dios, “deben estar en todas partes pero visibles en ninguna”). Estas figuras jamás alcanzarían la densidad que tienen, el atractivo que emana de ellos, si la autora no escribiera con tanta desenvoltura y exactitud, no dijera sobre ellos cosas tan inteligentes y no las dijera de manera tan discreta y elegante.

La estructura de cada uno de estos perfiles no respeta la cronología, el tiempo transcurre en ellos casi siempre como un espacio en el que el relato avanza, retrocede, salta continuamente del futuro al pasado y al presente para ir creando una perspectiva poliédrica de estas personas, hasta dar de ellas una impresión de totalidad, de síntesis que aprisiona todo lo que hay o hubo en ellas de sustancial. El resultado es siempre positivo, todos los entrevistados terminan por despertar la simpatía, a veces la admiración, a veces la ternura y casi siempre la solidaridad del lector.

Porque otro de los atributos de Leila Guerriero, raro entre sus colegas contemporáneos, es ya no literario ni periodístico sino moral: el respeto con que se acerca a cada uno de sus personajes, sus esfuerzos por llegar a entender lo que son y lo que hacen sin que distorsionen su juicio los prejuicios y los clisés, el mismo tratamiento respetuoso y neutral que da a las figuras consagradas y a los artistas o escritores de menor significación o todavía principiantes. En este sentido, está en las antípodas de los celebrados periodistas norteamericanos del “nuevo periodismo” y sus frenéticos desplantes, del exhibicionismo que lucían entrevistando a estrellas a fin de desmenuzarlas y levantar sobre sus escombros estatuas a la gloria de sí mismos, a su picardía o inteligencia (en verdad, a su egolatría y deshonestidad). Ni una sola de las entrevistas y perfiles de Plano americano se permite esas licencias abusivas y vanidosas del periodista-espectáculo; todas ellas delatan, además del talento de su autora para rastrear las fuentes más íntimas de la vocación y creatividad de los autores, una voluntad de juego limpio, de objetividad y autenticidad, lo que dota a sus textos de una gran fuerza persuasiva: los lectores le creemos todo lo que nos dice.

Otro de los mejores hallazgos de su técnica narrativa es la eficacia de las citas. Sean frases tomadas de libros o artículos, o dichas por sus entrevistados, vienen siempre como relámpagos a iluminar un rasgo psicológico o delatar una manía, una obsesión, un recóndito secreto que explica cierta deriva existencial o motivo recurrente, algún detalle que de pronto esclarece algo que se anunciaba hasta entonces de manera informe y subrepticia.

 En los años cincuenta, Truman Capote, un maestro de la publicidad, lanzó la idea de la novela-verdad, de la novela-reportaje, a raíz de A sangrefría, su minucioso testimonio sobre un crimen cometido en un pueblecito estadounidense. Leyendo este libro de Leila Guerriero he recordado mucho aquellas tesis de Truman Capote, porque me parece que esta periodista argentina hace realidad, con más provecho todavía que el escritor norteamericano, la idea de que los recursos y técnicas de la novela pueden ser utilizados para enriquecer un reportaje o un trabajo de investigación. Mi impresión es que en los casos de Truman Capote, Norman Mailer, Gay Talese o Tom Wolfe, lo literario llegaba a dominar de tal modo sus trabajos supuestamente periodísticos que estos pasaban a ser más ficción que descripción de hechos reales, que la preeminencia de la forma en lo que escribían llegó a desnaturalizar lo que había en ellos de informativo sobre lo que era creación. No es el caso de Leila Guerriero. Sus perfiles y crónicas utilizan técnicas que son las de los mejores novelistas, pero su método de estructurar los textos, utilizando distintos puntos de vista y jugando con el tiempo, así como dando al lenguaje una importancia primordial —tanto en la elección de las palabras como en sus silencios—, no llegan jamás a prevalecer sobre la voluntad informativa, están siempre al servicio de ésta, sin permitir que la forma deje de ser funcional y termine por trascender aquella subordinación a la realidad objetiva, que es el dominio exclusivo y excluyente del periodismo.

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© Mario Vargas Llosa, 2013.

Articulo: http://cultura.elpais.com 19/05/2013

Carles GELI/ Espriu, pequeño pero completo


La poesía y la narrativa del autor salen completas y definitivas en bolsillo
Espriu, pequeño pero completo
Por Carles GELI 

Uno de los problemas de Salvador Espriu (1913-1985) ha sido que ha quedado reducido mayormente a un círculo culturalista. La culpa, en parte, es de su fondo, de lo qué y cómo lo escribió; pero ya nunca más podrá decirse que será por la forma, por cómo ha sido publicado porque desde ahora, por 16,50 euros cada uno (13,90 en ebook) y por vez primera en un solo volumen se ha reunido por un lado toda la prosa narrativa como toda la poesía, que labutxaca, sello de bolsillo de Grup 62 pondrá la semana próxima a la venta, en el marco del Any Espriu.

La tapa débil y el papel rugoso amenazando con la transparencia (la venta de los dos volúmenes en un estuche, a 33 euros, mitiga el lookmodesto) no debe llevar a engaño. La edición es pequeña pero completa: los textos reproducidos son los que ha fijado definitivamente la edición crítica en la que desde 1992 trabaja un equipo que dirige Rosa Delors. Pero, como en los grandes restaurantes, está servido limpio de espinas, es decir sin el aparato crítico que acompaña a la edición de referencia.

Que, en cada caso, reúnan toda la obra de cada género da pie a leer, si no inéditos, sí textos prácticamente olvidados como, en el caso de la narrativa, D’uns vells estius de joves fills de casa bona, de claro corte autobiográfica, o las tres narraciones de Letizia i altres proses, la primera de las cuales lleva por subtítulo Un conte de Poe sense Poe ni por. O un Ariadna al laberint grotesc que se avanza a la edición crítica a partir de un ejemplar de 1980 corregido por el autor en 1984. “Son textos ya limpios de todas las erratas y respetan la última voluntad del autor”, resume Gabriella Gavagnin, que junto con Víctor Martínez-Gil son los responsables tanto del prólogo especial como de un volumen que abarca casi medio siglo de prosa de quien iba “innovando y renovándose y reescribiéndose constantemente”.

Un poco más fácil lo ha tenido en ese sentido Olívia Gassol, responsable del volumen (con su prólogo) Poesia, en tanto Espriu ya fijó contenidos en los dos tomos de poesía de las Obras completas publicadas entre 1985 y 1987.

Pero también hay pequeñas exquisiteces, como el apartado de Poemes dispersos, versos que ven la luz por vez primera porque “fueron escritos para volúmenes que no desarrolló o iban destinados a la circulación privada”. Entre éstos, las cáusticas Dècimes de Salvador de Sinera per a la Segona història d’Esther, que cruzó con Joan Oliver tras un fallido intento de representarse la obra en casa de un mecenas. Por vez primera, aquí se pueden leer sin las variantes que incorporó Oliver.

El Departamento de Cultura de la Generalitat, en paralelo, ha lanzado 250 perfiles de Espriu, a partir de un dibujo de Pla-Narbona de 1967 y al que añadiéndole el lema “Aquí hi ha llibres meus” lucirá en otros tantos espacios de bibliotecas públicas y librerías. ¿El Any Espriu está teniendo una traducción en la ventas de sus libros? “No dispongo de cifras exactas pero los títulos que tenemos en bolsillo se están vendiendo más que el año pasado”, apunta el editor de Grup 62 Jordi Cornudella. Josep Lluch, de Proa, sí tiene: llevan tres ediciones (6.500 ejemplares) de la voluminosa biografía (764 páginas) del escritor realizada por Agustí Pons y lanzada a mediados de enero. Vendidos, se acercan a los 5.000. Pues quizá sí que el círculo se ensanchará.

Articulo: http://cultura.elpais.com 18/05/2013

Jordi COROMINAS I JULIAN/“Prohibido entrar sin pantalones” de Juan BONILLA


Un retrato necesario: “Prohibido entrar sin pantalones”, de Juan Bonilla
Por Jordi COROMINAS I JULIAN 

En una época de crisis es normal que las mejores expresiones sean aquellas que desafíen el límite, prescindan del lamento estéril y se centren en la construcción de lo nuevo a partir de las enseñanzas de lo antiguo, superable porque ha agotado su recorrido, pero válido porque es imposible crear nada sin tener claras las referencias pretéritas.

Quizá por eso me proporcionó notable alegría saber que el novelista jerezano Juan Bonilla se había atrevido a presentar al público español la gigantesca, en el doble sentido del término, figura de Vladimir Maiakovski, un hombre que en una época relativamente parecida a la nuestra supo dar el salto de enterrar lo viejo y propulsar la vanguardia hasta que los vientos políticos y su propia incapacidad de transformación dilapidaron su destino. Un tiro en el corazón selló el final de sus días, gloriosos, salvajes y revolucionarios.

Presentar una biografía novelada de uno de los enfants terribles del futurismo ruso, del poeta nacional hasta que Stalin quebró la importancia de sus versos, excelente poeta y diseñador que sacudió los cimientos de su tiempo por carisma y arte poliédrico. El mérito más que notable de Juan Bonilla es haber elegido a un personaje que no goza de mucha devoción en editorial en España. Servidor leyó y reseñó en su momento América, editada en 2011 por Gallo Nero. Sin embargo, si alguien quisiera leer poesías y otras maravillas del georgiano debería consultar una edición argentina de los años cincuenta, por eso la novela que acaba de publicar Seix Barral constituye, ante todo, la reivindicación de una figura necesaria y desconocida porque nuestra cultura suele nutrirse de elementos fáciles, como resulta fácil perpetuar un discurso, editar sin riesgo o ceñirse a las convenciones.

Vladimir Maiakovski nace para la Historia en el instante justo, entre la euforia del principio del siglo XX y los desastres que llevaron al final del Imperio de los Zares y al surgimiento de la Unión Soviética. La velocidad se instauró en el panorama entre tecnologías milagrosas que iban desde el teléfono hasta el coche. Brotaron los manifiestos y entre ellos, aunque luego tuvo bronca con su fundador italiano, al joven del traje amarillo le fascinó el futurista, con toda su peligrosa retórica de quemar museos y exaltaciones de la modernidad a ultranza. Pese a ello, estas enseñanzas europeas podían y debían trasladarse al ámbito ruso, y así lo hicieron unos cuantos locos que, cansados de la rutina de la tradición, agitaron el cotarro con recitales, giras, bravuconadas y formas inéditas, bocanadas de aire fresco que no enlazaban con el porvenir.

Maiakovski simboliza ese período como nadie y Bonilla intenta reflejarlo con su prosa. La trama suscita atención desde la primera página y es normal, pues la singladura del poeta de La nube en los pantalones es el clásico relato de auge y caída que parte de un entusiasmo por la profesión, evoluciona hasta una cota de poder y se desvanece con una aceleración vertiginosa.

La primera fase recoge la magia de la pasión, las bofetadas al público y la ilusión de la ruptura, que nunca abandonó al héroe de Prohibido entrar sin pantalones. La segunda versa sobre su consolidación con el triunfo de Octubre, la colaboración con Trotski en una relación llena de claroscuros, y el apogeo del noviazgo entre arte y comunismo de Estado en plena crisis de guerra civil y esperanza por lo que vendría. La tercera etapa, con la muerte de Lenin y el ascenso de Stalin a la cúspide, es la de inadaptación y la utopía de escapar de su propio personaje, incapaz de leer, aunque hay metáforas de sobra que llenan el contenido de malos presagios, que el viento bueno ya acariciaba otros rostros con menos talentos y mucha más mediocridad.

Por supuesto destacan los vaivenes viajeros y la importancia inquebrantable de su ménage à trois conLilia y Ósip Brik, abnegado marido y devoto admirador de su rival en la lucha por el corazón de una mujer demasiado especial, propia de la vorágine en la que se vieron inmersos todos los prodigios de ese decenio dorado.

Prohibido entrar sin pantalones no es en absoluto una hagiografía de Maiakovski. Vemos sus luces y sombras, su inevitable vocación de transmisor lírico y su ego desatado capaz de delaciones, rabietas infantiles e incomprensiones múltiples, férreo defensor de sus propuestas, entusiasmado con una especie de conciencia de ser inmortal con el tormento de la existencia en primer plano, vivir la vida a latigazos por miedo a pararse a pensar, sucumbir por inercia, fenecer en el verso porque ha llegado la oscuridad y la luz ya no se enciende por mucho que se quiera resucitar.

La novela de Juan Bonilla es un reto mayúsculo, una de esas empresas que debemos agradecer con sonoros aplausos. El esfuerzo sin embargo adolece de cierta tensión narrativa y en ocasiones el lector puede sentir que la labor documental ha vencido a la trama, con un ritmo que decae y al que le cuesta recuperarse, como si la voluntad de encajar todas las piezas hubiera prevalecido perjudicando al conjunto que entendemos como artefacto literario, con el relato algo empequeñecido, si quieren, por el mismo Maiakovski, que en su inmensidad impide que la fluidez del todo sea natural.

Aún así insistimos en que la propuesta de Prohibido entrar sin pantalones, surrealista indicación que el bardo vio en Ciudad de México, es de una valentía considerable y que enlaza con su héroe por esa voluntad de introducir postulados anómalos en su territorio, perlas de rabiosa actualidad de alguien que entiende la crisis como un lapso donde se impone barrer el suelo y darle otro brillo que cancele toda la suciedad para producir diferencias que traspasen fronteras.

Jordi Corominas i Julián 

Prohibido entrar sin pantalones. Juan Bonilla
Seix Barral (Barcelona, 2013)

Articulo: http://www.revistadeletras.net 13/05/2013

Alice B. TOKLAS/ Torta de marihuana (la receta literaria)


Breviario
Torta de marihuana (la receta literaria)
Por Alice B. TOKLAS

Para cumplir con el encargo editorial de escribir un libro autobiográfico a manera de recetario, la entrañable pareja de Gertrude Stein comenzó a reunir toda clase de platos. Un capítulo está dedicado al sutilmente llamado "fudge de hachís", nada distinto a una torta de marihuana.

Alice Babette Toklas fue muchas cosas para la gran Gertrude Stein: amante, editora, musa, crítica, confidente y, entre otras cosas, una excelente cocinera.

En 1952, firmó un contrato con Harper & Brothers para escribir las memorias de su vida en clave de libro de cocina. Dicen las malas lenguas que con la fecha límite muy cercana, Toklas, de 70 años, decidió aceptar cuanto plato le ofrecieran sus amigos para añadir al libro. Esto la llevó a incluir, al parecer sin mucha meditación, una receta sugerida por el artista Brion Gysin, tan sencilla que “hasta el más inexperto podría hacerla en un día de lluvia”. Al notar el sospechoso ingrediente los editores en Harper & Brothers no incluyeron la receta en el libro; por lo cual esta fue publicada, por primera vez, en la edición británica. Ella le da el muy sofisticado nombre de “fudge de hachís”, una especie de “panelita” que seguramente está en el origen de nuestra muy criolla torta de marihuana.

A solas con el chef

De cocinero a cocinero debo confesar que este libro, con su mezcla de recetas y recuerdos, fue redactado durante los primeros tres meses de un pernicioso ataque de ictericia. En parte, supongo, fue escrito como un escape a la reducida dieta y a la monotonía de la enfermedad. Me atrevo a decir que también fue la nostalgia por los días de antaño, y los recuerdos de salud y alegría que les dieron un lustre especial a esos viejos menús y platos prohibidos en mi inválida mesa. Todo ello seguía flotando como sueños en mi inválida memoria.

A veces enfermarse libera la mente y la deja vagar. Aunque nací en Estados Unidos, he vivido tanto tiempo en Francia que siento los dos países como míos; conociendo y amando a ambos, me apliqué a pensar en las diferencias entre sus hábitos alimentarios y sus actitudes generales hacia la comida y la cocina. Empecé a considerar que cada nación tiene sus propias idiosincrasias culinarias condicionadas por el clima, el terreno y el temperamento. Pensé en guerras y conquistas, en cómo las tropas invasoras traen consigo sus hábitos y pueden, con el tiempo, modificar la comida o el comedor nacional.

Tales especulaciones me llevaron a sumergirme en mi inmensa colección de recetas y a recopilarlas en este libro de cocina. Lo escribí para los estadounidenses, pero sería agradable que aparte de sobrevivir al Atlántico, sus ideas logren cruzar el Canal de la Mancha y sean aceptadas en las cocinas británicas.

Fudge de hachís

Esta es la comida del paraíso –de Los paraísos artificiales de Baudelaire–: puede servirse como un refrigerio entretenido en un club de bridge de señoras o en una reunión de respetables amas de casa. En Marruecos se cree que sirve para alejar la gripa del húmedo clima invernal y es más eficaz si se consume con grandes cantidades de té de menta caliente. Euforia y brillantes destellos de risa; ensueños extáticos y la extensión de la personalidad sobre varios planos simultáneos han de ser plácidamente esperados. Usted podrá superar a la misma santa Teresa si logra soportar ser arrasado por un évanouissement reveillé.

Tome una cucharadita de pimienta negra, una nuez moscada entera, cuatro astillas de canela y una cucharadita de cilantro. Pulverice estos ingredientes en un mortero. Reúna un puñado de dátiles deshuesados, higos secos, almendras sin cáscara y maní: píquelos y mézclelos. Pulverice ahora un manojo de Cannabis sativa, espolvoréelo sobre las nueces y frutas, y amase la mezcla. Disuelva una cucharada de azúcar en un trozo grande de mantequilla. Moldee estos ingredientes en una torta y córtela, o forme pequeñas bolas del tamaño de una nuez moscada. Consúmase con cuidado. Con dos porciones basta.

Conseguir el cannabis puede presentar ciertas dificultades. Sin embargo, el tipo conocido como Cannabis sativa crece, a menudo desapercibido, en medio de la maleza europea y asiática, y en algunas partes de África; además se cultiva para manufacturar ropa. En América, pesa a que por lo general su consumo no es aprobado, otro pariente conocido como Cannabis indica puede encontrarse hasta en las jardineras de las ciudades. Se debería recoger y secar estando aún verde y apenas empiece a producir semillas.

Articulo: http://www.elmalpensante.com 03/2013

Antonio CABALLERO/ La ejemplar vida fracasada de Camilo TORRES


Artículo
La ejemplar vida fracasada de Camilo Torres
Por Antonio CABALLERO

En breve, Icono Editorial publicará una nueva edición de Camilo, El cura guerrillero, la extraordinaria biografía escrita por Joe Broderick sobre Camilo Torres. Los ideales y tropiezos del militante del ELN dan vida a un personaje complejo, y convierten el libro en una pieza difícilmente clasificable. “Novela, reconstrucción histórica y sociológica”, así la describe Antonio Caballero en esta reseña escrita en 1987, incluida en la reedición de la biografía.

Esta larga, densa, meticulosa, apasionada biografía de Camilo Torres Restrepo no es otra cosa que la historia de una frustración.

Veintiún años después de muerto su protagonista, lo que queda de su vida y de su obra es algo tan tenue, tan inasible, en apariencia tan poco propicio para una narración de 400 páginas (sin contar 20 más de enumeración de fuentes), como es el recuerdo de una posibilidad, la nostalgia de una promesa: más da una flor. Flota la sospecha de que tal vez todo lo que había para decir cabía en el subtítulo: “el cura guerrillero”. Pero aun ese acoplamiento de sustantivos, que suena tan excitante, tan promisorio, tan sustancioso como un “discurso de las armas y las letras”, deja un sabor de fiasco: días y noches de calor y mosquitos y monótonos ruidos de la selva, sin que pase absolutamente nada; luego unos tiros y unos muertos; y luego vuelve a no pasar nada otra vez, como en un escorzo irónico de lo que ha sido la historia de Colombia.

Porque hay que reconocerlo: el paso ruidoso y fugaz del cura, político y guerrillero Camilo Torres Restrepo por el escenario público colombiano no dejó ninguna huella: ni en lo eclesiástico, ni en lo político, ni en lo militar. La Iglesia, que en las manos oligárquicas del cardenal Concha Córdoba era tal vez la más reaccionaria de toda América Latina, la más impermeable a los vientos de renovación que empezaban a soplar incluso en Roma, la más feroz defensora del statu quo político, económico y social, siguió siendo la misma. Pasó incólume –sin que los desasosiegos del cristianismo obrero representados por el padre Torres la rompieran ni mancharan, como al cristal del catecismo– a las manos reaccionarias del brigadier-cardenal Muñoz Duque, y luego a las más reaccionarias todavía del cardenal politiquero López Trujillo. Se mantuvo indiferente a toda inquietud social, convencida de que su única función temporal consistía en la preservación del orden público, y ciega ante los excesos del sistema incluso cuando afectaban a sus propios ministros: los asesinatos del padre Gillard en Cali, del padre Ulcué en el Cauca, del padre López en Sucre, que no merecieron ni siquiera un reproche por parte de las jerarquías eclesiásticas. Y la desazón, si no doctrinal ni institucional al menos generacional, que provocó el ejemplo de Camilo Torres al tomar claramente partido del lado de los pobres quedó apenas en una polvareda de curitas rebeldes que colgaron los hábitos, no para hacer la revolución social, sino para casarse.

En lo que toca a la izquierda, el fracaso de Camilo Torres como líder político y agitador de masas fue igualmente rotundo. Su Frente Unido, ese engendro político llamado a revolucionar la revolución misma, y a transformar por fin y de una vez por toda la correlación de fuerzas entre el pueblo y la oligarquía, no pasó de ser un remedo lamentable de movimiento revolucionario tironeado por todos los oportunismos y agobiado por todas las improvisaciones, antes de evaporarse sin dejar rastro. Una frase del libro de Broderick le sirve de epitafio: “Para cuando Camilo hubo terminado su aprendizaje como guerrillero, su movimiento político estaba en ruinas”. Y pasados veintiún años desde su muerte, Camilo Torres ya no es para la izquierda colombiana ni siquiera un pretexto para tirar piedra en los aniversarios.

Pero quizás es en el movimiento guerrillero donde la acción y las ideas de Camilo Torres resultaron más espectacularmente inútiles. El Ejército de Liberación Nacional, esa guerrilla que él describía como “sin caudillismo” y “sin ánimo de combatir a los elementos revolucionarios de cualquier sector, movimiento o partido”, casi no esperó la muerte del cura guerrillero para irse por el despeñadero de la tiranía personal y el canibalismo revolucionario. Bajo la dictadura caprichosa e implacable de Fabio Vásquez Castaño, el eln ejecutó en pocos años a docenas de sus propios militantes, empezando por los más cercanos compañeros de Camilo: Jaime Arenas y Julio César Cortés. Diezmado en Anorí por el Ejército, y descabezado por el autoexilio de Fabio Vásquez (quien viajó a Cuba a someterse a tratamiento médico y se quedó allí adelantando estudios de derecho), el eln se dispersó luego en columnas semiautómatas que durante años llevaron en selvas inaccesibles una existencia de guerra marginal e interminable, salpicada de ejecuciones de “traidores” y de “sapos”: se calcula que en sus veintidós años de existencia, el eln ha matado dos veces más militantes propios o campesinos no colaboradores que policías o soldados. Y en los últimos años, literalmente, ha encontrado petróleo: ha logrado la prosperidad económica gracias a la extorsión de las petroleras multinacionales que han abierto pozos o construido oleoductos en sus zonas de influencia. (Parte de sus regalías petroleras la invierte en editar lujosos folletos para defenderse de las acusaciones de ser una guerrilla antiecológica por su necesidad de volar de cuando en cuando un tramo de oleoducto para mantener vigente su tarifa de impuesto a las multinacionales.)

Si en esta historia delirante y sangrienta se puede buscar algún rastro de influencia de Camilo, está precisamente allí donde él menos lo hubiera deseado: en el clericalismo del grupo guerrillero. Los jefes elenos no son ya intelectuales universitarios como Arenas, Cortés o Medina Morón, ejecutados todos; ni campesinos autocráticos como Vásquez Castaño, que los ejecutó a todos antes de irse a estudiar derecho en el exterior. Sino que son sacerdotes católicos: el padre Domingo Laín, el padre Manuel Pérez. Curas aragoneses de cruz y metralleta, feroces y fanáticos como los curas conquistadores del sigloxvi que vinieron, ellos también, a salvar a América por la fuerza.

Y esa inutilidad estruendosa y autodestructiva, esa frustración minuciosa y absoluta que fue la vida de Camilo Torres, no solo saltan a la vista con la perspectiva de los veintiún años transcurridos desde su muerte en combate; sino que eran ya notorias cuando las estaba viviendo. Inutilidad más escandalosa aún por cuanto cada cual queríadarle una utilización mezquina: el Partido Comunista y el eln tanto como esas “desesperadas damas de la alta sociedad” que, según cuenta Broderick, iban a buscarlo a su parroquia de la Veracruz “con propósitos que no eran exclusivamente espirituales”. Y frustración, por eso, desde un mismo origen: todos buscaban sacar de Camilo Torres algo distinto de lo que él tenía que dar. Pero lo que daba, en cambio, se perdía en el aire sin el menor efecto. Así ocurrió con su proclamación desde el monte, concebida para provocar un levantamiento generalizado y que solo produjo un encogimiento de hombros en los cafés de Bogotá: “Ahora sí lo van a matar”. Y así ocurrió con su propia muerte –en su primer combate, intentando ganar su primer arma de guerra–, que fue recibida con absoluta indiferencia: “completamente normal”, opinó Guillermo León Valencia, presidente de la República; “un traspié en la lucha”, informó Insurrección, el boletín del eln. Desde el mismo momento de su muerte era ya la vida de Camilo Torres como una ola en el mar.

¿Se justifican entonces las 400 páginas de Walter J. Broderick, su talento, su pasión, su laboriosidad investigativa, y la paciencia del lector, para contar la historia de un fracaso? La respuesta a esta pregunta retórica está en esas mismas 400 páginas, a lo largo de las cuales la paciencia del lector se va transformando en entusiasmo, en interés y en admiración. Entusiasmo por la novela, interés por la reconstrucción histórica y sociológica, y admiración, finalmente, por la grandeza trágica del personaje. Su grandeza de hombre: no menguada, sino al contrario acrecentada, por su fracaso como cura, como político y como guerrillero.

La novela es apasionante, con todo y su muerte anunciada desde la primera página. Recurso técnico que ha sido muy alabado en novelas posteriores a esta, pero que en Broderick no es virtuosismo literario sino necesidad práctica: como los espectadores de las tragedias griegas, el lector de este libro comienza sabiendo que al final al protagonista lo van a matar. Broderick hace de necesidad virtud (suelen ser las únicas virtudes auténticas) y comienza a contar su historia por el final: por el día en que mataron a Camilo Torres. Y todo el mundo, autor y lector, y vasto coro de comparsas y de personajes secundarios, con la casi solitaria excepción del soldado que dispara el fusil, sabe quién es el muerto: el mismo cura guerrillero del título. No hay engaño.

Pero no uso la palabra “novela” en el sentido de engaño, de invención, de ficción, de artificio. Como en las novelas buenas, en la de Camilo Torres todo lo que se cuenta es cierto: es la pura verdad, tanto histórica, como psicológica, como poética, apoyada no solo en pruebas documentales sino también en ese tono inimitable, infalsificable, que es el tono de la veracidad. Hablo de novela por dos razones.

Una es formal. Broderick escogió para contar su cuento las reglas de la novela. No las de la hagiografía, habituales en los libros políticos: la falsificación y manipulación del personaje para hacerlo servir a los intereses del autor. Broderick no oculta su admiración ni disimula sus simpatías o antipatías, y toma abiertamente partido; pero en ningún momento encubre ni falsea los elementos que no son favorables a su tesis. Tampoco escribe una biografía ortodoxa. Es decir, no pretende tener su personaje hecho y derecho (aunque lo tenga muerto) desde la primera página, y retroceder a continuación para explicar su vida a la luz de su muerte, su principio al ritmo de su final, fijándolo en una (de todos modos discutible) cristalización histórica: Tel qu’en Lui-même enfin l’éternité le change. Sino que, a la manera de los personajes de novela, lo va dejando hacerse: le deja suelta la rienda para que siga los meandros que le dibujan su capricho y su destino, a riesgo de que se le devuelva en línea recta a la pesebrera o de que, por el contrario, no pase nada en la historia. Va dejando que se anude en las páginas del libro, por el juego ciego del azar y del libre albedrío, de las circunstancias y de la voluntad, el destino de un hombre.

Es un libro que no está escrito desde el final, sino desde el principio; y es eso lo que le da ese sabor especial de lectura que tienen las novelas: de alimento fresco, y no precocinado, como las biografías. Como es de novela, también, el inextricable entrevero de destinos que conduce –que condujo– a ese final sabido desde el principio: otros personajes, otras vidas, otras libertades, participan en la trama de esta historia: la madre algo avasalladora y el coronel de brigada un poco cómico, la fanática, la entusiasta muchacha corsa y el prudente cura peruano, el clima frío de Bogotá y la prosa árida del padre Yves Congar. Todo lo que formó, deformó, transformó a Camilo Torres: el carácter y la familia, la vocación religiosa, la rebelión ante la injusticia, la tentación mesiánica, el lirismo y la monotonía de la revolución. Y todo está mirado muy de cerca. Para Broderick, que también fue cura revolucionario, y cuya propia autobiografía daría para otra novela, escribir la de Camilo debió ser casi lo mismo: Madame Bovary c’est moi.

La segunda razón por la cual hablo de novela es de contenido. Esa vida que el libro cuenta es una novela cuyo argumento, en su sencillez clásica, la coloca en la categoría de las mejores del género. La historia de un niño de buena familia, de madre muy bella y padre superado por los acontecimientos, que huye de su casa para meterse de cura y acaba con el pecho partido de un balazo, en la guerrilla revolucionaria de una de las más remotas provincias del imperio americano. Cuando de lo que está metido en verdad, sin saberlo (o a lo mejor sabiéndolo: esas cosas siempre se sospechan), es de mesías. “Sus palabras tenían una resonancia bíblica”, dice Broderick. “Los cojos, los tullidos y los ciegos se sentían convocados por Camilo al reino de Dios”. Un mesías tan fuera de contexto como podía serlo el caballero andante don Quijote en los peladeros de La Mancha, sin princesas ni dragones: mesías de pipa y sotana en la Universidad Nacional y en la Escuela Superior de Administración Pública, bautizando retoños de oligarcas y confesando beatas en la parroquia de la Veracruz, disputando con cardenales de provincia (Anás, Caifás), enredado en las mezquinas politiquerías de una izquierda casi analfabeta, hundido hasta las orejas en toda la comicidad involuntaria de lo real, que no deja otro escape que la tragedia. Su muerte en la selva, donde reconocieron su cadáver entre los cadáveres de los guerrilleros porque era un cadáver distinto: blanco, delicado, de niño bien, de cura.

Decía que otro interés que presenta esta biografía es el sociológico. El retrato –magistral, aunque en buena parte haya sido hecho solamente de oídas– de la sociedad en que nació, se agitó y murió Camilo Torres. Sus marginados, sus cardenales, sus presidentes, sus estudiantes revolucionarios, sus señoras elegantes, sus campesinos, sus militares. La sociedad colombiana que produjo a Camilo sigue retratada en esta biografía de Camilo porque sigue siendo exactamente igual: solo falta Camilo. Todo lo demás sigue ahí, tan igual a sí mismo que hasta los diagnósticos sociológicos del propio Camilo siguen siendo válidos dos decenios después de su muerte. Aun su tesis de grado (“Una aproximación estadística a la realidad socioeconómica de Bogotá”), pese a que fue hecha con herramientas teóricas endebles y datos estadísticos aproximativos, sigue siendo certera, e inclusive acaba de ser reeditada. Como siguen vivos (y son con frecuencia reeditados) los personajes de la política o de la guerrilla que acompañaron a Camilo: a lo sumo han ascendido de grado militar, civil o eclesiástico. Por esta sociedad han pasado, al parecer sin dejar huella, veinte años, y dos papas, y millares de muertos.

Hay, finalmente, un tercer elemento apasionante en esta novela de Broderick que la arranca al nivel de la ficción (sin consecuencias) o de la descripción antropológica (sin enseñanzas): y es lo ejemplar de esa vida; que explica, para empezar, por qué Broderick escribió una biografía, y no una novela ni un ensayo académico. El valor ejemplar de la vida de Camilo Torres es indiferente a sus logros o fracasos políticos, y lo eleva por encima de ellos al ámbito de la grandeza humana. Por eso no es la suya una vida fracasada; sino una vida hecha con lo mejor que puede haber en un hombre: de voluntad, de amor y de fidelidad a sí mismo. Por eso sus breves y malogrados 37 años son histórica y humanamente más importantes que muchas largas vidas triunfales. No dejó una obra, ya se dijo, y su huella es impalpable: como dibujada en el mar o en el viento, para citar a ese otro gran fracasado que fue Simón Bolívar. Las enciclopedias del futuro tal vez tengan que contentarse con una mención escueta detrás de su nombre: Torres, Camilo: cura guerrillero. Pero al hablar de otros que vivieron su tiempo, tendrán que identificarlos diciendo, por ejemplo: Vásquez Castaño, Fabio: guerrillero y abogado colombiano que fue comandante de la guerrilla de Camilo Torres. Valencia Tovar,Álvaro: general y articulista colombiano que comandó la brigada en cuya zona se dio muerte a Camilo Torres. Sexto, Pablo: papa romano que visitó Colombia recién muerto Camilo Torres. Caballero, Antonio:autor del epílogo a la biografía de Walter J. Broderick sobre Camilo Torres. 

Articulo: http://www.elmalpensante.com 03/2013

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