dimanche 30 octobre 2011

Alberto BENEGAS LYNCH/ J.F. Revel: un ejemplo de coraje



J.F. Revel: un ejemplo de coraje
Por Alberto Benegas Lynch

Los múltiples escritos de Revel son suficientes para probar el calado de este intelectual sobresaliente, pero al conocerlo de cerca surge aun con más nitidez su propósito de señalar el camino de la sociedad abierta sin desmayo y sin claudicaciones ni componendas de ninguna naturaleza, en soledad y sin considerar los costos de su conducta.

El viejo truco de los dictadores disfrazados de demócratas siempre ha consistido en practicar […] reelecciones perpetuas a la presidencia” escribe Jean-François Revel en sus memorias (Diario de fin de siglo, Barcelona, Ediciones B, 2002). Estas y otras preocupaciones desvelaban a Revel respecto a los extravíos de la democracia que ya había subrayado en How Democracies Perish (New York, Doubleday & Co, 1983), pero consignó sus alarmas sobre la degradación creciente de esa forma de gobierno al límite de consignar en el prólogo que escribió a mi libro Las oligarquías reinantes (Buenos Aires, Atlántida, 1999) que “Lo más inquietante es que esta colosal impostura tiene lugar tanto en países que se denominan democráticos, es decir, donde el poder surge de elecciones libres como en regímenes autoritarios, africanos y asiáticos ¿La democracia no será más que el nombre pomposo de algo que no existe? No seamos tan pesimistas. Más bien es a la insuficiencia de la democracia lo que debemos incriminar” y destacó sus sobresaltos en un libro con un título optimista: El renacimiento democrático (Madrid, Plaza & Janes, 1992) al puntualizar el problema que lo perturbaba en el capítulo sugestivamente titulado “La putrefacción por la cabeza o la cleptocracia”. 

La democracia es entendida como una forma de gobierno en la que se elige por mayoría de sufragios pero su parte sustantiva consiste en el respeto a los derechos de las minorías. Tal es la interpretación de autores como Benjamin Constant o Giovanni Sartori. También es entendida como un simple procedimiento sin abrir juicios de valor sobre las metas o resultados. Esta es la interpretación de autores como Rosseau o Hans Kelsen. Pero si se trata de no abrir juicios de valor ¿por qué no sugerir la dictadura en lugar de la democracia? Si hubiera oposición a proclamar un dictador quiere decir que hay en la trastienda un juicio de valor, en este caso, para proteger derechos, lo cual nos retrotrae a la primera acepción. La preocupación de Revel -que compartimos ampliamente- estriba en el desbarranque de esta interpretación original y fundadora, la cual está expuesta de modo muy ajustado por James Bovard en su Freedom in Chains: “Sostener que el derecho de la mayoría es ilimitado significa que no existen los derechos de los individuos. Sin embargo, si el individuo carece de derechos ¿en que consiste el derecho de la mayoría? Si el individuo equivale a cero ¿cómo puede la multiplicación de ceros ser mayor a cero?”. 

Nuestro personaje nació en 1924 con el nombre de Jean-François Ricard que permutó por el de Revel y murió en 2006 después de una vida intensa en proyectos y jugosas aventuras intelectuales. Fue un socialista activo hasta que algunos de los escritos de Raymond Aron lo transformaron al liberalismo, tradición de pensamiento que abrazó durante la más prolífica parte de su vida en la que demostró un extraordinario coraje moral para contradecir y contrarrestar a todos los totalitarismos y una sobresaliente honestidad intelectual en sus debates y exposiciones.  

Estudió filosofía en la École Normale Supérieure y enseñó esa disciplina en Argelia, Italia y México país este último donde aprendió el castellano al que recurría frecuentemente con gran soltura. Fue colaborador y director de varios de los periódicos más prestigiosos de Francia. Lo invité a pronunciar conferencias a Buenos Aires y participé con el en varios seminarios en España donde pude constatar su cortesía, su rasgo descollante de buen conversador y su peculiar y muy atractivo sentido del humor. 

Es enormemente variado el repertorio de Revel (incluso ha escrito sobre aspectos muy sofisticados de la gastronomía…por otra parte, de primera mano me consta su reiterada y pantagruélica ingesta de jamón crudo y jerez). En Sobre Proust(México, Fondo de Cultura Económica, 1988) apunta que “Una de las ideas que formulo en este libro es que Proust siempre parte de algo que ha vivido y experimentado, que no construye ficciones”. Esto es de gran interés, paradójicamente en el ámbito de la ficción: hay novelistas que parten de la pura creación y otros que necesitan escalar desde hechos por ellos conocidos, de lo contrario quedan atrapados en el “síndrome de la página en blanco”. No puede decirse cual de los dos caminos produce mejores resultados pero aparece como más admirable el sacar las cosas de la nada como una gesta parturienta que genera más estupefacción. También en este libro Revel enfatiza la distinción de Proust entre el “yo creador”, el “yo profundo de cada persona” que es “diferente del yo de la vida cotidiana, ajeno a las conversaciones ordinarias sin relación a la personalidad que mostramos habitualmente a los demás”, es decir, bien distinto al “yo superficial de la vida”. 

En su célebre La tentación totalitaria (Buenos Aires, Emecé Editores, 1976) afirma que en los corredores de las izquierdas “se sostiene que las sociedades liberales son malas por naturaleza […] una sociedad comunista, aunque esté reducida a un inmenso campo de concentración poblado por individuos que luchan penosamente para sobrevivir, es una sociedad progresista. La sociedad capitalista liberal, al margen de cualquier evaluación de la vida que se lleva en ella, es una sociedad que merece la destrucción”. 

En El conocimiento inútil (Barcelona, Planeta, 1988) consigna que “La reivindicación de la `identidad cultural` sirve, por otra parte, a las minorías dirigentes del Tercer Mundo para justificar la censura de la información y el ejercicio de la dictadura. Con el pretexto de proteger la pureza cultural de su pueblo, esos dirigentes lo mantienen tanto como les es posible en la ignorancia de lo que sucede en el mundo y de lo que piensan de ellos”. 

En El monje y el filósofo (Barcelona, Ediciones Urano, 1998) que consiste en un diálogo con su hijo, Matthieu Ricard, ex biólogo nuclear y ahora monje budista, Revel concluye que “La idea directriz del Siglo de las Luces y, más tarde, del socialismo `científico` de Marx y Lenin es, en efecto, que la alianza de la felicidad y de la justicia ya no pasaría en el futuro por una indagación individual de la sabiduría, sino por una reconstrucción de la sociedad en su conjunto […] La salvación personal se encuentra desde entonces subordinada a la salvación colectiva […] esta ilusión, es la madre de los grandes totalitarismos del siglo xx”. 

En La obsesión antiamericana (Barcelona, Ediciones Urano, 2003) Jean-François Revel pone de manifiesto el complejo de inferioridad y la envidia de los antinorteamericanos clásicos: los que sostienen que en Estados Unidos todo se resuelve con la billetera, dándole deliberadamente la espalda a que es el país que, en proporción a sus habitantes, genera las obras filantrópicas más portentosas del planeta, el mayor número de visitas a museos, la mayor cantidad de orquestas sinfónicas, la mayor producción de libros científicos, las universidades más espectaculares, la justicia más independiente del orbe y el espíritu religioso más acendrado. Es como dice Carlos Rangel, a quien cita nuestro autor en este libro de la siguiente manera: “Para los latinoamericanos constituye un escándalo insoportable que un puñado de anglosajones, llegados al hemisferio mucho después que los españoles y en un clima tan crudo, que poco faltó para que ninguno de ellos sobreviviese a los primeros inviernos, hayan llegado a ser la primera potencia del mundo”. Por supuesto - agregamos nosotros- hoy aparecen justificadas críticas a gobiernos estadounidenses por razones bien distintas: debido a que esos gobernantes lamentablemente adoptaron muchas de las medidas estatistas que los antinorteamericanos clásicos incorporaron con entusiasmo en sus propias tierras desde tiempo inmemorial.  

Dado el espacio limitado de que naturalmente se dispone en una columna periodística, refrescaré más o menos telegráficamente, con citas contundentes del autor, un tema que sobrevuela casi todos los escritos de Revel: la similitud entre el fascismo y el nacionalsocialismo con el comunismo y las diversas variantes de socialismo. Este punto crucial está principal aunque no exclusivamente expuesto en La gran mascarada (Buenos Aires, Taurus, 2000). 

Allí refleja los siguientes pensamientos: “Lo que marca el fracaso del comunismo no es la caída del Muro de Berlín, en 1989, sino su construcción en 1961. Era la prueba que `el socialismo real` había alcanzado un punto de descomposición tal que se veía obligado a encerrar a los que querían salir para impedirles huir”. “Si, por ejemplo, un liberal le dice a un socialista que en la práctica, el mercado parece un medio menos malo para lograr la asignación de los recursos que el reparto autoritario y planificado, el socialista responderá inmediatamente que el mercado no resuelve todos los problemas. ¡Claro! ¿Quién ha dicho semejante sandez? Pero como el socialismo fue concebido con la ilusión de resolver todos los problemas, sus partidarios presentan a sus oponentes la misma pretensión. Ahora bien, felizmente no todo el mundo es megalómano. El liberalismo jamás ha ambicionado construir una sociedad perfecta […] Se juzga al comunismo por lo que se suponía que iba a proporcionar y al capitalismo por lo que efectivamente proporciona […] el comunismo siempre fue, siempre es, intrínsecamente criminógeno y, por ello, no se distingue del nazismo”. 

Enfatiza que el socialismo “promete la abundancia y engendra la miseria, promete libertad e impone la servidumbre, promete la igualdad y desemboca en la menos igualitaria de las sociedades, con la nomenklatura, clase privilegiada hasta un nivel desconocido incluso en las sociedades feudales. Promete el respeto a la vida humana y procede a ejecuciones en masa; el acceso de todos a la cultura y engendra un embrutecimiento generalizado; el `hombre nuevo` y fosiliza al hombre […] No existen verdugos `buenos` y `malos`. ¿Es menos grave ser asesinado por Pol Pot que ser asesinado por Hitler? No tiene sentido establecer una distinción entre víctimas de los totalitarismos negro o rojo […] Si el nazismo y el comunismo han cometido genocidios comparables por su amplitud, por no decir por sus pretextos ideológicos, no es en absoluto debido a una determinada convergencia contra natura o coincidencia fortuita debidas a comportamientos aberrantes sino, por el contrario, por principios idénticos, profundamente arraigados en sus respectivas convicciones y en su funcionamiento”. 

Y continúa explicando que “En su État Omnipotent, Ludwig von Mises, uno de los grandes economistas vieneses a los que el nazismo obligó a emigrar, compara las diez medidas de emergencia preconizadas por Marx en el Manifiesto Comunista(1848) con el programa económico de Hitler. `Ocho de los diez puntos` señala irónicamente von Mises `fueron ejecutados por los nazis con un radicalismo que hubiera encantado a Marx`. En 1944 Friedrich Hayek consagra también en su Camino de servidumbre un capítulo a `las raíces socialistas del nazismo` […] No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no solo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales […] En el terreno de las ideas hay un núcleo central común al fascismo, al nazismo y al comunismo: el odio al liberalismo”. En definitiva, concluye Revel que todas las variantes de socialismo desde el nacionalsocialismo al comunismo son “crematorios de la libertad”. 

En una oportunidad, caminando juntos por las callecitas de Murcia, este distinguido señor me dijo con vehemencia que sentía que todo lo que hacía era empujado por una vocación irresistible. Esto me recuerda lo escrito por Octavio Paz en La Nación de Buenos Aires: “La vocación comienza con un llamado. Es un despertar de las facultades y disposiciones que dormían adentro de nosotros y que convocadas por una voz que viene de no sabemos donde, despiertan y nos revelan una parte de nuestra intimidad. Al descubrir nuestra vocación nos descubrimos a nosotros mismos”.  

Los múltiples escritos de Revel son suficientes para probar el calado de este intelectual sobresaliente, pero al conocerlo de cerca surge aun con más nitidez su propósito de señalar el camino de la sociedad abierta sin desmayo y sin claudicaciones ni componendas de ninguna naturaleza, en soledad y sin considerar los costos de su conducta. Su coraje moral y su honestidad intelectual son las dos virtudes que se encuentran tras la riquísima información y cultura que ha desplegado quien continuará entre nosotros a través de sus numerosos trabajos, todos expuestos con una pluma envidiable, un esqueleto conceptual de notable solvencia y una apertura mental digna de un liberal excelso. 

Articulo :  http://www.diariodeamerica.com 25/10/2011

Luis OSPINA/ Mis encuentros con Raúl RUIZ

Artículos
Cenas y escenas
Mis encuentros con Raúl Ruiz
Por Luis OSPINA

Además de un gran director de cine, el chileno Raúl Ruiz (1941-2011) también fue un gran cultor de los placeres del cuerpo. Poco después de su muerte, otro cineasta lo recuerda como genio y auténtico sibarita.

La primera vez que vi el nombre de Raúl Ruiz fue en 1971 en la revista peruana Hablemos de Cine. Se hablaba ahí de Tres tristes tigres(1968), que de inmediato nos llamó la atención a Andrés Caicedo y a mí por las connotaciones cabrerainfantescas de su título. Había además una fascinante entrevista con Raúl, realizada por Federico de Cárdenas, que incrementó nuestro interés por ver esa película mítica. Ningún director latinoamericano se expresaba como él.

No obstante, pasaron varios años antes de que pudiera realizar mi deseo. La primera película de Raúl que vi fue La vocación suspendida(1978), recién llegué a París ese mismo año. Su nombre se había quedado en mi memoria y ése fue el pórtico para comenzar a recorrer su filmografía infinita, que en el momento de su muerte, el 19 de agosto de este año, sobrepasaba las doscientas obras, entre largometrajes, mediometrajes, cortometrajes, series de televisión e instalaciones. Luego vi Diálogos de exiliados (1975), inversión libre del texto del mismo nombre de Bertolt Brecht, que Raúl filmó a los pocos meses del golpe de Pinochet y de su arribo a París. La película, mezcla de ficción y documental, venía precedida por la polémica que causó su prematura y profética visión, no exenta de fina ironía, de lo que iba a volverse el exilio para muchos latinoamericanos. Todos los cineastas Patria o Muerte le cayeron encima a Raúl por burlarse de los exiliados políticos en París, pocos meses después del golpe de Pinochet.

En el marco del Festival de Cine de París pude ver La hipótesis del cuadro robado (1979), en la cual Raúl continúa la exploración que comenzó en La vocación suspendida del universo klossowskiano. En sus escasos 65 minutos nos plantea un enigma que puede o no tener solución según el rol que asuma el espectador. Los cuadros del pintor imaginario Tonnerre son recreados en preciosos tableaux vivants por el cineasta y su director de fotografía Sacha Vierny. A la salida del filme, en compañía de Hernando Guerrero, descubrimos a Raúl sentado en el bar del festival, tomándose una copa de vino rojo. Al ver esa oportunidad de conocerlo vencí mi timidez y lo abordé con la disculpa de que Pepe Sánchez me había dicho que fue uno de sus grandes amigos cuando vivió exiliado en Chile y trabajó como asistente de Miguel Littín en El chacal de Nahueltoro (1970). Pepe me había contado que casi se alcoholiza por las cantidades ingentes de vino que tomó con Raúl. Desde entonces siempre asocio a Raúl con el vino rojo. Le dije que yo era un cineasta colombiano que acababa de filmar una película en Colombia y que la estaba editando en París. Me preguntó de qué trataba y yo le dije que era sobre la “pornomiseria”. Demostró interés por el tema y nos sonrió pícaramente con sus ojos negros y sus cachetes rojos. Antes de despedirnos le dije que por favor me diera su dirección y el teléfono para mandarle una invitación a la premier deAgarrando pueblo cuando estuviera terminada. Nos dio sus señas en la Rue Marsoulan y nos retiramos muy contentos de haber conocido un director de cine consagrado.

A los pocos meses fue el estreno de Agarrando pueblo en el cine République, administrado por Paulo Branco, quien años después se convertiría en productor de Raúl. Averigüé quiénes eran los directores latinoamericanos que residían en París y los invité a todos. El único que apareció ese día fue Raúl. Debo admitir que me sentí un poco intimidado por su presencia pues yo era un novel director desconocido que presentaba un cortometraje hecho con escasos medios y él era ahora Raoul Ruiz, un director que comenzaba a ser reconocido en Francia y había probado que podía ser más francés que los franceses. Pero también me sentí muy agradecido de que él se tomara la molestia de ver mi película un sábado en la mañana. Al final de la proyección Raúl volvió a sonreírme con cara de complicidad y me felicitó con la discreción característica de los chilenos.

En una de mis ausencias del apartamento que compartía con Guerrero en la Rue des Vinaigriers, Hernando invitó a Raúl a almorzar para hacerle una entrevista junto con el cinéfilo mayor José Ignacio Ruiz Fuentes para la revista Cinemateca. Innúmeras botellas de vino rojo fueron consumidas. Raúl habló de lo divino y lo humano con sabiduría y erudición. 

Otra cosa que siempre he asociado con Raúl es la comida. Y fue por la comida que se produjo nuestro siguiente encuentro gracias al azar maravilloso. Lo encontré sentado solo en un restaurante japonés, como de una película de Ozu. Al verme me invitó a su mesa y tomó muy en serio su oficio de anfitrión. Pidió sake e infinidad de platos exquisitos. Se notaba que era un habitué del restaurante y fuimos atendidos por el personal con muchas venias y sonrisas. Con Raúl se podía hablar de todo. Era un encantador de serpientes. Ningún tema por bajo o por alto le era ajeno. Su conversación era laberíntica llena de lo que ahora se llaman links e hipervínculos, digresiones geniales y acotaciones eruditas. Quizá porque estábamos en un restaurante japonés hablamos de Mizoguchi, director por el que me había interesado mucho desde que vi un gran ciclo de sus películas en París. Y de ahí Raúl, como un prestidigitador, saltó a otros temas, por ejemplo las características de los chilenos, las costumbres de los dogones, las historias de marineros, los tratados sobre las sombras chinas, los autos sacramentales, los evangelios apócrifos y los teólogos esotéricos. A propósito de esto último, Raúl me contó que en la transcripción de la entrevista que le hicieron Guerrero y Ruiz Fuentes había algo que le causó mucha gracia. En un momento de la entrevista él se refirió al teólogo Escoto Erígena pero cuando Guerrero transcribió la ruidosa y animada grabación no oyó bien y le cambió el nombre al renacentista carolingio por el de “Coto Berenjena”. A Raúl no le importó esta tergiversación y se le hizo desopilante el error. La sobremesa, acompañada con sake caliente y buena conversación, nos tomó el resto de la tarde. Salimos del restaurante y nos despedimos sin saber cuándo sería el próximo encuentro.

En 1987, casi diez años después, estando yo de visita en París, me invitó Barbet Schroeder a almorzar en casa de Raúl. Pasó a recogerme a mí y a la artista Susana Carrié en su Volkswagen blanco descapotable, acompañado de su esposa, la gran actriz Bulle Ogier. Nos bajamos del carro y descargamos muchas botellas del mejor vino para subirlas donde Raúl, quien nos recibió junto con su esposa, la montajista y directora Valeria Sarmiento. El preámbulo al almuerzo fue largo y los entremeses muy variados, así como la música que el propio Raúl ponía en el tornamesa, que iba desde lo más sublime a lo más banal, desde música clásica persa al niño cantor Joselito, pasando por Olga Guillot y Sarita Montiel. Raúl, oficiando de chef, preparaba con parsimonia un exquisito gigot. Todo esto adobado con la enciclopédica conversación de Raúl. “¡Qué luz, qué trato, qué conversación!”, como diría la mamá de Mayolo. Cuando estuvo listo el cordero comimos y bebimos como unos heliogábalos. Luego Raúl nos sirvió un licor de pera muy especial que dio paso a enormes copas de coñac y a finos cigarros, seguidos después por más vino. Susana Carrié padecía una fiebre de más de 40 grados y su malestar era tan evidente que Raúl le ofreció su cama para que se recostara. Cuando la fui a despertar, dos horas después, ella deliberaba en voz alta y repetía estas palabras crípticas: “Parábolas baladíes...…parábolas baladíes”. Al volver en sí me contó que había tenido los sueños más locos y hermosos de su vida; se los atribuyó a haber puesto su cabeza sobre la almohada de Raúl; fue como si ésta proyectara dentro de su subconsciente diálogos y escenas de las películas del director surrealista.

Seguimos bebiendo y comiendo como si fuera a pasar de moda. Nunca el vino tinto me supo tan rico. No solo tomamos trago sino también fotos, algunas de las cuales todavía conservo. Nos pusimos sombreros de paja y payaseamos ante el lente. Cuando estaba cayendo la tarde, Raúl salió al balcón de su apartamento de Belleville a mostrarnos la vista. Volvimos a la mesa y seguimos con los quesos, los postres y los licores digestivos. La sobremesa se prolongó hasta casi las diez de la noche, cuando Raúl de pronto exclamó: “¡Vamos a comer a un restaurante chino!”. Salimos a la noche parisina y fuimos a un restaurante con espejos en el techo que multiplicaban todos los deliciosos platos que Raúl escogió para nosotros. Volvimos a comer y a beber. Al final de la velada hice cuentas: ¡duramos comiendo once horas! El tiempo recuperado.

Nuestro siguiente encuentro se dio por persona interpuesta. Ramón Suárez, director de fotografía cubano de Memorias del subdesarrollo(1968) y quien había colaborado conmigo en Pura sangre (1982), trabajó con Raúl en El ojo que miente (1992). Tanto el franco-chileno como el franco-cubano me expresaron el goce que fue haber trabajado juntos. Lo mismo digo yo. ¿Qué me iba a haber imaginado que algún día nuestros rumbos se iban a cruzar? O el mundo es muy pequeño o el cine muy grande. 

Pasaron los años y las películas de Raúl se sucedieron una a una vertiginosamente. Por fortuna llegó a Cali un ciclo dedicado a él que disfruté mucho en compañía de mis amigos del Grupo de Cali. Pudimos ver una copia impecable de Las tres coronas del marinero(1983), que nos sorprendió enormemente no solo por su extraordinaria narración sino también porque una escena sucede en un burdel de Buenaventura, una Buenaventura irreal recreada por Raúl en un puerto de Portugal. Al ver varias películas de Raúl sucesivamente, la una se fue fundiendo con la otra, como si se tratara de una sola película infinita, como si el celuloide se hubiera convertido en una cinta Möbius que forma un palíndromo cinematográfico. Eso me ha pasado con el cine de Raúl desde entonces. Todas sus películas son una sola.

Nuestro siguiente encuentro se dio seis años después en Bogotá, cuando la Embajada de Francia y Álvaro Restrepo, director de la asab (Academia Superior de Artes de Bogotá), trajeron a Raúl para dar un taller en la escuela. En esa oportunidad Raúl, quizá porque ya me conocía, me escogió para ser su asistente en el taller, además de acompañarlo a almorzar y a cenar. Esta serie de conferencias en torno al cine, que comenzó con su famosa teoría del conflicto central, luego la convertiría en el libro La poética del cine. Al final de la tarde él solía tomar pisco sours en el bar El Chibcha del hotel Tequendama. Algunas veces yo lo encontraba ahí escribiendo versos alejandrinos por el gusto de hacerlo. Cuando se aproximaba el fin de semana la Embajada le propuso a Raúl llevarlo a hacer turismo, cosa que no le entusiasmaba mucho, como me lo confesó. Ante esto a mí se me ocurrió proponerle que prolongara el taller dos días para enseñarnos a rodar rápido y barato. Él me dijo que si yo me conseguía las luces y las cámaras podíamos codirigir un corto con los alumnos del taller, grabado por dos unidades en una sola locación, en el bello y afrancesado edificio de la ASAB. Al final de la charla del viernes Raúl invitó a todos los alumnos a participar en el filme colectivo. Como primera tarea le pidió a cada uno de los alumnos que trajera un objeto cualquiera para el día siguiente. Con esos objetos y un par de escenas que Raúl trajo esbozadas en un papel se empezó la película. Varios alumnos se incorporaron al guion, que se iría construyendo como un cadáver exquisito, para ser grabado por Raúl y por mí separadamente. Ni él sabría lo que yo estaba grabando ni yo sabría lo que él estaba grabando. Raúl me retó a que apostáramos carreras a ver quién rodaba más rápido. Yo acepté ese reto a sabiendas de que Raúl, maestro de la velocidad y la recursividad, sería el vencedor desde un principio. Comenzamos a grabar y a la cámara de Raúl comenzó a fallarle el color. Sin inmutarse, tomó la sabia decisión de continuar grabando en blanco y negro. Me sorprendió su serenidad para tomar decisiones y poner en escena, paseándose como un oso por el set mientras Rodrigo Lalinde cuadraba las luces. Capítulo 66 corresponde a un episodio, de ahí el título, de una especie de telenovela gótica que no sabemos cómo comenzó ni cómo terminará. Sucede en una escuela en la cual se van creando dos bandos antagónicos, zombis y amnésicos, a causa de los experimentos conductistas de algunos de los profesores. Después de que terminamos el rodaje Raúl y yo nos fuimos a cenar al Refugio Alpino. Como siempre comimos abundantemente y bebimos mucho vino tinto. Raúl cambiaba de marca de vino cada vez que terminábamos una botella. Como él se iba al día siguiente hablamos sobre la estructura que debía tener la película y, en una servilleta, ordenó rápidamente las escenas que yo después montaría por mi cuenta. Para todos los que asistimos al taller, la experiencia de haber trabajado bajo las órdenes de este gran maestro fue maravillosa y enriquecedora.

En 1998 Barbet Schroeder y sus asociados de Hollywood le produjeron a Raúl el thriller Shattered Image, filme no muy afortunado a causa de los choques que el chileno tuvo con el sistema norteamericano de producción, como me lo confesó: “Al fin conocí gente peor que Pinochet”. 

Dos años después, en una cena pantagruélica con su asistente Victoria Clay-Mendoza, en el majestuoso restaurante chino Le Président en Belleville, Raúl hizo lo acostumbrado siempre que nos veíamos y escogió de nuevo el menú. Pidió numerosos platos preparados con animales de tierra, mar y aire, maridados, desde luego, con excelente vino tinto. A medida que avanzaba la noche el rostro de Raúl se volvía cada vez más rojo y su ingenio cada vez más agudo. Nadie ha sabido reírse más de los propios chilenos que Raúl Ruiz. Gozaba caracterizando a sus compatriotas. Decía que los chilenos eran tan tímidos que siempre que hablan con uno bajan la mirada como si uno tuviera subtítulos en el pecho. Agregaba que hombre que se porta mal en este mundo reencarna en chileno en el otro. Y por último decía que los chilenos y los portugueses debían unirse y conformar un solo idioma pues los unos no pronuncian las vocales y los otros no pronuncian las consonantes. 

Volví a coincidir con Raúl en el Festival de Venecia 2000 cuando acompañé a Barbet Schroeder y a Fernando Vallejo en la premier deLa Virgen de los Sicarios. Raúl a su vez estrenaba La comedia de la inocencia. En compañía de Barbet y Sandro Romero asistí a la conferencia de prensa del filme. Al finalizar solo pude saludarlo brevemente y no lo volví a ver en Venecia.

Nuestro último encuentro fue en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) 2010, cuando el festival hizo el “Reencuentro de dos potencias: Raúl Ruiz y Edgardo Cozarinsky”. Ese día me los encontré en el hotel Abasto reunidos conspirando para planear el evento de esa noche. Estos diálogos de eruditos, moderados por el director del Bafici, Sergio Wolf, en una sala llena hasta las banderas, fueron geniales. Edgardo hizo de straight man de Raúl. Máscara contra pelo: dos mentes brillantes y sofisticadas jugaron un ping-pong intelectual memorable. Al día siguiente encontré de nuevo a Raúl departiendo en el hotel Abasto en compañía de su amigo y director de fotografía Ricardo Aronovich y otras personas que yo no conocía. Me senté con ellos y, como cosa rara, no tomamos vino tinto sino cerveza, quizá debido al problema hepático de Raúl. Lo vi más flaco pero tan brillante como siempre. Cuando se despidió de mí por última vez me dijo que iba para una librería porque quería comprar los libros de Andrés Caicedo. Como en una de las películas de Raúl Ruiz, el principio se encontró con el FIN.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Septiembre 2011

Jesús RUÍZ MANTILLA/Entrevista a José Antonio ABREU



ENTREVISTA: JOSÉ ANTONIO ABREU
"La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura"
Por Jesús RUÍZ MANTILLA

Escapar de lo marginal gracias a la música. Es su fórmula magistral. Así ha logrado poblar Venezuela de orquestas y formar a 400.000 niños y jóvenes. Ahora Europa, América y Asia miran a este hombre para copiar su 'milagro'.

Quién es José Antonio Abreu? ¿Qué ha conquistado? ¿Qué misteriosa fuerza habita su cuerpo enjuto capaz de derribar todos los muros de la marginación camino del arte? Uno observa a este milagro de hombre tenaz caminar y no acaba de entender de dónde brota su férrea voluntad para cambiar el mundo. Pero el caso es que lo ha logrado. En su ámbito. Lo va conquistando sin descanso, a su medida, ocupando cada onda de los círculos concéntricos expandidos a lo largo de su vida para demostrar que la música salva vidas.

Este economista apasionado de las matemáticas que se decidió por perseguir la utopía de la dirección musical, quizá embrujado por las notas de la Quinta sinfonía de Chaikovski, su favorita, tuvo un día un sueño. Fue a la manera de Martin Luther King: "Llenar Venezuela de orquestas". Eso, dicho hace 36 años movía a la carcajada, a la burla. Pero él no se arredró.

Empezó con 11 músicos en un garaje dispuesto con 25 atriles. El primer día de ensayo sobró espacio. Hoy no caben a lo largo y ancho del país, donde ha abierto 280 escuelas. Hoy es una realidad que ha implantado, además de un sistema pedagógico revolucionario donde se multiplican los prodigios como el ya reconocido joven director Gustavo Dudamel, los incontestables resultados de una inclusión social que ha rescatado de la marginación actualmente a 400.000 niños y jóvenes -la mayoría, con escasos recursos- en un país azotado por la violencia, el crimen y la inseguridad.

Y lo ha hecho a través de la música. Como un visionario. Adaptando las fronteras no a la escueta realidad de los informes, sino a sus propios anhelos. Como los grandes hombres, conscientes de que la sociedad civil empuja los profundos cambios en estructuras inamovibles. Con el inconformismo como actitud y la lógica aplastante de una idea romántica como bandera.

Pero para lograr lo suyo, Abreu aúna en sí una compleja personalidad en la que se mezclan el pragmatismo y la diplomacia con la ambición de pedir lo imposible; la sensibilidad artística con el compromiso; la estrategia -ocho Gobiernos lo han apoyado en su labor- con la determinación. El resultado es un personaje hoy reconocido en todo el mundo como un hombre por encima del bien y del mal, alabado por genios de la dirección de orquesta e intérpretes -desde Claudio Abbado hasta Simon Rattle, Barenboim o Plácido Domingo-, buscado como referente por instituciones como Naciones Unidas y aclamado con premios que van desde el Príncipe de Asturias de las Artes hasta el prestigioso Echo Klassik de la industria musical alemana.

Inconformista, sabio, delicado, culto, pero de genio militar y fuerte carácter cuando es preciso, consciente de que dirige una especie de ejército, el maestro Abreu no se para en barras. Su sistema de orquestas ha cuajado con resultados asombrosos en Venezuela desde hace cuatro décadas, pero ahora se extiende por América Latina en proyectos similares dentro de las favelas de Río de Janeiro, los rincones más apartados de Argentina o los barrios más hundidos en la miseria de Colombia. Por no hablar de Estados Unidos, Asia y Europa, donde muchos países tratan de implantar un método pedagógico que salve el nivel de sus estudiantes para el futuro de la música clásica.

Cuesta mucho trabajo calificar de orquesta "juvenil" a la Simón Bolívar. La que es formación más importante del sistema, ¿ya ha roto la cáscara, propiamente?
El hecho es que se trata de una orquesta joven, orgullosa de su condición porque se expresa en términos de vitalidad y entusiasmo sin menoscabo de la excelencia. Ya está fuera de la cáscara, pero ese aspecto no es importante. De lo que se trata es de salir al encuentro con la música y su verdadero sentido. Su verdadera razón de ser, que para nosotros es un mensaje que trasciende lo estético, lo musical.

¿Para llegar adónde?
A algo parecido, en cuanto al contagio, a lo que supuso el boom literario latinoamericano hace años. Ellos han creado un boom que seextiende a otras orquestas, que inspira para configurar una generación dejóvenes con una visión diferente. Una visión que encuentra su máxima justificación en el legado social. Este aspecto transforma nuestro trabajo de manera radical.

¿En qué sentido?
Ya no solo sirve la música al mero disfrute, sino que entra de lleno en la esfera de los valores. Ya no se atiene al efecto que pueda causar en la crítica especializada o en ciertos sectores de la élite, sino que busca abrirse a un público más amplio que se deje contagiar precisamente por los orígenes de quienes forman las orquestas: niños y jóvenes salidos de barrios marginales, con medios y bajos recursos, comprometidos con sus entornos y sus países y su identidad latinoamericana como prueba de una energía distinta.

¿De qué tipo?
Más unida, más solidaria, con una nueva faz y empujes renovados en cada generación venidera. Los niños que llegan detrás de estos multiplicarán su nivel.

¿Cómo logra el sistema un talento global?
Por el efecto demostración.

A ver...
Muy fácil. Por el impacto que un grupo determinado dentro de un conglomerado artístico ejerce sobre el resto de sus componentes. Dando ejemplo, así de sencillo.

O de complicado.
El hecho de que esté sentado frente a un atril junto a alguien que toca mejor que yo es una palanca que me impulsa a ascender, a mejorar. Yo viví esa experiencia cuando formaba parte de una orquesta escuela en el Estado Lara.

¿Y aprendió esa clave de aquella experiencia?
Allí estudiaba violín junto a una muchacha que tocaba brillantemente. Trabajar con ella, la necesidad de adecuarme a su nivel para ir al unísono, me hizo mejor. Nunca lo olvidé. Y con el tiempo comprobé que ese efecto persistía en todos los grupos. Al principio consigues resultados heterogéneos, pero, al final, los niveles superiores acaban arrastrando a los inferiores. Nunca ocurre al revés, si fuera al contrario, la orquesta se disolvería.

¿Cómo se llamaba la muchacha?
Se llamaba Pastora Guanipa. No es que fuera una virtuosa; sencillamente, tocaba mejor que yo. Tuve la suerte de que me colocaran al lado, porque me obligó a demostrar mi valía, y es algo que después compruebo que ocurre todos los días en nuestras orquestas.

Puro efecto contagio.
Dinámica de grupo que funciona aún con más fuerza en el campo coral y vocal. La proximidad es mayor, y la voz propia remonta y remonta hasta límites desconocidos.

Pero ahí existe una frontera física.
Sí, pero cuando se exprime en él la técnica vocal, el cantante logra traducir lo mejor de sí mismo en beneficio de un efecto conjunto. Se aprecia en el campo infantil. Si el niño canta sin orientación, grita, no controla su garganta ni su respiración.

Para el efecto contagio en grupo, ¿no es necesario antes una sólida formación individual?
La clave de nuestro sistema es ese balance entre la formación individual y el trabajo en grupo. No existía eso en la educación musical. El esfuerzo del trabajo propio debe aplicarse a una disciplina de grupo permanentemente, si no, queda en nada.

¿El espejo del compañero y el espejo del profesor? ¿O existe algo más?
Se deben dar tres circunstancias para que funcione todo el engranaje: la disposición individual, la dinámica de grupo y una dirección que ejerza un liderazgo apto para obtener el mejor efecto posible. Esos tres factores son los que proporcionan un gran nivel, cuando falta alguno de ellos, el resultado es irremediablemente mediocre. El sistema se encarga de articular los tres, cuando se conjugan sabiamente se logran los resultados. Esa es la mayor clave de nuestra coherencia pedagógica.

¿Y todo encaminado a un objetivo social?
No puedes encaminar eso en virtud de una comodidad. En el aspecto social, la inclusión es el principio básico. Nuestro lema son los pobres primero y para los pobres los mejores instrumentos, los mejores maestros, las mejores infraestructuras. La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura. Debe ser grande, ambiciosa, refinada, avanzada, nada de sobras. Además, ellos multiplican su efecto, porque son enormemente agradecidos ante el esfuerzo. No es práctico incorporar a su vida esa faceta como si fuera un florero.

¿Pero cómo se logra hacerles comprender en determinados ambientes donde la lucha por la supervivencia es una guerra diaria que la música puede ser crucial para ellos? ¿Qué argumento les resulta más válido?
Cualquier muchacho de un barrio marginal, sometido a las tensiones de la violencia, la inseguridad, el asesinato, el robo, puede elegir tocar un instrumento como algo intrascendente. Pero la mera presencia de ese instrumento en la casa puede volverse fundamental y cambiar su vida. Cuando vives en una cloaca y un maestro toca a tu puerta, con ese sencillo gesto ya estás realizando un acto de inclusión. El instrumento es el cebo, del resto se encarga el sistema. Ambos combinados obran el milagro.

Habrá fallos, habrá fracasos.
Muy raro, parece mentira que un simple instrumento obre eso, cuando después se ven atrapados en la red del sistema, raramente regresan a la marginalidad. Nunca más. La marginalidad se ha demostrado algo reversible a través de la música y el trabajo bien organizado. Poruna razón muy sencilla.

¿Cuál?
Porque una vez que se empiezan a apreciar los resultados, el muchacho se convierte en un héroe. Cuando hace años se produjo una tragedia en La Guaira, a algunas personas afectadas se las reconoció por su instrumento. Era lo que les diferenciaba en el barrio. Esa es su seña de identidad. Me gusta recordar a Teresa de Calcuta en esto cuando dice que la verdadera pobreza no es la falta de pan, ni de techo, la verdadera pobreza viene de la sensación de no ser nadie.

Eso es una muerte en vida.
Yo lo veo constantemente. Cuando un muchacho toca por primera vez ante sus padres, ese día nace un nuevo ser humano. Se produce una revolución en la vida del niño: a partir de entonces es alguien, adquiere una insólita dignidad que da lugar a una especie de constelación de anillos en la que se agrupa su familia; después, los vecinos, la gran comunidad, el gran anillo que lo protege. Las orquestas han cambiado muchas áreas peligrosas en Caracas y las grandes ciudades o en Estados alejados, junto al Amazonas, donde me propuse fundar núcleos del sistema. Lugares donde, si no llegaban los instrumentos, los padres fabricaban los suyos propios con restos de hojalata para tocar en bodas y bautizos. Ni se imagina la gente la emoción tan grande que pudieron sentir cuando les llegaron los de verdad.

¿No guardan los antiguos?
Conservan algunos.

Donde ha creado usted una verdadera escuela es en la dirección de orquesta. ¿Cómo los detecta? Los muchachos dicen que es un misterio.
Eso se descubre. Tiene uno que asistir a la dinámica de una orquesta para verlo. Siempre hay tres o cuatro músicos a los que les interesa, y ahora el fenómeno se está multiplicando por el efecto Dudamel. Es bueno, porque eso les lleva a estudiar a fondo, a formarse, se fijan en él y en los grandes, van a verlo, lo observan. Acuden a mí con cierta ingenuidad y con mucho entusiasmo. Yo trato de atenderlos, para mí es una cuestión prioritaria.

Pero habrá algunos que sirvan y otros que no. ¿Cómo se sabe eso a una edad tan temprana?
Primero observo su actitud, luego calibro su ambición: debe existir una ambición de liderazgo, y eso se detecta rápido. Con el tiempo deben desarrollar ese liderazgo sin hacerse notar, discretamente; si no, cuentas con el riesgo de que la orquesta se te ponga en contra y eso es terrible. Después hay que fijarse en su musicalidad, esta debe ser suficientemente aguda. La ambición lleva a una obsesión por el autodidactismo. Saben que deben someterse a todas las disciplinas por severas que sean y que el camino está lleno de obstáculos. Aprenden hasta de los malos directores, viéndolos saben lo que no quieren ser. Son muy agudos en eso. Luego existe algo infalible.

¿Qué?
Su reacción ante los errores. Un director desarrolla un oído perspicaz, cuanto más perspicaz, más se inquieta ante los fallos. Debe oír todo y oírlo bien. Si no es así no pueden controlar el resultado. Entre la masa de sonido que desprende una orquesta debe ser capaz de detectar cada fallo. Eso es una cualidad que se desarrolla. Algunos manifiestan algunos tics y reacciones físicas. Algunos patean el suelo automáticamente, todo eso va conformando una experiencia viva que otorga una solución a cada tropiezo.

¿Empieza siempre con la misma partitura su primera lección?
No utilizo una partitura específica. Elijo algo personal y diferente para cada uno. Primero les educo el gesto, el control métrico, la medida, el pulso, les enseño a manejar el tempo; esa cualidad, si no la poseen, se les puede formar.

¿Cuándo empezó usted a soñar?
Desde la noche en que me senté a dar ese concierto con Pastora Guanipa. Tenía 10 años. A partir de entonces siempre me he sentido tan impetuoso como un niño. Me fascinó lo que yo experimenté tocando en la orquesta, el misterio de aquello, el milagro. Todavía me causa perplejidad, cada vez más.

Pese a sus trabas, sus inconveniencias, su gestión, el duro camino para que todo suene como es debido, ¿habrá días en los que no pueda más?
Ninguno. Pese a todo, porque no hay nada más sublime en la vida que dar, y cuanto más das, más recibes, y esa es la felicidad que uno tiene, con la que cuenta, y es mucha. Ahí reside el auténtico sentido, todo el sentido.

¿De ahí saca las fuerzas, de esa felicidad?
No hay jornada en que yo no sienta un mandato diario. Sino respondo a él cada segundo, me encuentro mal. Debo sentirme activo, con la intensidad de una entrega cotidiana.

Pero existen límites físicos.
Todos somos imperfectos, pero la capacidad de entrega, para mí, no es limitada. En un mundo egoísta, materialista, la tentación de aislarse, de egotizarse, es muy grande. Dios nos ayuda en la lucha, sustancialmente, solos no podemos hacerlo.

¿De dónde le sale la motivación a estas alturas, con los achaques? Todo el mundo se lo pregunta.
Siento la necesidad de no defraudar a quienes dependen de mí, a una enorme comunidad, eso me convierte en un ser infatigable.

Para descanso, el descanso eterno, repiten sus discípulos. Ni vacaciones les da. ¿No es demasiado lo que les exige?
Lo que digo puede parecer un sacrilegio, pero lo digo con el sentido más alto y más noble.

¿Y cómo imagina usted el descanso eterno?
Mientras permanecemos aquí no estamos para eso, sino al servicio de los demás. Estoy convencido de que después de la muerte seguimos trabajando donde quiera que acabemos: que en el cielo hay trabajo, que la casa de Dios no es la del ocio, trabajamos con él, nos asociamos con él, esa suerte tenemos. Contamos con el privilegio de hacerlo en esta vida y después. Yo le ruego cada día que me haga sentir activo, útil, dispuesto a compartir un mínimo esfuerzo por bien de la música.

Y la música, ¿qué es? ¿La armonía hasta el límite infinito?
Es el último extremo, la máxima expresión del hombre para alcanzar el mundo sublime, indescriptible, invisible, por eso no se puede ver, ni palpar. Se vislumbra con los ojos del alma.

¿Los mandatarios entienden tanta abstracción? Usted ha pasado por todos. Ocho presidentes en su país. Parece por encima del bien y del mal.
Nunca diría eso. No me han podido negar su apoyo jamás porque ahí están los resultados. No dependemos de los Gobiernos, sino de esos frutos que damos. Al principio nos costaba e íbamos a los alcaldes y a los gobernadores a convencerles de la necesidad de implantar núcleos. Hoy son ellos quienes acuden a nosotros, y no solo en Venezuela, llegan a que les montemos su escuela. Todo el mundo quiere su propia orquesta y su propio Dudamel. Hoy, nuestro país entiende que la música le ha colocado en una situación de prestigio internacional. Creo que es importante hacerles ver que existe un progreso en la presencia de la música para articular la sociedad. Además, los ciudadanos cada vez demandan más el arte y la dignidad del artista. Cada vez los ensalzan más y reconocen la labor de los grandes creadores.

En eso, mucha gente se mostrará escéptica, los artistas sobre todo.
No puedo hablar por otras partes del mundo desconocidas para mí, pero en lo que se refiere a América Latina siento una enorme receptividad ante el artista y el creador porque son figuras que rescatan a sus sociedades del materialismo, el esnobismo, la cerrazón y lo endogámico.

Incluso los artistas de más raigambre popular. El sistema implantado por usted no olvida las raíces. ¿Cómo se complementan los mambos con Mahler?
Los géneros de la gran música tienen su raíz en lo popular. Parten de esa base para elevarlo después a algo más sofisticado. Bach estuvo atento a la esencia de la música del pueblo en su día, algunas danzas son el tema de sus suites para violonchelo, por ejemplo. La música latinoamericana no se puede entender sin esa identidad en el caso de compositores como Villalobos, Ginastera, Piazzolla. ¿Quién es Gershwin en la música del siglo XX sino un músico popular? ¿De dónde sale el jazz? En cuanto a la música que más impacto tendrá en esta época estoy convencido de que será toda aquella que fomente la explosión del ritmo. Sobre todo en nuestro ámbito, la juventud se engancha por ahí.


En progresión geométrica

José Antonio Abreu
(Trujillo, Venezuela, 1939) quiso un día aplicar su pasión por las matemáticas en progresión geométrica a la música. Intérprete de piano, clave y órgano y director de orquesta, fundó en 1975 lo que es hoy el Sistema Juvenil e Infantil de Orquestas de Venezuela. Un entramado que enseña música a 400.000 niños y jóvenes en todo el país con asombrosos resultados pedagógicos.

Antes de dedicar su vida a la música fue catedrático de Economía y formó parte del Gobierno como ministro de Cultura. Ha recibido numerosos reconocimientos internacionales, que van desde el Premio Príncipe de Asturias hasta un Grammy honorífico, el Internacional de Música de la Unesco y el Erasmus de Holanda.

Articulo : http://www.elpais.com 30/10/2011

Laia REVENTÓS/ La exagerada vida de Steve JOBS


La exagerada vida de Steve Jobs
Por Laia REVENTÓS 

La biografía del genio informático retrata a un personaje obsesivo, déspota, romántico, vulnerable y perfeccionista - El budismo y los negocios fueron dos de sus pilares

"Aquellos electrodomésticos me han hecho más ilusión que cualquier otro utensilio de alta tecnología". Steve Jobs, alma de Apple, se refería así a la lavadora de su casa, que tardó ocho años en amueblar porque "solo se rodeaba de cosas que pudiera admirar", según su viuda, Laurene Powell. La elección de una lavadora europea (que tarda más, pero conserva mejor la ropa) sobre una estadounidense fue un debate familiar de semanas.

Walter Isaacson, expresidente de la cadena CNN y de la revista Time y autor de otras biografías de personajes como Einstein, Franklin y Kissinger, entrevistó a más de un centenar de familiares, competidores, adversarios y colegas del fundador y exjefe de Apple, fallecido el 6 de octubre. El resultado: Steve Jobs, una exhaustiva incursión por las luces y las sombras del personaje, que publica la editorial Debate.

Isaacson describe al padre del Mac, del iPod, del iPhone y del iPad como un tipo contradictorio, complejo, fuerte y arrogante, pero también sensible, vulnerable y de lágrima fácil. Un romántico que podía ser déspota y cruel; alguien que dividía el mundo en clasificaciones binarias, entre "iluminados y capullos".

En pleno proceso de creación del ordenador Macintosh, Jobs se quejó a un ingeniero de que el sistema operativo tardaba en arrancar. Pizarra en mano, calculó: si cinco millones de personas usaban Mac y tardaban 10 segundos de más en arrancar el ordenador cada día, aquello sumaba 300 millones de horas anuales, lo que equivalía a salvar 100 vidas cada año. "Si con ello pudieras salvar la vida a una persona, ¿encontrarías la forma de acortar el arranque en 10 segundos?", le inquirió al programador Larry Kenyon. El sistema acabó arrancando 28 segundos más rápido.

Quien no tuviera respuestas para Jobs tenía un problema. A los 13 años dejó de ir a la iglesia luterana. El pastor no supo qué contestar a por qué Dios permitía que en Biafra los niños murieran de hambre. No quiso tener "nada que ver con una adoración de un Dios así".

De sus padres adoptivos, Paul y Clara Jobs, el fundador de Pixar aprendió la importancia de terminar bien las cosas, "aunque no se vieran". Residían en una casa del arquitecto Joseph Eichler que, inspirado por Frank Lloyd Wright, construía espacios de diseño limpio y estilo sencillo. Aquella fue su visión para Apple. Lo importante era un buen diseño. Lo aplicó a los aparatos y a sí mismo. Sus apariciones con jersey negro de cuello de cisne son diseño de Issey Miyake. Le hizo un centenar. "Tengo suficientes para que me duren el resto de mi vida".
Sus obsesiones no solo eran estéticas y éticas, también dietéticas. Siempre experimentó dietas compulsivas. En una primera época solo se alimentaba de fruta y verdura. Después, tras leer Sistema curativo por dieta amucosa, de Arnold Ehret, abandonó los alimentos con almidón (arroz, cereales, pan, leche, grano...) y practicó prolongados ayunos. Jobs aseguraba que su dieta vegana evitaba la producción de mucosa y de olores corporales, por lo que no usaba desodorante y se duchaba una vez por semana. Ya con cáncer siguió dietas veganas, acupuntura y tratamientos que encontró por Internet. Medio sedado, rechazaba las máscaras de oxígeno porque su "diseño era horroroso".

La espiritualidad oriental y filosofía zen le acompañaron a lo largo de su vida. Vegetarianismo y budismo, meditación y espiritualidad, ácido y rock formaron sus años universitarios. De su paso por India se trajo la disentería. Meditaba por las mañanas, asistía como oyente a clases de física en Stanford, trabajaba en Atari y soñaba con crear su propia empresa. Cuando Apple salió a Bolsa, Jobs prefirió no recompensar a Daniel Lotkke, uno de sus mejores amigos de universidad, que estaba en Apple desde el inicio. El cofundador Steve Wozniak trató de remediarlo. Le propuso que le daría exactamente lo mismo que le diera él. "De acuerdo, yo voy a darle cero". A sus 25 años ya tenía 256 millones de dólares en el bolsillo. La actitud de Jobs hacia la riqueza resultaba algo compleja, escribe Isaacson. "Fue jipi antimaterialista, pero supo capitalizar los inventos de un amigo que quería regalarlos; un devoto del budismo que decidió que su vocación eran los negocios. Semejantes actitudes parecían entrelazarse en lugar de entrar en conflicto".

Los dibujos animados no escaparon a su perfeccionismo. "No sabría decirte el número de versiones que vi de Toy story antes de su estreno", recuerda Larry Ellison, fundador de Oracle y gran amigo de Jobs, ambos hijos adoptados. "Aquello se convirtió en una especie de tortura. Iba a su casa y veía la mejora del 10% de secuencias. Estaba obsesionado porque todo saliera bien, tanto la historia como la tecnología, y no quedaba satisfecho si no era la perfección absoluta". Hoy, Toy story se considera una de las grandes películas de la historia, y sus estudios Pixar tan revolucionarios en la industria cinematográfica como Apple en la tecnológica.

Pero también era un romántico. En el vigésimo aniversario de la boda con Laurene Powell la llevó donde se casaron, a Yosemite. "No sabíamos mucho el uno de otro", le escribió, "pero nos dejamos llevar por nuestra intuición: me hiciste flotar [...]. Mis pies nunca han vuelto a tocar el suelo". Aparte de los tres hijos con Powell, Steve Jobs tuvo una hija anterior, Lisa, de la que no se ocupó hasta los ocho años. Pilló a su entonces novia con otro y no se fiaba de su paternidad. También flirteó con Joan Baez, "porque había sido amante de Dylan", dice una amiga viperina. En su iPod, el genio llevaba toda la música de Bob Dylan y los Beatles.

Con la muerte en los talones, aumentó su creencia en Dios: "Quiero creer que hay algo que sobrevive [...]. Pero a lo mejor es como un botón de encendido y apagado [...]. Quizás por eso nunca me gustó poner botones en los aparatos de Apple".

Un tipo apasionado

- Jobs consta como uno de los dueños de 212 patentes en la Oficina de EE UU,  entre ellas las de las escaleras de las tiendas Apple, por su aspecto transparente.
- El virtuoso Yo-Yo Ma tocó en su casa un tema de Bach con un Stradivarius de 1733. "Tu interpretación es el mejor argumento que he oído nunca sobre la existencia de Dios", dijo Jobs.
- Coincidió en una cena con el rey Juan Carlos I. En una conversación apasionada, le explicó cómo sería la siguiente generación de ordenadores. Al rato, el Rey le garabateó algo en un papel. Le acababa de comprar un ordenador.

Articulo : http://www.elpais.com 28/10/2011

Alfredo ALZUGARAT/ Última novela de Jorge EDWARDS


Cultural
Última novela de Jorge EDWARDS
Montaigne en Chile
Por Alfredo Alzugarat

LEER, o más que leer degustar y compartir la obra de un escritor, significa también apropiarse de sus palabras, de su pensamiento. La operación, si es verdadera, tiene por resultado construirse una imagen propia del autor. Ese es el punto de partida de este nuevo libro de Jorge Edwards: construir su Montaigne, el Montaigne de Edwards, montar una historia posible, "un relato conjetural", reflexivo, que encierre una aspiración a entender los Ensayos y la vida del gran prosista francés, su aporte a la humanidad, lo que aún nos dice. Con Montaigne iluminando su mirada, el escritor chileno hurgará en la realidad de su país y aspirará a fundirse con él. "Este Montaigne del libro soy yo", ha dicho Jorge Edwards, con reminiscencias flaubertianas, en una entrevista con motivo de su obra.

No se conoce mucho de la vida de Montaigne. Se sabe que era el tercer hijo de un comerciante que hizo fortuna vendiendo vino y pescado hasta instalarse en las cercanías de Burdeos. Que estudió derecho y fue quince años parlamentario de esa ciudad y alcalde, otros cuatro. Casi cuarentón, en 1570 se retiró a su castillo para dedicarse a la meditación, a la lectura de Plutarco y Séneca y a escribir. En esos últimos y fértiles años de su vida tuvo una admiradora, una hija dilecta, o tal vez su amor secreto, Marie de Gournay, la que prolongaría su obra. Todavía permanece en pie la torre de piedra donde escribía. La historia de la literatura lo reconoce como creador de un género: el ensayo.

A la vez que atiende estos datos, el narrador de La muerte de Montaigne se preocupa por insertar a su personaje en el contexto de guerras religiosas que caracteriza al siglo XVI. Las consecuencias de la masacre de la noche de San Bartolomé, la derrota de la Armada Invencible, la transición entre los Valois y los Borbones en el trono, los primeros regicidios en Francia, una época de intolerancia y barbarie donde el pensar distinto era motivo de muerte. El Montaigne de Edwards asiste a esos cataclismos históricos desde una distancia no exenta de compromiso, manifestando su amor y respeto a la naturaleza, su búsqueda de equilibrio, su estoicismo y su austeridad.

CIRCUNLOQUIOS AUTORIZADOS.

Mimetizarse con Montaigne y trasladarlo al "remoto Chile" actual requiere la pericia de un escritor consumado, que domina su oficio. Edwards lo hace durante la mayor parte de su obra adoptando el estilo moroso y pausado del francés, abusando a veces de la sinonimia, reiterando un poco y sobre todo recurriendo de manera sistemática a la digresión. "El maestro nos autoriza y nos autorizará siempre a la digresión. Su sombra, su aura, su espíritu particular, su humor soterrado, nos llevan a los caminos laterales, a los paréntesis, a los hilos sueltos", se afirma.

Este peculiar recurso es el que resulta útil a Edwards para introducir su peripecia personal, una voluntad autobiográfica que permite conocer cómo llegó hasta Montaigne en lejanas lecturas de la infancia y cómo recorrió los alrededores de Burdeos buscando el castillo del francés, pero también su opinión política, su desencanto de las utopías, su juicio al pensamiento de izquierda. El lector pasa de uno a otro, del francés al chileno, del siglo XVI al XXI, dejándose llevar en el ritmo de la escritura.

La dimensión del pensador galo bien exige un debate sobre su personalidad, un punto de vista diferente al que contrarrestar e incluso satirizar. Edwards lo encuentra en el historiador romántico Jules Michelet, un "partenaire" cuya visión del transcurso de los hechos se acopla al error y la fantasía. Recurrir a Michelet significa un énfasis necesario, una forma de demostrar que la interpretación que Edwards hace de Montaigne y su tiempo es la correcta.

LA MUERTE Y DESPUÉS.
El Señor de la Montaña, como acostumbra llamarlo con cierto regusto evangélico el narrador, es un ser vital, capaz de experimentar el ardor carnal en su vejez, satisfecho de sí mismo, que escribe con alegría. Sin embargo, el título de la novela alude a su muerte. En efecto, Montaigne muere a unas cincuenta páginas de que finalice el libro. Los capítulos que le siguen dan cuenta de las tribulaciones de Marie de Gournay para publicar la última edición de los Ensayos y algunas obras propias que la colocan como una precursora del feminismo, y del reinado de Enrique IV de Navarra, que alguna vez visitó a Montaigne en su castillo y es considerado por el narrador como el mejor alumno del gran ensayista.

En la obra, el apogeo del pensamiento de Montaigne posterior a su vida, se marca en tres etapas. La más cercana a nosotros está representada por André Gide y su lucha contra la discriminación y por el libre pensamiento. Le sigue el período revolucionario: para Edwards, Montaigne es un claro precursor del Iluminismo y los enciclopedistas. Pero ningún momento excede en importancia al del gobierno de Enrique IV, que abdicará del protestantismo para abrazar la fe católica e impondrá la paz en Francia mediante la promulgación del Edicto de Nantes, clausurando de ese modo décadas de sangrientas contiendas fratricidas. Según Edwards el célebre edicto, "documento anunciador, moderno por excelencia", es un producto directo de las ideas y del espíritu de reconciliación atribuido al Señor de la Montaña.

UNA CODA INNECESARIA.

En las últimas páginas, una vez más apelando al arte de la digresión, el narrador desemboca en el Chile actual, una nación, como las demás del cono sur de América, donde aún perviven las secuelas de los tiempos de dictadura, de crímenes no esclarecidos, de heridas abiertas, de lucha entre la justicia y la impunidad, "el Chile no del todo reconciliado, retacado, obcecado", dice el libro. La identificación del autor con su protagonista se extrema al punto de pretender los mismos resultados para su obra. Su mirada se vuelve una vez más hacia el Edicto de Nantes y abruptamente pretende encajar un tiempo en otro, trasladar al momento actual y a su país la solución de un tiempo que estaba muy lejos de una firme conciencia en los derechos humanos. "A veces, cuando observo que no somos capaces de hacer lo mismo, que seguimos divididos hasta el tuétano, me pregunto si no habría sido necesario que hubiera una verdadera guerra civil, con todos los muertos y abusos de ambos lados que eso supone, para que pudiéramos llegar a una auténtica, profunda, conmovedora reconciliación", reflexiona el narrador respecto a sus compatriotas.

La muerte de Montaigne es un híbrido de biografía y ensayo, de crónica y confesión, magníficamente bien escrito, muy interesante en algunos aspectos. También polémico en otros.

LA MUERTE DE MONTAIGNE, de Jorge Edwards. Tusquets, 2011. Barcelona, 289 págs. Distribuye Gussi.

Articulo : http://www.elpais.com.uy 28/10/2011

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...