dimanche 24 janvier 2010

Tobías WOLFF/ Aquella habitación


Literatura / Anticipo
Aquella habitación
Por Tobías Wolff

Una experiencia intensa puede convertirse en una pesadilla. Tal como en este cuento incluido en Aquí empieza nuestra historia (Alfaguara), que aparece el mes próximo. El libro reúne relatos escogidos y otros nuevos de uno de los grandes cuentistas estadounidenses contemporáneos

El verano que siguió a mi primer curso en el instituto, me dio un ramalazo de independencia y me puse a recorrer a dedo las granjas, valle arriba y abajo, para trabajar de jornalero recogiendo fresas y limpiando establos. Luego encontré un sitio donde el dueño de la granja me pagaba diez centavos la hora por encima del salario mínimo, y su rolliza mujer, sin hijos, me daba de almorzar y se desvivía por mí mientras comía, conque me quedé allí hasta que empezaron las clases.

Mientras paleaba estiércol o arrancaba malas hierbas de una acequia de drenaje, a veces me paraba a mirar hacia los campos lejanos, donde "las manos", como las llamaba el granjero, estaban cargando fardos de heno en una carreta, amontonándolos hasta alturas que los hacían tambalearse. De vez en cuando me llegaba un estallido de risas, la coletilla de una conversación. El granjero no me dejaba trabajar en el heno porque yo era demasiado pequeño, pero durante el invierno pegué un estirón, y al verano siguiente dejó que me uniera a la cuadrilla.

Por tanto yo era una mano. ¡Una mano! Enloquecí un poco con esa palabra, con el placer de atribuírmela a mí mismo. Tener un trabajo así lo cambió todo. Te ponía fuera del alcance de tus padres, de los comentarios mordaces de tus amigos. Te dejaba libre entre desconocidos del inquietante mundo, una situación en la que podías pretender que eras otro hasta que eras otro. Hacía que anduvieras con dinero en el bolsillo y te permitía creer que tu otra vida -la vida insignificante, entre paréntesis, de casa y el instituto- sólo era una engañifa para los que eran lo bastante crédulos para imaginar que todavía los necesitabas.

Conmigo en el campo había otros tres trabajando: el tímido y destinado a ser musculoso sobrino del granjero, Clemson, que iba a mi curso del instituto, pero al que yo infravaloraba porque sólo era un chaval sin experiencia; y dos hermanos mexicanos, Miguel y Eduardo. Miguel, bajo, imperturbable y solitario, sabía poco inglés, pero el desenvuelto Eduardo hablaba por los dos. Mientras los demás hacíamos el trabajo duro, Eduardo daba consejos sobre las chicas y contaba historias en las que él aparecía como un infatigable espadachín marrullero y diestro. Lo hacía para que nos riéramos, pero en los mismos elementos de sus historias -las salas de baile y los bares, los torpes agentes de frontera, los paletos granjeros y sus insaciables mujeres, los corruptos policías, las putas que se enamoraban de él- yo apreciaba la realidad de una vida de la que no sabía nada aunque por algún motivo imaginaba que quería para mí: una vida auténtica en un mundo auténtico.

Mientras Eduardo hablaba, Miguel trabajaba en silencio con nosotros, protestando de vez en cuando por el peso de un fardo de heno, con la cara marcada por el acné enrojecida a causa del calor, los ojos estrechos incluso más cerrados para defenderse del sol. Clemson y yo íbamos a toda velocidad y nos deteníamos, riéndonos con las historias de Eduardo, azuzándole con preguntas. Miguel nunca haraganeaba y nunca se reía. En ocasiones miraba a su hermano con lo que parecía cierta curiosidad; eso era todo.

El granjero, que era dueño de una gran extensión con un montón de heno que recoger, debería haber contratado más manos. Sólo nos tenía a nosotros cuatro, y siempre había amenaza de lluvia. Era un hombre tranquilo, amable, pero según avanzaba la estación se ponía más nervioso y empezaba a estar más encima de nosotros y a hacer que trabajáramos más tiempo. Durante la semana anterior yo había pasado las noches con la familia de Clemson, carretera adelante, de modo que pudiera estar en la granja con los demás a la salida del sol y trabajar hasta el ocaso. Cuando empezábamos a recogerlos, los fardos resultaban pesados debido al rocío. El aire del henar se espesaba por la fermentación, y Eduardo advirtió al granjero que el heno podría incendiarse, pero éste no nos daba respiro. Cojeando, quemado por el sol, lleno de arañazos, por la mañana yo casi no me podía levantar de la cama. Pero aunque protestaba delante de Clemson y Eduardo, en secreto me alegraba ocupar mi lugar a su lado, y trabajar como si no tuviera elección.

El coche de Eduardo se averió cerca del fin de semana, y Clemson empezó a traerlos y llevarlos a él y a Miguel desde el decrépito motel donde vivían con otros trabajadores temporales. A veces, al detenernos en su puerta, todos nos quedábamos sentados sin decir nada. Estábamos muy cansados. Entonces, una noche Eduardo nos propuso que entrásemos a tomar un trago. Clemson, que era buen chico, intentó escabullirse, pero yo me bajé con Miguel y Eduardo, sabiendo que él no me dejaría solo.
-Venga, Clem -dije-, no seas nena.

Él se limitó a mirarme, luego apagó el motor.

Aquella habitación. Dios. Los hermanos se habían esforzado al máximo, haciendo las camas y guardando la ropa pulcramente doblada dentro de maletas abiertas, pero uno quedaba atufado por el olor a humedad desde el mismo momento en que ponía el pie dentro. El suelo estaba como mojado y con restos de un linóleo gris; el techo medio hundido y lleno de manchas. La luz de arriba apenas llegaba a los rincones. Por debajo del olor a humedad, había otro, inquietante. Clemson era un chico remilgado y puso cara de asco cuando yo monté el número de que estaba muy cómodo.

Echamos whisky de centeno en nuestros estómagos vacíos y escuchamos a Eduardo, y no pasó mucho antes de que todos estuviéramos borrachos. Apareció uno en la puerta y le habló en español, y Eduardo salió fuera y no volvió. Miguel y yo seguimos bebiendo. Clemson estaba medio dormido, con la barbilla cayéndole poco a poco sobre el pecho y volviendo a enderezarse. Entonces Miguel me miró. Entrecerró los ojos y me miró con dureza, sin pestañear, y empezó a protestar por una injusticia que le había hecho nuestro patrón, o puede que otro patrón. Yo apenas entendía su inglés, y él no dejaba de recurrir al español, que yo no entendía nada. Pero estaba enfadado; eso llegaba a entenderlo.

En determinado momento fue al otro lado de la habitación, volvió y puso una pistola encima de la mesa, justo delante de él. Un revólver, de cañón largo, con la mayor parte del niquelado descascarillado. Miguel me clavó la mirada por encima de la pistola y reanudó sus quejas, todas en español. Me miraba, pero yo me daba cuenta de que estaba viendo a otra persona. Antes apenas lo había oído hablar. Ahora las palabras surgían con un tono de enfado, y comprendí que su voz en cierto modo lo estaba excitando, que el mismo sonido de su indignación demostraba que se habían portado mal con él, lo que incrementaba su rabia, haciéndole aborrecer al que pensaba que era yo, fuera quien fuese. Me daba miedo hablar. Lo único que podía hacer era sonreír.

Aquella habitación; una vez que entras, en realidad nunca sales de ella. Puedes olvidar que estuviste dentro, puedes seguir como si empuñaras las riendas, como si el curso de tu vida, sí, incluso su extensión, reflejara la fuerza de tu carácter y lo sabio de tus opiniones. Y entonces te encuentras con una mancha de hielo en una curva un soleado día de marzo y el volante no te responde y no eres más que un espectador de tu propio deslizarte como en sueños hacia el arcén; y entonces recuerdas dónde estás.

O metido en un autobús con otros treinta chicos. Es temprano, justo antes del amanecer. Es entonces cuando salen siempre los autobuses, con las luces cortas, para no llamar la atención de los cuáqueros del otro lado de la salida, pero la cosa no funciona y están esperando, sujetan en silencio sus pancartas, mirándote con reproche pero con tristeza y simpatía cuando el autobús pasa por delante de ellos camino del aeropuerto y el avión que te llevará a donde no querrías ir; y en ese momento sabes el valor exacto de tus deseos, y de tus planes y de toda la fuerza de tu cuerpo y voluntad. Entonces sabes dónde estás, como sabes dónde estás cuando los que quieres mueren antes de tiempo -el tiempo que habían planeado para ellos, para ti mismo con ellos-; y cuando tu cuota diaria de palabras y sueños se termina; y cuando tu hija dirige el coche directamente contra un árbol. Y si ella sale de eso sin un rasguño, todavía puedes notar aquel techo oscuro cerca de la cabeza, y saber dónde estás. ¿Y qué puedes hacer sino lo que hiciste en aquella horrible habitación, con Miguel odiándote sin motivo y una pistola preparada a mano? Sonreír y esperar que cambie de tema.

Pasó eso, aquella vez. Clemson salió disparado de su silla, se dobló hacia delante y vomitó todo por encima de la mesa. Miguel dejó de hablar. Miró a Clemson como si no lo hubiera visto nunca, y cuando Clemson volvió a tener arcadas, Miguel se levantó de un salto, lo agarró por la camisa y lo empujó hacia la puerta. Me hice cargo de Clemson y le ayudé a salir mientras Miguel seguía mirando y gritaba de asco. ¡Asco! Ahora el remilgado era él. La repugnancia se había impuesto a la rabia, se había impuesto incluso al odio. ¡Con cuánto cuidado atendí a Clemson aquella noche! Creía que me había salvado la vida. Y puede que lo hiciera.

El granero del dueño de la granja ardió de arriba abajo aquel invierno. Cuando me enteré, solté:
-¿No se lo dije? Claro que sí, le dije a aquel estúpido cabrón que no metiera el heno húmedo.

[Traducción Mariano Antolín Rato]
Articulo :
http://www.lanacion.com.ar 23/01/2010

Gustavo SANTIAGO/DELEUZE-GUATTARI: Un dúo con vidas múltiples


Crítica de libros / Ensayo
Un dúo con vidas múltiples
Por Gustavo Santiago
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Los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari escribieron en conjunto con la idea de borrar sus huellas personales. Una exhaustiva biografía los traiciona para esclarecer el aporte conceptual de cada uno a libros tan influyentes como El Anti-Edipo

"Al filósofo no se lo reconoce por sus palabras, sino por su modo de vivir." Esta frase de Séneca es representativa de una relación entre vida y filosofía plenamente vigente en la Antigüedad, pero que se ha ido debilitando con el correr de los siglos. Sócrates, Epicuro o Diógenes eran valorados por su vida filosófica antes que por sus dichos; hoy, en cambio, si se espera algo de un filósofo, es que exponga su pensamiento acerca de múltiples cuestiones, no que exhiba su vida "privada".

El historiador parisiense François Dosse afronta el desafío que implica contar la vida de un filósofo y lo lleva al extremo. No tanto por el hecho de que aborda dos vidas en lugar de una, sino porque se trata nada menos que de la vida de dos especialistas en tornar imperceptibles sus propias huellas -cruzándolas, borrándolas, deformándolas-, como Gilles Deleuze y Félix Guattari.

El monumental texto, de casi setecientas páginas, está ordenado cronológicamente y dividido en tres partes: la primera abarca los períodos en los que la vida y producción de ambos intelectuales se desarrollaron de manera individual; la segunda se concentra en los tiempos de producción conjunta, cuando dieron forma a libros capitales como El Anti-edipo (1972) y Mil mesetas (1980); y, finalmente, la tercera se ocupa del tramo final de sus vidas y de la posibilidad de una prolongación de su trabajo en una generación posterior. A lo largo de todo el texto, Dosse intenta combinar las anécdotas -en su mayor parte obtenidas a partir de entrevistas con alguno de sus protagonistas directos- con la exposición de los principales conceptos que van emergiendo en la producción conjunta del dúo "esquizoanalítico".

En el terreno de las anécdotas, se pueden encontrar algunas noticias sobre la vida íntima de los biografiados: referencias acerca de cómo se conocieron Deleuze y su esposa Fanny, o detalles de los avatares de la última relación amorosa de Guattari, con la actriz serbia Tatiana Kecojevic -36 años menor que él-, que tuvo lugar durante su último mes de vida. Tampoco faltan las anécdotas de color, como aquella en que se cuenta cómo Guattari tuvo que pagar de su bolsillo el viaje y la estadía de Borges, cuando el escritor argentino fue a dictar una conferencia sobre Kafka invitado por el Centro Beaubourg. Muy atractivas resultan también las numerosas referencias a Lacan, que permiten ir siguiendo su relación con Deleuze y Guattari, vínculo que atraviesa momentos de profundo reconocimiento mutuo y estalla con la aparición de El Anti-Edipo (1972). Una discípula de Lacan, Catherine Millot cuenta que "Lacan estaba furioso y había dado la consigna de que no haya debates organizados en su escuela sobre este libro".

En cuanto a los conceptos creados por el tándem, Dosse rastrea algunos elementos clave de su gestación, explica sus principales características y proyecta sus consecuencias en las generaciones posteriores. En ese sentido, quizá los mejores ejemplos de este trabajo sean las páginas en las que trabaja con la idea de "agenciamiento", tan cara al pensamiento de Deleuze y Guattari, y aquellas en las que se ocupa del "ritornelo". Acerca de este último, tras reconocer que "no es fácil distinguir entre lo que pertenece a Deleuze y lo que pertenece a Guattari", afirma con total convicción que "el concepto de ritornelo se origina en este último -Guattari-, que es músico y siempre ha tocado el piano. Además, en 1979 dedicó un texto personal al ritornelo".

Esta última cita permite apreciar uno de los aspectos más cuestionables del trabajo de Dosse. Es sabido que Deleuze y Guattari, en los textos que elaboraron juntos, no sólo se propusieron borrar sus huellas personales, sino que explícitamente plantearon su interés de que no se distinguieran los aportes que cada uno de ellos había realizado. Recordemos que, siguiendo a Spinoza y Nietzsche, sostienen que cada singularidad, cada ser humano, está conformado por multiplicidades. No hay identidad, sino multiplicidades devinientes que se conectan entre sí. Esto los lleva a afirmar, en la introducción a Mil mesetas : " El Anti-Edipo lo escribimos a dúo. Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos". Conociendo la postura de sus biografiados, Dosse, sin embargo, la traiciona. Buena parte del libro está dedicada a un empeño que Deleuze y Guattari no dudarían en calificar como "policíaco": determinar, en los trabajos conjuntos, la paternidad de los conceptos más relevantes, con especial esmero cuando considera que su creador es Guattari. La justificación que el autor brinda para su actitud es que en la actualidad se ha desatado un proceso de "desguattarización" de la obra de ambos pensadores. La intención de Dosse es "rectificar algunas distorsiones que llevaron a disminuir e, incluso, a hacer desaparecer a Guattari, para destacar únicamente el nombre de Deleuze".

Una mención especial merecen las fotografías que acompañan el texto. Se trata de casi treinta fotos en blanco y negro, entre las que se destacan una de Deleuze vestido de payaso, con tres años de edad; una con sus hijos Julien y Émilie y con Fanny en Grecia; y otra en la que ambos pensadores están mirando la televisión junto a uno de los hijos de Guattari, Bruno.

Si bien, como se sostenía inicialmente, parece desacertado en nuestro tiempo exponer la vida de un filósofo para rendir cuenta de su pensamiento, es indudable que el libro de François Dosse contribuye a esclarecer algunos de los factores que incidieron en la conformación de esa "máquina de guerra" que supieron componer ambos pensadores.

© LA NACION

Gilles Deleuze y Félix Guattari. Biografía cruzada
Por Francois Dosse
FCE
TRAD.: Sandra Garzonio
692 Páginas
$ 120


Articulo :
http://www.lanacion.com.ar 23/01/2010

Alberto OJEDA/Tortuga busca tigre, a la luz el "imposible poético" de José-Miguel ULLÁN


Tortuga busca tigre, a la luz el "imposible poético" de José-Miguel Ullán
Por Alberto Ojeda

Publican el texto inédito que el poeta salmantino preparó para las obras completas de César Moro

José-Miguel Ullán murió el año pasado, el 23 de mayo, pero son muchos los que se acuerdan de él e intentan que su obra no caiga el olvido. La semana que entra es una buena prueba de esta intención. Son varios los actos previstos que giran en torno a su memoria. Quizá el más especial, el de sustrato literario más profundo, es la publicación del libro Tortuga busca tigre, un texto inédito del poeta salmantino, que quedó atrapado en los complejos engranajes de la industria editorial.

El encargado de rescatar esta composición ha sido el sello Del Centro Editores, últimamente muy en boga por editar dos exquisiteces literarias: tres nuevas historias de los Cronopios y Famas de Cortázar, encontradas en un cajón, y el cuento La hermana de Eloísa de Borges, que hasta ahora no había aparecido en España. Siguiendo su línea de trabajo habitual, que tiene como fin “la revalorización del libro como objeto”, en palabras de su responsable, Claudio F. Pérez Míguez, serán sólo cien los ejemplares que se pongan en circulación, estampados a mano e ilustrados con dibujos del propio Ullán.

La idea partió de Julio Ortega, escritor y profesor de la Brown University en Estados Unidos. él había encargado en 2002 un prólogo al autor de El jornal para las obras completas del poeta peruano César Moro, que iban a salir en la colección Archivos, financiada por la UNESCO, y que había publicado ya compilaciones de autores esenciales, aunque sin empuje comercial, como Severo Sarduy, Miguel ángel Asturias, José María Arguedas... Ullán aceptó el encargo, pero no se limitó a cubrir el expediente (nunca lo hacía). Lo que entregó fue “un texto literario que se puede leer de forma independiente al fin con el que había sido escrito”.

Así lo explica Manuel Ferro, estrecho colaborador de José-Miguel Ullán desde 1980. Aunque añade que, aparte de su “originalidad” y de su desprecio al “didactismo”, este trabajo recoge un “perfecto conocimiento de la obra de Moro”, propio de un “apasionado lector, que siempre admiró su radicalidad extrema, la de un hombre que malvivió en París su pasión por la poesía”.


Poeta hasta en los andares

Y es que Ullán, como Moro, siempre tuvo claro que el poeta no es el que (sólo) escribe poemas, sino el que vive como poeta. Es decir, que lo de la escritura, al cabo, no es más que uno de los múltiples aspectos que conforman la personalidad y costumbres de un autor de poesía. “Esto no era un credo que profesase, ni una pose forzada, era algo que le salía natural, porque su única manera de tratar con la realidad era a través de la poesía”, explica Ferro.

Tigre en busca de tortuga, título que alude a uno de los diversos imposibles poéticos que manejaba Ullán en su obra, no llegó a ver la luz, por quiebra de la editorial. Julio Ortega aún lo custodiaba y se le ocurrió que una buena manera de homenajear al poeta sería darle salida de una vez. Para lo que contó con la complicidad de la editorial de Claudio F. Pérez Míguez. Los dos, junto con Manuel Ferro, lo presentan este lunes en la Librería del Centro (Galileo, 52).

No será la única cita de la semana que tenga a José-Miguel Ullán como protagonista . El Círculo de Bellas Artes acoge las jornadas Razón de nadie (entre el martes y el jueves), en torno a su poesía, y en las que participarán Olvido García Valdés, Jenaro Talens, Eduardo Millán, Miguel Casado...

El martes, además, en la sede del Círculo de Lectores de Madrid se presenta la antología de María Zambrano en la que Ullán estuvo trabajando hasta su muerte. El volumen va precedido de un prólogo suyo, éste un más académico que el que dedicó a Moro, en el que el poeta revive la amistad con la filósofa malagueña. Zambrano ocupó un lugar especial entre sus devociones intelectuales, y siempre la reivindicó en los suplementos culturales que dirigió.

Fragmento de Tortuga busca tigre

Retomar su sombra ondulante por su coriácea realidad. Y, si se deja ahora, hincarle el diente como en carne propia. Con nocturnidad y cuidado. Pero que sí rechine, por lo menos un poco, al sentirse motivo -de deseo y de espanto- y al verse comprendida al mismo tiempo, sin prisa, en la estela ambarina de Eguren: “La mayor belleza sería un movimiento de infinitos espacios, un todo harmónico de desarmonías”. Sombras de sombras nada más.

Articulo :
http://www.lanacion.com.ar 23/01/2010

Pedro Pablo GUERRERO/Las vanguardias chilenas vienen volando


Llega a Chile Nueva publicación
Las vanguardias chilenas vienen volando
Por Pedro Pablo Guerrero

Vicente Huidobro, Juan Emar, la revista Ariel, Rosamel del Valle, Eduardo Anguita, Pablo Neruda, María Luisa Bombal, el grupo Mandrágora, Nicanor Parra... todos ellos tienen en común el haber vivido el entusiasmo de las corrientes vanguardistas que llegaban de Europa en la primera mitad del siglo pasado. Un impulso que no se agotó ahí y que pudo proyectarse.

Bernardo Subercaseaux recuerda en el primer artículo del volumen Las vanguardias literarias en Chile que la voz "vanguardia" tiene su origen en el campo militar, y alude al que va adelante del cuerpo principal, liderando el ataque. En Francia, informa Waldo Rojas, la aplicación al campo artístico de la locución adverbial d'avant-garde caracterizaba hacia fines del siglo XIX a quien pretendía jugar un papel precursor en sus audacias. Salió de la jerga periodística y cristalizó en la expresión artistes de l'avant-garde , asociada a una heterodoxia estética, antiburguesa y heredera del romanticismo. El término sirvió más tarde, en la época de entreguerras, para cobijar en esta tradición de ruptura al movimiento Dadá, el cubismo, el futurismo y el surrealismo.

En Chile, Vicente Huidobro es "la figura epónima de la vanguardia" (Subercaseaux). Desde su célebre manifiesto "Non serviam" (1914), base del creacionismo, el poeta se aventura, solo, en desventaja, "heroico", a la sensibilidad dominante en el Chile del Centenario: criolla, rural y nacionalista. No es casual que el centro de gravedad del libro Las vanguardias... lo ocupen los trabajos dedicados a Huidobro por Ana Pizarro, Cedomil Goic y Waldo Rojas.

Por definición, entonces, la vanguardia es un movimiento -siempre plural- de avanzada, búsqueda y tanteo. Trabaja por ensayo y error. Explora territorios desconocidos, y algunas de sus patrullas se pierden para siempre en la escabrosidad de una geografía llena de farellones, acantilados y espesuras, como los paisajes de Max Ernst. ¿Qué habrá sido de los runrunistas de Benjamín Morgado, por ejemplo? ¿O de los adherentes al manifiesto Agú del malogrado Alberto Rojas Jiménez?

Desaparecidos en acción. Pero los sobrevivientes regresaron y recibieron honores, a veces perdurables; otras, pasajeros. Todos saben, más o menos, qué es el surrealismo; incluso hay quienes se declaran todavía sus herederos. ¿Pero quién sopesa, con justicia crítica e histórica, el legado de los mandragóricos? ¿O el trabajo pionero de Pablo de Rokha?

Respuestas estimulantes, categóricas o provisorias, abiertas al debate, ofrece el volumen Las vanguardias literarias en Chile . En uno de los "Diez puntos-manifiesto", emulando el tono, el uso del conteo regresivo (9, 8, 7...) y hasta la tipografía moderna de las proclamas vanguardistas, se afirma: "Rechazamos como insuficiente y anticuada la idea de que las vanguardias literarias luso-hispánicas de la primera mitad del siglo veinte fueron experimentaciones estériles y derivadas que no tuvieron ningún impacto sobre el desarrollo posterior. Al contrario, aseveramos que esas vanguardias deben ser apreciadas como expresiones artísticas valiosas, expresiones que al mismo tiempo funcionaban como preparación para la notable producción literaria de la segunda mitad del siglo".

Este mismo valor proyectivo es recogido por los editores chilenos del volumen, Patricio Lizama y María Inés Zaldívar, en la ingeniosa y clara filiación que llaman "Señas de identidad de este tomo". Tras completar los datos de nombre, fecha de nacimiento (alrededor de 1914), domicilio, etc., anotan en el lugar correspondiente a fallecimiento: "Nunca es definitivo, parecía que agonizaba alrededor de 1945, pero vuelve a revivir con Nicanor Parra y Gonzalo Rojas en los cincuenta, y de nuevo levanta cabeza en los ochenta... y seguimos. Tenemos para rato". Así lo comprueba, por lo demás, el artículo final que Miguel Gomes dedica a la postvanguardia de ambos autores.

La primera parte del volumen contiene una bibliografía de más de 200 páginas acerca de Emar, Huidobro, Bombal, Neruda y Mistral, entre otros consagrados, y autores menos conocidos, como Olga Acevedo y Juan Marín. Un total de 2.813 entradas que remiten a manifiestos y revistas (Claridad, Ariel, Dínamo, Agonal...). Materia prima de nuevas tesis, pensarán los investigadores. Pero también una brújula para que el neófito no se pierda en la selva de los ismos y pueda disfrutar de un viaje por el tiempo en el anexo final del libro: "Imágenes de la vanguardia chilena", con fotos de la bohemia, portadas de revistas y de primeras ediciones de libros inencontrables. Un álbum familiar en el que se mezclan rostros jóvenes y maduros demostrando que el rupturismo de las vanguardias no implica ausencia de genealogías.

Bien lo sabe Jaime Concha, quien ve en tres libros de Pedro Prado, editados entre 1908 y 1913, los primeros pasos de una vanguardia local. Hipótesis que avalaría la idea de quienes consideran al grupo de Los Diez, perteneciente a la Generación del Centenario, una "protovanguardia" o "puente" entre el modernismo y la vanguardia. Prado y D'Halmar, basta recordar, eran sus figuras centrales.

Remontando las raíces del pensamiento alemán -desde los poetas románticos a la trinidad Hegel-Freud-Marx- de Mandrágora, Orlando Jimeno-Grendi observa en sus autores un afán de síntesis de los contrarios, una alquimia fusionante del todo y sus partes, tan difícil de conseguir como la piedra filosofal. Carmen Foxley describe el sublime fracaso de Eduardo Anguita, resignado a la imposibilidad de restaurar la unidad original.

Luego de una nueva inmersión en las bóvedas de la memoria documental, Patricio Lizama rescata la revista Ariel y su valor "desinfectante" de los ojos y oídos de la crítica de su época: mediados de los años veinte. Ésa era al menos la intención de sus creadores: Fenelón y Homero Arce, Gerardo Moraga, Juan Florit, Rosamel del Valle y el pintor Efraín Estrada. Esfuerzo paralelo al de Emar en sus "Notas de Arte", publicadas en La Nación con el mismo propósito: impulsar una nueva crítica para formar el gusto y crear un público. Algo de lo que, por carencia de redes sociales y la publicación de obras intolerables para los críticos de su tiempo, no pudo hacer Pablo de Rokha, como señala Nómez al demostrar la temprana filiación vanguardista del poeta: desde sus primeros versos aparecidos en las revistas Selva Lírica (1916) y Claridad (1920), así como en su libro Los gemidos (1922). Un autor, acusa Nómez, relegado al olvido y "borramiento" por parte de los estudiosos de la literatura chilena y latinoamericana.

Una omisión parecida sufrieron, por décadas, las escritoras. Lucía Guerra insiste, con nuevos argumentos, en la construcción que hace María Luisa Bombal de un discurso resistente al orden patriarcal. Sin concesiones, la investigadora combate la manera en que los vanguardistas leían e incluso celebraban su obra desde su propia concepción de "lo femenino". Concepción de la que no se libró su contemporánea Winétt de Rokha, como señala María Inés Zaldívar al rescatar la obra y la figura de la poeta, quien renunció a su clase social y fue eclipsada por el marido a pesar del apoyo que éste siempre le dio a su labor creativa. Un hallazgo notable de Zaldívar es la carta abierta de Winétt (transcrita en un anexo) al escritor polaco Witold Gombrowicz, después de que éste expresara su desprecio por la poesía.


Guerra de trincheras

Como toda guerra -con su carga de exaltación, heroísmo, miserias y dolor-, la que impulsaron los vanguardistas contra la Academia y la crítica de comienzos del siglo XX, para conquistar el campo literario, permitió el desarrollo de nuevas tecnologías y la adopción de recursos, técnicas, imágenes, tópicos e incluso percepciones de mundo incorporados por los vates canónicos en sus obras mayores. El vanguardismo fue, en este sentido, una industria de material destructivo reconvertida, tras la conflagración, en una industria de maquinaria productiva. ¿Cuánto deben Neruda y Mistral a las vanguardias? Grínor Rojo y Paula Miranda niegan que Gabriela Mistral sea vanguardista, lo que no les impide advertir trazas de vanguardismo en Tala (1938). Luis Vargas Saavedra, en cambio, reconoce su vanguardismo, pero lo atribuye a una religiosidad heterodoxa, suspensión inestable de catolicismo, budismo y lecturas teosóficas tan comunes en esa época.

Con respecto a Neruda, sobre todo al de las Residencias , Selena Millares deja en evidencia sus contradictorias relaciones con las poéticas de vanguardia que, inevitablemente, lo permearon. El amor-odio del poeta es comprensible, considerando diatribas como la de Enrique Gómez-Correa en su prefacio a un libro de Rubén Jofré: "Manteneos puro, penetrad en el misterio. Huid de los concursos, de los premios literarios, de la lepra y de Neruda".

Sarcasmo despiadado tan propio de la guerra de trincheras de la vanguardia.


Los editores de "Las vanguardias literarias en Chile"

Cinco años tardaron Patricio Lizama y María Inés Zaldívar en publicar Las vanguardias literarias en Chile. Bibliografía y antología crítica , que se presentará el martes 19 de enero, a las 12 horas, en el Centro de Extensión de la Universidad Católica.

El libro nació de una iniciativa de los profesores Merlin H. Forster (Brigham Young University); K. David Jackson (Yale University) y Harald Wentzlaff-Eggebert (Friedrich-Schiller-Universität Jena), quienes han impulsado una colección acerca de la vanguardia que incluye países tales como España, Portugal, Argentina y Paraguay. La serie "Las vanguardias literarias. Bibliografía y antología crítica" aparece bajo el prestigioso sello alemán que dirige Klaus Dieter Vervuert.

María Inés Zaldívar, poeta y profesora del Instituto de Letras de la Universidad Católica, responde a las preguntas sobre el volumen y la serie a la que pertenece.
-¿Cuál es la finalidad de la colección?
-Permite tener acceso a un panorama de la vanguardia en la literatura, tanto acerca de la bibliografía en la materia como de la reflexión de especialistas. Una lectura de estos libros en su conjunto posibilita estudios comparativos, por ejemplo.

-¿Por qué asumieron usted y Lizama la tarea de editores?
-Merlin Forster, que vive en Estados Unidos, averiguó acerca de quiénes podrían hacer el tomo Vanguardias-Chile, y le dieron el nombre de Patricio Lizama, quien desde hace muchos años se ha dedicado a la investigación de este tema, en especial acerca de Juan Emar y las revistas de la vanguardia. Patricio, con quien somos colegas en la Facultad de Letras de la Universidad Católica desde hace más de diez años, me invitó a participar en el proyecto. Imagino que lo hizo por mi interés acerca de la poesía chilena, y en especial por mi inquietud acerca del papel de la mujer como poeta en la vanguardia. Forster viajó a Santiago y el proyecto quedó sellado a comienzos del 2004.

-¿Cómo eligieron a los autores de los 21 artículos que integran la segunda parte del libro?
-Los autores y autoras de los artículos fueron elegidos en relación a los temas y autores que habíamos definido previamente. Buscamos a las personas que consideramos eran las apropiadas por su especialidad.

-¿Cuál fue la principal dificultad que enfrentaron?
-Pienso que acotar nuestro objeto de estudio. Esto significó definir qué entenderíamos por vanguardia. Luego de establecer que trabajaríamos fundamentalmente entre los años 1920 y 1945, uno de nuestros desafíos fue seleccionar autores y autoras de manera representativa, sin exclusiones imperdonables. Nuestra dificultad tuvo paradójicamente que ver con la cantidad y calidad de autores con que contamos en la vanguardia chilena.

-¿Es un libro para especialistas o para cualquier interesado en el tema?
-Quizá la parte que contiene la bibliografía sea de mayor utilidad para los especialistas, aunque también puede servir como una guía para alguien que quiere iniciarse en la materia. Con respecto a los estudios críticos, creo que perfectamente pueden ser leídos por cualquier persona que esté interesada en el tema. La profundidad y riqueza del análisis no tiene nada que ver con la oscuridad de la escritura. Fue uno de nuestros desafíos.

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 17/01/2010
Ilustracion: Vicente HUIDOBRO

Nicolás ROJAS INOSTROZA/El chileno y las malas palabras


Lenguaje. Palabras disonantes, ofensivas, blasfemas
El chileno y las malas palabras
Por Nicolás Rojas Inostroza

El término "malas palabras" puede despertar diversas percepciones en el lector. Probablemente imaginará palabrotas, groserías y obscenidades. Pero los vocablos, por real y académico dictamen, son inocentes. La culpabilidad recae en la inevitable expresividad de los simples mortales.

"La incorrecion con que en Chile se habla i escribe la lengua española es un mal tan jeneralmente reconocido como justamente deplorado". Así principiaba el Diccionario de Chilenismos escrito por Zorobabel Rodríguez en 1875, una de las primeras investigaciones en torno a los vocablos locales.

La historia consigna malas palabras desde tiempos pretéritos. Mencionar nombres de dioses, reyes, sacerdotes o difuntos podía llegar a costar muy caro en algunas culturas. Los castigos oscilaban desde la prisión, en el reino de Siam, hasta la pena de muerte entre los guajiros de Colombia.

Por la boca muere el pez

Hace 30 años que Héctor Velis-Meza habita un departamento a un costado del Cerro Santa Lucía. El lugar es tan amplio que sus tres gatos pasan casi inadvertidos, a diferencia de las trescientas representaciones de felinos que adornan su vivienda. Este periodista de la Universidad de Chile se reconoce trabajólico, amante de la literatura, las noches, el vino, la música clásica y el jazz. Al cumplir 60 años, con 25 libros publicados, decidió exteriorizar su lado B del interés por el origen de los vocablos escribiendo una obra con portada curiosa: Malas palabras con historia (Cerro Huelén, 2009).

La predilección de Velis-Meza por el origen e historia de las palabras se inició al leer en un libro que el término testamento derivaba de testículo. El texto consignaba que los romanos al declarar ante un juez lo hacían de pie con la mano derecha sobre los testículos. Era la forma de jurar por su virilidad que lo afirmado era cierto. Ese hallazgo despertó la "furia de empezar a buscar" del periodista que odia la palabra trabajo. Los métodos para hallar el origen son diversos: van desde analizar extensas bibliografías hasta interrogar a sus alumnos en clase. El autor de Malas palabras con historia , profesor en las universidades Central y Uniacc, advierte que hay dos actos en la vida de los que no sirve arrepentirse: tirar una piedra a un ventanal o cuestionarse el uso de una palabra que ya ha salido de la boca. El escritor Robert Burton advirtió que "una palabra hiere más profundamente que una espada".

"A mí no me gusta explicarle a una persona qué significa una palabra; me gusta contarle de dónde salió", señala el académico que tiene facebook, blog y twitter con más de tres mil seguidores. ¿Cuáles son las malas palabras? Preguntó mediante estos instrumentos y así nació el texto que incluye la historia de vocablos tan diversos como alcahuete, burocracia, caca, cesantía, cínico, colusión, cornudo, chaquetero, desmán, estafar, huevón, macabeo, maraca, moco, palurdo, pedo, poto, picante, suche, tortura, usura o zángano.

"El lenguaje, como la música, tiene que tener armonía". Hablar bien, dice el periodista, es como ir conduciendo por una autopista, pero el usar alguna palabra inadecuada es desviarse por un camino de tierra. Velis-Meza recuerda con humor el testimonio del lingüista Hiram Vivanco publicado en "El Mercurio" en 2004. La hija adolescente del profesor hablaba por teléfono con una amiga sobre la llegada del verano y la conveniencia de depilarse. Vivanco alcanzó a escuchar: "Anda donde la Juanita, porque ahí depilan la raja". El padre se horrorizó al interpretar la palabra como un sustantivo y no como un adjetivo.

El término "mojón" ha sido distorsionado de su acepción original, derivada del vocablo latino mútulo, que significa montón. "Un mojón, desde siempre ha sido una indicación permanente que se instala en caminos y poblados para que sirva de orientación a los viajantes. Igualmente se emplea con el fin de determinar deslindes y límites en las fronteras", explica el texto. El significado comúnmente utilizado en Chile ya es conocido.

A juicio de Velis-Meza, hay palabras malas por partida doble. Éstas no sólo desagradan por lo que significan, sino también por su sonoridad, como gargajo (flema) o buitrear (vomitar).

La esquiva historia

Sobre el desarrollo o evolución de las malas palabras en Chile, Abelardo San Martín, director del Departamento de Lingüística de la Universidad de Chile, reconoce que hay muy poca información básicamente porque en la Colonia sólo la escritura perpetuaba las palabras. Hay muchos vocablos que nacieron y murieron en la oralidad. Sobre la disposición de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), el académico reconoce un avance importante con el pasar de los siglos: "Ha vivido una feliz evolución, desde una academia censora, más relacionada con la cultura literaria clásica. Incluso en el pasado clérigos ejercían el rol de censores lingüísticos (...) La Academia prohibía las expresiones soeces, desprestigiadas. Actualmente acepta estas expresiones, las estudia y las reconoce como palabras que existen".

Los expertos coinciden en un aspecto: las palabras creativas son las que perduran. "No quiero generalizar, porque esto tiene que darse en todas las culturas y lenguajes, pero el humorismo, el aspecto expresivo-emotivo en el lenguaje es muy propio de Chile", señala el lingüista que recibió el Premio Rodolfo Oroz de la Academia Chilena de la Lengua por una investigación en torno al lenguaje empleado en el diario "La Cuarta". San Martín, curiosa casualidad, puntualiza que el español popular de Chile le debe mucho al lunfardo argentino.

Desde Valdivia, Claudio Wagner, doctor en lingüística y miembro de la Sociedad Chilena de Lingüística, trabaja en un interesante proyecto desde 1997. Se trata del Atlas Lingüístico de Chile, que recogerá encuestas realizadas en 216 localidades del país y lugares fronterizos. El cuestionario incluyó 1.650 preguntas sobre la denominación de diversos términos. Esta iniciativa es pionera en la historia de Chile, y será la fotografía de cómo hablamos de norte a sur. El ex profesor espera publicar los dos primeros volúmenes -de un total de cinco- en el primer semestre de 2010.

"Aunque la gente haga variar su lenguaje para entenderse con el otro, normalmente uno hace caso omiso de esas diferencias y son muy pocas las que uno acepta como innovación, las que se incorporan son aquellas que a uno le agradan, aquellas en que uno ve que hay una voz expresiva (...) En un 98% de los casos, no hacemos caso de lo que el otro dice como diferencia con nuestra lengua y solamente en un 2% aceptamos innovaciones de otros y las asumimos como propias. En la medida en que muchos hagan lo mismo, tales o cuales palabras se harán comunes", señala Wagner con calma al otro lado del teléfono.

Naturales del comodín

"El lenguaje se ha empobrecido; entonces las malas palabras se están usando como comodines", sentencia Héctor Velis-Meza. Consultado, al igual que diez expertos, sobre la evolución de las malas palabras en Chile, no recuerda ninguna investigación específica de estas mutaciones. Un dato interesante: el número de chilenismos en el Diccionario de la RAE bordea los dos mil.

"Hoy día somos más naturales", afirma el periodista. Pero la naturalidad ha empobrecido el lenguaje. "En promedio, los chilenos usan sólo 800 palabras de las más de 80 mil entradas que posee el diccionario; estamos al borde del analfabetismo", finaliza, con buenas palabras, desde su sillón.

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 17/01/2010

Los detractores de BORGES


Los detractores de Borges

Sus enemigos quieren hacernos creer que su obra es unidimensional y excluyente. Esto no sólo es falso, sino que atenta contra el pensamiento mismo de Borges.

Entre las perplejidades que nos depara a veces la crítica literaria está la de haber acusado a Borges de no ser un escritor argentino. Se le reprochaba que recurriera a filósofos como Spinoza, Berkeley o Schopenhauer, y a escritores como Stevenson, Kipling o Chesterton, en desmedro de la literatura y la cultura rioplatense. Jorge Luis Borges es un escritor "europeizante", afirmaban con desdén. La mejor defensa vino de Ernesto Sabato. Sostuvo que aplicarle ese término con intención peyorativa era absurdo, porque ser europeizante es justamente un rasgo argentino. Los europeos -agregó- no son europeizantes; son simplemente europeos. El mismo Borges ya se había hecho cargo de objeciones análogas en un artículo titulado "El escritor argentino y la tradición". Dice que Shakespeare se habría asombrado de que los nacionalistas ingleses lo criticaran por haber escrito "Hamlet", de tema escandinavo, y "Macbeth", de tema escocés. A lo que uno podría agregar "Romeo y Julieta'', de asunto italiano, y "Otelo'', que ocurre en Venecia y cuyo protagonista es un moro. Borges pide que los escritores no tengan miedo y que ensayen los temas que quieran, sin excluir ninguno. No hay que concretarse sólo a lo nacional para ser argentino, dice, "porque o ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara".

Al margen de su estrechez conceptual, la acusación revela o mala fe o un gran desconocimiento de la obra de Borges. Cierto, muchos de sus cuentos, poemas y ensayos se nutren de la cultura occidental. De Zenón de Elea a Bertrand Russell; de Homero a Kafka. ¿Quién podría negarlo? Pero también son gravitantes los temas rioplatenses o criollos. Cómo olvidar que su primer libro de poemas, publicado en 1923, se llama Fervor de Buenos Aires y el tercero Cuaderno San Martín . Difícil encontrar títulos más explícitamente argentinos. Los dos incluyen poemas sobre diversos lugares de la capital: la Plaza San Martín, el barrio de la Chacarita o el cementerio de la Recoleta. No sólo eso, en casi todos sus libros circulan personajes de la historia de Argentina, como Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, Domingo Faustino Sarmiento o Eva Perón. Hasta en la canción arrabalera ha incursionado el autor de Ficciones . En este género tendríamos que destacar las milongas de Para las seis cuerdas, que han sido musicalizadas por Astor Piazzolla.

Y cómo no recordar entre sus cuentos el ya clásico "Hombre de la esquina rosada" y su contraparte "Historia de Rosendo Juárez". Aunque están localizados en los suburbios rurales de Buenos Aires, y tanto el argumento como los personajes tienen que ver con querellas entre guapos de poncho y chambergo, la técnica que empleó Borges viene de Stevenson y Chesterton. ¿La presencia de esos modelos probaría que son cuentos "europeizantes"? Para nada. Porque lo que hace Borges es "nacionalizar" esa técnica y ponerla al servicio de un tipo de discurso y de una identidad que sólo pueden existir en Buenos Aires y no en Londres o Edimburgo.

Por último, habría que considerar el libro Evaristo Carriego , un extenso y minucioso estudio sobre el llamado poeta del suburbio y sobre el barrio porteño de Palermo, que incluye nada menos que una "Historia del tango". A lo que habría que agregar sus textos sobre el Martín Fierro y la poesía gauchesca. Todo este despliegue constituye, qué duda cabe, un contundente corpus "nacionalista".

La miopía de los detractores de Borges quiere hacernos creer que su obra es unidimensional y excluyente. Esto no sólo es falso, sino que atenta contra el pensamiento mismo de Borges, para quien la cultura argentina no tiene que optar entre el letrado de la ciudad y el gaucho de la llanura, como quería Sarmiento, porque esas opciones se superponen y complementan. En suma, el Borges "europeizante", y el otro Borges, el que escribe sobre temas criollos, son uno y el mismo. A Borges sólo se le puede acusar de lo siguiente: de haber transformado la literatura nacional en literatura universal, y la literatura universal en literatura nacional. Cómo nos gustaría que otros escritores cometieran ese mismo pecado.

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 17/01/2010

Patricio TAPIA/La vida surrealista de André BRETON


Biografía y cartas Perspectivas sobre el escritor francés:
La vida surrealista de André BRETON
Por Patricio Tapia

Aparece en castellano la probablemente mejor y más completa biografía del fundador del surrealismo, al mismo tiempo que unas cartas dirigidas a su hija.

El surrealismo, uno de los movimientos artísticos más influyentes del siglo XX, no fue una construcción retrospectiva, sino concebido conscientemente como un aparato y, en cuanto tal, contó con comités, manifiestos, oficinas, investigaciones, disputas intestinas, purgas y también un guía. No obstante su papel fundamental en él -como fundador, mayor teórico y mentor-, André Breton ha permanecido una figura enigmática y elusiva.

La biografía de Mark Polizzotti llenó en su momento muchos de los vacíos que existían en torno suyo. Él pudo entonces consultar papeles y correspondencia inéditos. La nueva edición española incorpora gran número de datos nuevos surgidos en los años posteriores a su publicación original en 1995: desde los que dicen relación con la vida y muerte de la protagonista e inspiradora de Nadja -Léona-Camille-Ghislaine Delcourt (1902-1941), encerrada en un hospital psiquiátrico en 1927- hasta los que se desprenden de la subasta de la colección privada del escritor en 2003 (cuyos ingresos superaron los 46 millones de euros).

Vida

Del libro de Polizzotti surge un hombre lleno de contradicciones. Un fanático de la novedad, cuyos días tendían a la inmovilidad y la costumbre. Un defensor de la transgresión y la libertad sexual que no toleraba la promiscuidad o el homosexualismo. Alguien que buscaba lo marginal e insano, pero que fue incapaz de afrontar la locura de Artaud y de Nadja. Un campeón de la liberación que rigió al surrealismo con autocrático ímpetu, iras incendiarias por asuntos triviales e imponiendo sus gustos: muchas veces vestido de verde -enteramente en el "juicio" a Dalí-, exigía a su grupo que consumiera comidas y bebidas del mismo color.

Nacido en 1896, estudió medicina y participó en la Primera Guerra. Sus devociones juveniles (Rimbaud, Lautréamont), sus maestros mayores (Valéry, Apollinaire) y de su edad (Jacques Vaché, Jean Paulhan) lo llevaron a crear un movimiento de vanguardia -el surrealismo-, cuyo desarrollo en parte se confunde con su vida; y fue quizá la soledad de su infancia la que determinó su necesidad adulta de formar grupos.

Entre 1920 y 1924, cuando se publicó el primer "Manifiesto del surrealismo", el grupo de sus amigos que conformaría el núcleo duro (Aragon, Soupault, Éluard) estuvo dedicado a la experimentación de técnicas y procedimientos que les permitieran expresar el funcionamiento real de la mente. El surrealismo propugnó algunos escándalos (el más célebre, en un banquete al poeta Saint-Pol-Roux), logrando su mayor despliegue tanto ideológico como literario entre las dos guerras mundiales. Algunos de sus "hallazgos" (la alquimia verbal, el azar objetivo y la escritura automática) serían más tarde de utilización generalizada.

La inteligencia tajante de Breton iba acompañada de una prédica vigorosa. Como señaló Julien Gracq, sobreviviente un poco excéntrico del movimiento: "Muy a menudo da la impresión -con sus intransigencias, sus exageraciones, la fulminante rigidez de su ortodoxia- de ser el San Pablo del surrealismo, en lugar de su fundador". Indudablemente carismático, pareciera que no hubo nadie importante en la transformación del siglo XX que no conociera: no sólo artistas, sino también figuras como Freud, Trotski o Claude Lévi-Strauss (al primero lo conoció en su viaje a México en 1938; al segundo en su viaje a Estados Unidos en 1941). El listado de nombres vinculados de una u otra forma (asociados intermitentes, pasos fugaces) es impresionante: Duchamp, Man Ray, Picasso, Caillois, Giacometti, Lacan, Artaud, Bataille, Chagall, Char, Crevel, Desnos, Max Ernst, Salvador Dalí (al que llamó después anagramáticamente "Avida Dollars").

Política y amores

El libro hace un recorrido cronológico, abordando las problemáticas relaciones con el comunismo (desde la colaboración a la denuncia), su trayectoria desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, su exilio estadounidense (más bien triste, salvo porque conoció a su tercera esposa). Atiende su vida romántica: sus tres esposas: Simone Kahn, Jacqueline Lamba y la chilena Elisa Bindhoff, y entre ellas diversos amores, breves pasiones y amantes; algunas de las más importantes: Lisa Meyer, Suzanne Muzard -quien inspiró el más famoso y quizá mejor de sus poemas, "Unión libre", aunque lo utilizaría después con sus nuevos amores-, Valentine Hugo, Colette Pros, Marcelle Ferry, Joyce Mansour.

También muestra cómo el vehemente y politizado Breton de los años 20 y 30 era, en los 50, una especie de sabio, apartado y sedentario; prácticamente una institución, lo que seguiría siendo en sus años finales.

Cartas a la hija

En uno de sus libros más famosos, "El amor loco", Breton extendió sus reflexiones en una carta final dirigida a "Écusette de Noireuil", su hija, de meses de edad. Breton estipuló en su testamento que su correspondencia no podría publicarse, sino 50 años después de su muerte, salvo las cartas enviadas a su mujer y a su hija, de las que "ellas dispondrán libremente". Nacida en 1935, hija única de Breton y Jacqueline Lamba, Aube Breton-Elléouët ha dispuesto libremente publicar 61 cartas que su padre le envió. Y se descubre un amor paternal que sorprende en un hombre que parecía una estatua de mármol. "Querida pequeña hada Aube", "Mi pequeña querida"... la llama en el curso de las cartas. Las primeras (de septiembre de 1939, Aube tiene entonces 4 años) son adornadas con dibujos o collages. Las últimas postales, de mayo de 1966, son de un viaje a Bretaña, pocos meses antes de la muerte de Breton. Entremedio, sus viajes, sus encuentros, sus preocupaciones financieras o judiciales, sus placeres, los consejos para que mejore en ortografía o cálculo, que no olvide escribir a su abuelo, y gente que desfila, gente como Péret, Matta, Tanguy, Gracq, Duchamp...

Mark Polizzotti: Breton, estremecimiento y aventura

En el primer número de la revista surrealista "Médium" (1953) apareció una de las tantas encuestas que los integrantes del movimiento gustaban de hacer. Se preguntaba: "¿Le abriría la puerta a:?", mencionando personajes célebres y debatidos. De André Breton, personaje tan célebre y debatido como los consultados, no existía una biografía completa hasta que Mark Polizzotti -traductor y crítico literario (actualmente director de publicaciones de un museo)- escribió "Revolución de la mente".

-¿Por qué decidió abrirle la puerta a Breton y escribir su biografía?
"Le 'abrí la puerta' a Breton porque él me abrió la puerta. Él evocó un mundo que era como una salpicadura de vivos colores sobre un trasfondo gris. Hay un sentido de estremecimiento y de aventura que se vislumbra en sus escritos que se torna aún más emocionante en lo que está al alcance de todos. Y este sentido parece tan válido hoy como lo fue en el París de los años 20 y 30, y quizá aún más necesario".

-La imagen del Breton burgués es algo así como un mito. Según su libro, muchas veces vivió casi en la pobreza...
"Breton fue ridiculizado por sus enemigos. Él era enormemente carismático, pero de vez en cuando bastante vengativo, y los que perdieron su favor podían ser tratados cruelmente, y responderle. Tenía hábitos muy regulares. Breton era un visionario, pero también una especie de presidente de una empresa, asegurando el tiempo y la tranquilidad para poder escribir. Debido a esta vida regular adquirió la reputación de un burgués llevando una vida cómoda. Pero la realidad es que, aparte de unos empleos casuales, vivió de los magros derechos de autor y de la venta ocasional a coleccionistas de una pintura o manuscrito. Y muchas veces el dinero se le acabó y su departamento, por un tiempo, no tuvo gas o electricidad".

-Si el fantasma de Breton hubiera sobrevolado Sotheby's en 2008 habría visto pagar 3,2 millones de euros por nueve de sus manuscritos. Hablando de subastas, ¿qué opinión le mereció la de la colección privada de Breton en 2003?
"Alguna gente me pidió participar en las protestas contra esa subasta, siempre me negué. Primero: los herederos de Breton ya eran incapaces de conservar en privado la colección, cada vez más valiosa, y sujeta a enormes impuestos. También puso gran cantidad de documentos importantes y antes inaccesibles al alcance de futuros estudiosos. Y algo más: tuve la fortuna de visitar a Elisa, la viuda de Breton, en el viejo departamento en la Rue Fontaine: el estudio, 20 años después de su muerte, estaba inalterado; pero al mismo tiempo, muerto, congelado en el tiempo. Una vez muerta Elisa, ¿para qué conservarlo como una pieza de museo?"

-¿Por qué cree que muchos de sus proyectos (Oficina de Investigaciones Surrealistas, Congreso de París, revistas) se desvanecieron tras el entusiasmo inicial?
"Breton era un hombre muy entusiasta, pero su entusiasmo se debilitaba con el tiempo. Como Jean Schuster, su albacea literario original, me dijo, simplemente se aburría al cabo de un tiempo y tenía la necesidad de avanzar hacia algo más. Se ve en las revistas, algunas búsquedas del grupo (como las preguntas sobre la sexualidad o la Oficina), y también en sus amistades".

-¿Hay una distancia entre el ideal sobre el Amor de Breton y su vida romántica, o es que "el amor es eterno mientras dura"?

"Breton era un 'monógamo sucesivo', dedicado a una mujer a la vez (a diferencia de Eluard, a quien criticó por promiscuo). Él creyó intensamente en el amor, y fue dañado por eso. Puso muy altas, y quizá poco realistas, esperanzas al principio de sus relaciones e inevitablemente se decepcionó. Me parece que Breton sólo se enamoró de verdad quizá cuatro veces en su vida, y en dos de aquellas relaciones, la mujer lo abandonó".

-¿Le hubiera gustado ser su amigo?
"Me habría gustado conocerlo, pero no sé si nos hubiéramos llevado bien. Cuando comencé a leerlo entré en una especie de relación de amor/odio con el personaje que proyectaba. Pero sospecho que soy demasiado independiente y mala comparsa como para haber tenido amistad con él. Exigía demasiado. Y no creo que pudiera haber escrito este libro si no sintiera una cierta objetividad".

-¿Suscribe usted la frase de que el surrealismo no cambió la vida, pero, en todo caso, la oxigenó bastante?
"¡Absolutamente! El surrealismo intentó -con mayor o menor éxito- infundir en la vida diaria la clase de maravilla y asombro que siente un niño, o que a veces experimentamos en sueños o en estados alterados. De más está decir que los surrealistas a menudo fracasaron en lograr este objetivo, pero incluso el intento fue hermoso".

-¿Cuál cree que es su mayor legado?
"Dos cosas: el deseo de desenterrar lo maravilloso de la vida cotidiana, quizá aún más importante hoy que en tiempos de Breton. Lamentablemente, ha sido desnaturalizado por el empleo más cliché de la palabra 'surrealismo'. Lo segundo, por lo cual no se ha dado suficiente crédito a Breton, es una notable clarividencia en política. Como muchos otros, tuvo una especie de punto ciego sobre el Partido Comunista al comienzo, pero cuando la naturaleza del régimen estalinista se hizo evidente, fue de los primeros intelectuales izquierdistas europeos en adoptar una postura crítica. Y no desahogó su desilusión del comunismo yendo a otros 'ismos', sino que permaneció en una firme independencia, aun cuando le costara una serie de relaciones y amistades cercanas".

-¿Tiene usted alguna explicación para su obsesión por el color verde?
"Es un gran misterio. No sé por qué él estuvo tan obsesionado con el verde, pero eso comenzó de muy joven y se extendió a todo, desde los alimentos y la ropa al arte y a la tinta de su pluma. Tal vez alguien debería escribir un libro sobre las obsesiones del color en la literatura..."

La conexión chilena

Aunque el tema había sido antes abordado (por Marcela Godoy Divín, por ejemplo), las noticias que entrega Polizzotti son muchas y variadas. Según él, por ejemplo, Breton, de adolescente, invirtió el dinero de un premio escolar en comprar a un marino una muñeca de la fertilidad que había traído de Isla de Pascua , el primer objeto de la que llegaría a ser su extensa colección. Como Breton publicó en la revista de Reverdy "Nord-Sud" en 1917 y 1918, quizá pudo conocer a quienes formaban el círculo íntimo de Reverdy, entre otros Vicente Huidobro (es la única mención a él en la biografía).

Un artista de cierta importancia en el surrealismo fue Roberto Matta : conoció a Breton en 1937, con una carta de Dalí. Hicieron buenas migas (pasaron un Año Nuevo juntos, y después unas vacaciones). Pero Matta fue expulsado del surrealismo en 1948 (al parecer, informa Polizzotti, por hacerlo en parte responsable del suicidio del pintor Arshile Gorky, cuya esposa lo abandonó, estando en amoríos con Matta), aunque sería reinstalado en 1959, después de, según Polizotti, marcarse con un fierro al rojo vivo la palabra "Sade" en el pecho.

La presencia chilena de mayor importancia en la vida de Breton, sin duda, es la de Elisa Bindhoff , a quien Breton conoció en 1943 y que desde 1944 se convirtió en su compañera casi inseparable. Y ella es la figura central de su libro "Arcano 17". Por otra parte, Breton escribió el poema "El menor rescate", dedicado "al país de Elisa" (su inicio en versión de Braulio Arenas, quien también tradujo "Nadja"): "Tú que roes la hoja más fragante del atlas / Chile/ Oruga de mariposa lunar". Elisa, hasta su propia muerte, en 2000, se opuso a mudarse de su casa y mantuvo el estudio de Breton prácticamente intacto.

La presencia del surrealismo en Chile (que según Stefan Baciu consiguió desarrollarse como en ningún otro país del continente) es otra historia y va desde "La Mandrágora" hasta "Derrame"...

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 17/01/2010

Rodolfo BRACELI/Juan GELMAN: "¿Quién dice que la poesía es inútil?"


"¿Quién dice que la poesía es inútil?"
Por Rodolfo Braceli

Juan Gelman, premio Cervantes, es considerado uno de los más importantes poetas en lengua española. Aquí habla de su vida, su infancia, su juventud, su familia, su nieta y el oficio de escribir maravillas en forma de verso

La conversación, esta conversación, empezó en 1965. Entretanto, media vida. O un pestañeo de tiempo, si es el sol el que mira. Gelman llega a Las Violetas diez minutos después de lo acordado. Ya por el modo de disculparse advierto que, por más que sea argentino y Premio Cervantes, sigue siendo Juan. Este hombre sin corbata, campera liviana, no podría tener otro nombre que el de esa sola sílaba arrojada. En la confitería están armando dos mesas de temer, una para veinte varones y otra para cincuenta mujeres. Será difícil conversar en esta babel. El mozo, pícaro, avisa: "Serán sólo cuarenta y nueve". "Ah no, si no son cincuenta, nos vamos." Cruzamos de vereda y encontramos más sosiego en el café-pizzería Tuñín. Me quedé tildado con una pregunta huevona, que no hago: ¿Alguien al que sólo le resta el premio Nobel puede ser tan uno más? Pensé encontrarme con un tipo con ojeras de melancólico, gruñendo falta de tiempo. Pero no. Se disculpa otra vez por la tardanza. Viene de almorzar con un nieto y me muestra, como si fueran trofeos, una longaniza y un par de vidrios con vino de Luján de Cuyo adentro.

"Un espresso con espuma de leche", pide este hombre que supo encontrar a su nieta robada en los años de limbo y de infierno, cuando no sólo se violaba a la vida, también se violaba a la muerte; y se robaban criaturas. Su dolor de padre y de abuelo pudo haber estrangulado a su poesía metiéndola en el callejón del puro desgarramiento y del furioso reclamo. Pero Gelman no abdicó; sin arriar el insomnio de su conciencia, no le dio tregua a la espiral sedienta de su poesía. Vadeó las eternas preguntas eternas y afrontó las de un tiempo inclemente en el que el surrealismo se volvió canción de cuna porque en la palpable realidad la condición humana se desfondó. Este hombre, ¿qué viene haciendo con su poesía? A las cansadas palabras, tan deshilachadas, tan desteñidas, él directamente les mete tajo, hondo, las raja por la costura o por donde venga, las hace crujir, alarir. Destripando palabras, al sustantivo lo muta verbo; al otoño lo hace otoñar; al pan, panar; ¿y al mundo? Mundar. No le alcanza a Gelman con llevarse bien con la sintaxis, él necesita ir por más, tajo mediante, buscando, como Girondo, "la másmedula", y después.

Traigo yo un par de fotos del encuentro de hace 44 años. Se las mostraré más tarde. Empiezo con una pregunta grave:

-¿Cómo te llevás, Juan, con eso que llamamos "el tiempo"?
-El único consuelo es que envejece con uno.

-Los años vienen más cortos, ¿nos están afanando? A vos, ¿cuántos meses te duró este año?
-Esto depende de lo que pase, viejo, a mí me resultó muy largo. Es lo que llaman el tiempo psicológico. Pero si pienso que voy a cumplir 80, digo ¡pucha, qué rápido pasó!

-¿Cómo es eso de tener 80?
-Lo estoy averiguando.

-¿Te jode si hablamos lo menos posible de literatura?
-De lo que quieras. Vos preguntá.

-Contame de tu parto. ¿Colaboraste o te sentaste en la retranca?
-Colaboré. Cuando mi madre me dio a luz, yo quería estar al lado de ella, es lo menos que puede hacer un caballero.

-¿Te recordás naciendo?
-¡Por supuesto! Lo que me costó. Parece que mi madre estaba bien conmigo y no me dejaba afuera. Estuvo veintiséis horas en lo que se llamaba la cama dura, hasta que yo, peleando un poco, pude salir, con cinco kilos y medio. Me llamaban el torito de la sala y según mi mamá, me quiso robar una monja.

-Una monja, casualmente.
-Creo que esto pertenece a la leyenda familiar.

-Por ahí no es leyenda. Alguna vez Bradbury me contó que chequeó con su madre cosas que él recordaba de su cuarto día. Por ejemplo, al doctor que se inclinaba sobre él con el bisturí para la circuncisión.
-No sé, no sé...

-¿Te suena a mentira?
-Más bien me resulta no cierto.

-Volvamos a tu nacimiento.
-Fue a las once de la mañana, creo. Había luz de día. Yo fui el último hijo. Los otros eran uno ucraniano y la hermana, moscovita. Yo, porteño. Nací en el hospital Durand. Había una cancha por ahí, a la que después íbamos los del barrio a jugar a la pelota.

-Para muchos no de carne, de fútbol somos. ¿El fútbol te interesa?
-Sí, claro, por supuesto.

-Seguro hincha de Atlanta.
-Sí, hombre, no me lo recuerdes. Siempre de Atlanta, ¡aunque ganara!

-Cuando se ronda, intenso, los 80, ¿se siente la presencia de los padres?
-Sí, es curioso, porque más bien lo que he sentido es la presencia de mi madre y últimamente estoy sintiendo la de mi padre. Lo veo por los poemas que escribo. Gestos cariñosos de él recuerdo uno o dos, a lo mejor hubo más. Una vez que estuve enfermo a los 12 años, se sentó al lado de mi cama y me leía cuentos de Scholem Aleijem en idish. Me acuerdo de eso, pero era un hombre silencio; para mí, distante. Y sin embargo cuando muere, en 1964, me costó mucho admitirlo, mucho. Yo llegué a casa, ya le habían puesto la tapa al cajón y exigí que la levantaran porque no podía creer que se hubiera muerto. Yo tenía 34 y él 74. Y bueno, después la vida y las cosas... Sí, en los últimos años aparece mi padre. No sé por qué se produce porque ya... mis hijos, bueno, a uno lo mató la dictadura, la otra vive aquí, ya tiene más de 50; hace años que no convivo con hijos. A lo mejor ésa es la razón, no sé.

-¿Alguna otra imagen de tu papá?
-Pocas palabras... después fui entendiendo su pasado. En las familias se hablaba poco de ciertas cosas importantes. Lo que pasó durante la inmigración quedaba atrás; cortina y a otra cosa. Recién a los 70 descubrí que había tenido otro hermano, que murió en Rusia. Y era hermano de mi hermano mayor; ni siquiera él me habló de eso. No hijo de mi mamá, sino del primer matrimonio de mi papá. Mirá, nunca supe el nombre. Quien me habló de él y me mostró una foto fue la viuda de mi hermano Boris. Así que recuperé un hermano, muerto, mil años después de que se fuera. Historias que pasan en la mayoría de las familias, zonas que no se tocan... No sé, el secreto familiar siempre anda por ahí. Que si una tía fue borracha, que si otra se escapó con un tipo...

-Con tu padre no se hablaba de mujeres.
-No. Por Dios. Cómo ibas a hacer eso.

-La palabra sexo...
-... nunca la escuché en mi casa. Sí en la calle, en el colegio, ja, pero en la casa... Mi papá era carpintero, después fue poniendo una pequeña fábrica de camisas. Una empresa familiar, años de crisis, hasta yo ayudé un poco lavando lo que llamaban esqueletos de los pedidos. Bueno, después de la Guerra Mundial la cosa mejoró, pude estudiar, mi hermana también. Y ya me vine grande, me casé, me fui de casa.

-¿Y tu mamá?
-Ella apoyó esta pequeña empresa. Mi padre enfermó, años padeció lo que supongo que era un cáncer, porque lo tuvieron que operar, y ella sostuvo la casa. Por otra parte, era una mujer culta, leía mucho. No sé cómo hacía, pero a mi hermana y a mí nos llevaba una vez por año al Colón, al paraíso. No sé, juntaría los centavitos. Ahí escuché a lo mejor de la época. Un acontecimiento para los hijos era. Cuando las cosas mejoraron, nos puso a estudiar piano y demás... me llevaba al cine...

-Siempre hay una película iniciática.
-Sí, me acuerdo que me llevó a ver... esa película del panadero que quiere suicidarse porque lo engaña la mujer... También me llevaba al teatro. En su juventud estudiaba medicina; se produce la revolución rusa y cambia todo. Y mi papá también era un hombre culto, participó en la revolución rusa de 1905. Cosa que nunca me dijeron en casa pero que yo averigüé con la familia en Moscú, cuando fui. Él era uno de esos obreros activistas del centro de Europa y del Este, que sabían de todo: política, economía, historia, literatura, lingüística... Dirigentes obreros así raro que haya.

-En tu casa libros no faltaban.
-Siempre había libros. Boris era un lector voraz, yo le saqueaba la biblioteca; se hacía el que no se daba cuenta él. Tuvimos una relación muy buena. Me enseñó a jugar al ajedrez, me recitaba poemas de Pushkin en ruso... Todavía me acuerdo de algún verso aunque sigo sin saber qué significa.

-Si recordás, es que algo rescatabas.
-Sí, la música y el ritmo. Yo creo que eso influyó en mi relación con la poesía, que el que me despertó algo fue mi hermano. Me recitaba esos poemas a los 5 o 6 años míos, y yo no entendía un pito. Alguna vez me tradujo qué era, pero nunca los retuve, lo que me encantaba era el ritmo y el sonido del ruso. Yo lo acosaba, le pedía que me los volviera a decir. Y eso me creaba una sensación como de estar en otra parte, en el sentido de sentir algo no habitual.

-¿Te recordás aprendiendo a leer?
-Me enseñó Teodora, mi hermana, que falleció cerca de Jerusalén. El tema de la dispersión de la familia es una constante, porque mi hermano falleció en Brasil y tengo cuatro nietos en cuatro países.

-No te queda otra que ser ciudadano del mundo.
-Vos sabés que eso no existe, porque, mirá, yo no creo que exista tampoco el amor a la humanidad.

-¿Y aquello del amor universal?
-Uno no puede querer a la humanidad entera, no existe el amor universal; no puedo querer a los militares que mataron a mi hijo. Entonces mi amor es bastante selectivo.

-Volvamos sobre Juan aprendiendo a leer.
-Mi hermana dijo públicamente que yo aprendí a los 3 años; lo dudo. Esa cosa de embellecer, ¿no? Aprendí antes de ir a la escuela, eso sí.

-¿Cuál fue el libro que primero te sacudió?
-Mirá, leía las cosas escolares, pero a los 8 o 9 años empecé con los clásicos españoles, no Quevedo sino los poetas del siglo XIX. El primer libro que me produjo una emoción muy grande fue Humillados y ofendidos, de Dostoievski, que tenía mi hermano... Él tenía una habitación arriba, con una escalera de hierro. Un domingo se fue y subí y le saqué ese libro. Me senté en la escalera y me lo leí de arriba a abajo. Después estuve en cama dos días con fiebre. Tenía 14 años. Y no era que estuviera resfriado ni nada por el estilo. Eso fue una conmoción tremenda. Seguramente tuve lecturas superiores, pero ésa fue la que... no sé, me impresionó de un modo muy particular.

-¿En qué momento te das cuenta de tu vínculo con la poesía?
-Vos sabés que eso no es fácil, ¿no? En el Colegio Nacional de Buenos Aires conocí al que después se convirtió en una especie de hermano, Marcelo Ravoni, un poeta italiano que ya falleció. Nos mostrábamos las cosas, pero, bueno, uno entonces no pensaba que iba a ser poeta ni nada por el estilo.

-¿Y a la hora de la vocación?
-En la universidad elegí doctorado en Química. Abandoné el primer año, intenté al siguiente y volví a abandonar. Me puse a trabajar en distintas cosas para ganarme la vida. Seguía viviendo en casa de mis padres, pero, claro, ya tenía 19 años...

-Se te cruzó algo...
-Sí, ahora recuerdo que a los 15 años tuve un sueño maravilloso, ¡eso sí que fue extraordinario! Mis hermanos se habían casado, yo había heredado la pieza de arriba con algunos libros, pero ya tenía los míos... De ese sueño todavía me acuerdo, ¡pero mirá vos!

-¿Cuál era ese sueño?
-Entonces yo soñé, día tras día y no me acuerdo por cuánto tiempo, que yo era un paje en una corte y que me enamoraba de no sé quién, y le escribía un poema extraordinario. Yo me dormía con un papel en blanco y un lápiz al lado de la cama porque, me decía, cuando lo escuche me despierto y lo escribo. Bueno, nunca ocurrió.

-Te querías afanar el poema.
-Me quería afanar el poema del sueño, sí... pero nunca me desperté. Otro sueño estoy recordando... ya tenía más de 30, soñaba con que me tocaba de nuevo el servicio militar. ¡Y eso era una pesadilla! Bue, menos mal que pasó. Y que ya no hay servicio militar.

-¿Vos lo hiciste completo o eras "apto relativo"?
-Sí, sí, claro: trece meses en un regimiento de caballería. Ahí se produjo el golpe de Menéndez, contra Perón. Y lo que pasó alrededor del golpe, la vida ahí en el regimiento, todo eso vuelve a cachos, porque es una larga interrupción. Fue muy largo eso.

-Aparte del emprendimiento familiar, ¿por dónde se te dio?
-Mirá, cuando tenía 19, trabajé para una revista de las aseguradoras. Iba adonde pasaba algo, a ver si tenían seguro o no. En general tenían. Pero una vez me tocó ir al puerto porque se había incendiado una lancha que era de dos hermanos; llego y estaban de lo más alicaídos. Ahí les digo: "Ustedes tenían seguro, ¿no?" "Se venció ayer", me dicen. Volví con esa historia, agobiado, y el director se restregó las manos y "¡Fantástico, escribila ya!". La escribí y me fui. Terrible.

-Más que amarillo, periodismo sádico.
-Sí, crónicas sádicas... Voy a pedir otro café... (Hace una seña, "Cortado con espuma de leche, por favor. Y agua".) Bueno, después trabajé de camionero.

-¿Tenés auto?
-No.

-Nunca te imaginé manejando, y menos camionero.
-Y dentro de la ciudad no es fácil, eh. Trabajé en una fábrica de muebles también y después en una casa de repuestos de automóviles, hasta que entré en el periodismo. Al mismo tiempo publicaba mi primer libro. Yo tenía 26... Cuando se lo llevé a mi mamá, me dijo: "¡De esto nunca vas a poder vivir!". Y tuvo razón, pero lo recibió con una ancha sonrisa.

-¿Cuándo te das cuenta de que lo tuyo es la poesía?
-Con este amigo Marcelo, a los 17, merodeaba por revistas literarias. Había un grupo de poetas que andaban por los 23, incluso habían publicado; se reunían en un café, les presentábamos poemas ¡y siempre desaprobaban los míos! Entonces un día dije esto no puede ser, tan malo no soy. Escribí uno y se lo atribuí a un poeta hebreo del siglo XII. Llegué al café y les dije "Miiiren, traje este poema; no sé si lo quieren leer..." "Sí, sí, cómo no." Se deshicieron en elogios. Ahí me di cuenta de varias cosas y de la más importante: lo único que vale es la escritura. Nada más. Me di cuenta de la vanidad que rodea a toda esta historia.

-Hablando de la utilidad de la poesía se dice que sirve para "levantar mujeres". ¿Vos le diste ese uso alguna vez?
-Cuando tenía 9 años. Quería enganchar a una vecinita de 11 y yo le mandaba poemas de Almafuerte como si fueran míos.

-¿Y?
-No pasaba nada, entonces dije bueno voy a escribir yo.

-¿Y?
-Nada, pero yo seguí. Me consta que hay gente que ha usado mi poesía. Yo escribí un poema que se llama "Ofelia" y que empieza diciendo "Esta Ofelia no es la prisionera de su propia voluntad...". Un día me invita un cubano, en México, a una fiesta, y voy con mi mujer. Se acercan dos mujeres a saludarla y me dice una: "Le quiero presentar a mi esposo, porque después va a contarle algo". Y viene el tipo y me cuenta: que él primero había conocido a la amiga de su mujer, la que estaba ahí con ella, y le había enchufado el poema con su nombre, suponete, Patricia: "Esta Patricia no es la prisionera...". La cosa no caminó. Después conoció a la que fue su mujer, no sabía que eran amigas, y le enchufa el poema: "Esta Carolina no es la prisionera...". Ja, otra que me pasó fue una vez que justo salió un libro de Benedetti y uno mío, entonces nos hicieron una entrevista radial, pero en un café. Nos piden que cada uno lea un poema. Él leyó el suyo; yo, el mío, de amor. Termina la entrevista. Se me acerca una chica y me dice: "¿Ese poema es suyo?". Digo sí. "¡Hijo de puta!" "Mire, disculpe, el poema no será muy bueno pero yo soy un hombre decente." "No -me dice-, hijo de puta el novio que tuve, que me lo mandó como que era de él."

-A veces uno no puede usar ni su propio poema.
-Pero a mí eso me alegra, porque ¿quién dice que la poesía no sirve, que la poesía es inútil? Además, en el siglo II un filósofo chino, no me acuerdo el nombre, decía que todo el mundo habla de la utilidad de lo útil, pero nadie repara en la utilidad de lo inútil.

-Volvamos al eterno "para qué sirve la poesía".
-Ésa es una pregunta que se hizo, sobre todo, Hölderlin: ¿para qué poetas en estos tiempos mezquinos y miserables?

-Justamente.
-Sí, justamente.

-La abundancia de poetas abonará la teoría de las compensaciones.
-Mirá, los poemas son botellas al mar que por ahí llegan a la playa de un alma.

-Un alma, nada menos.
(Viene el café. Es el momento de mostrarle a Gelman aquellas dos fotos. "Te las traigo sin ánimo de andar nostalgiando." Las mira y cabecea: "¿Pero esto es pa´ reprocharme la vejez?". Las fotos tienen pulso. Mediados de los años 60: la escena sucede en Mendoza, al oeste del paraíso. Alberto Patiño Correa (galerista, casado con Pampa Mercado, cuñado de Tununa) invita a Mendoza a Juan Gelman, Paco Urondo, Tata Cedrón y dos músicos más. Para presentar Madrugada, un disco con poemas de Gelman y tangos de Cedrón. En aquel encuentro apunté para una crónica palabras de Urondo: "Nos guste o nos reviente, no hay poesía regular o pasable; ser buenos muchachos no alcanza, no sirve para esto".
Pero volvamos a las fotos: fue el día anterior al recital, vivimos horas de ésas que la memoria no suelta. Gelman recuerda enseguida: "Chivito. Comimos un chivito en la montaña". Habíamos ido en dos autos, camino adentro de la precordillera. En Puesto Lima almorzamos y bebimos luminoso vino oscuro, sin miramientos. De vuelta, desandando la montaña, nos encontramos con unas nubes tan gordas que reventaban; muy bajas, lamían el camino pedregoso. Alguien dijo: "¡Paremos un rato!" El auto hizo caso. Enseguida Cedrón y los otros dos músicos, guitarra, violín y bandoneón, se pusieron a tocar. Parece soñado, parece mentira, pero las fotos atraparon aquel pestañeo de eternidad: ahí está Gelman bailando a la intemperie con Zulema Katz (entonces compañera de Urondo). Ahí estamos, en racimo. Al decir de Patiño Correa, "entonces bailábamos valses y estábamos todos..." Cosas que pasan cuando colisionan música, poesía y vino. Sumado a corazones en estado de vida. No imaginábamos lo que nos esperaba a la vuelta de la década. Soñábamos a raja cincha, sin tiempo para presagios.)

-Ahí estás, Juan, bailando el valsecito en la montaña... Te emocionaste.
-Que no se enteren en el barrio.

-Mirá, quiero preguntarte algo pero no sé cómo... Tu hijo y tu nuera y tu nieta desaparecidos... ¿Cómo se hace para soportar tanto dolor, cómo el corazón no estalla en pedazos?
-Hay gente que no lo aguantó, por supuesto; yo creo que eso se resuelve de una manera muy individual. En mi caso yo ya me había convertido en exiliado y pedía a las fuerzas políticas de Europa Occidental solidaridad con el pueblo argentino. Primero fue contra Isabel Perón, cuando empezó el pregolpe. Porque la verdad es que el golpe tuvo dos etapas: una fue la Triple A y después vino la directamente militar. Una de las cosas que me sostuvo fue la poesía, pero no el hecho de escribirla sino el hecho de leerla.

-¿Cuáles fueron esas lecturas?
-San Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, la Cábala, los profetas, los Rollos del Mar Muerto, en fin, todas esas cuestiones que tienen que ver con el misticismo. Encontré una especie de coincidencia con lo que yo mismo sentía que era, o es, lo que llamé la presencia ausente de lo amado. Para ellos, Dios; para mí, el país, el hijo, los amigos y compañeros desaparecidos. Eso me ayudó mucho. También el Quijote me ayudó, en la medida que podés leer pasajes que te hacen morir de risa... Un consuelo. Además tiene una característica muy importante: Cervantes no sólo inventa palabras sino que también aconseja inventarlas. Esto es interesante porque hace unos años había varios poetas, españoles sobre todo, que decían que no había que lastimar el lenguaje; y es al revés... Porque desde que la gente empezó a hablar lo lastima cada día. Eso es así. Entre comillas lo lastima.

-Porque lo lastiman vive.
-Claro, si no, está muerto. Aunque yo ya venía inventando palabras por necesidad expresiva. Aparte de las lecturas, me ayudaron en esos tiempos amigos, amores, desamores y todo eso.

-En la búsqueda de tu nieta no estuviste solo.
-Quien hizo realmente la investigación para encontrarla fue Mara La Madrid, mi segunda mujer, que no es la madre de mis hijos. Ella, como ciudadana, se interesó mucho y con rigor; archivos, documentos, todas las noches nos reuníamos, desechábamos información, incorporábamos otra, porque cada vez que yo venía a la Argentina no faltaban personas que me venían a ver con fotos y me decían: "Mire, qué parecida a su nuera", o "qué parecido a su hijo". No sabíamos si era niña o niño. Entonces una noche con mi mujer decidimos que no era ésa la forma de buscar, que lo que teníamos que buscar era el destino de mi nuera, María Claudia García Iruretagoyena. Por ese camino sí pudimos dar con ella, después de más de tres años de investigación y de una campaña internacional que yo hice con la ayuda de un poeta alemán y uno colombiano.

-¿El desenlace cómo fue?
-Ubicamos a mi posible nieta. Yo le pedí a un obispo uruguayo que intermediara con la supuesta madre de la chica, el supuesto padre ya había fallecido. En realidad era la única madre que había conocido en su vida. Porque a los dos meses de nacer la separaron de María Claudia, a quien raptaron en Uruguay. A Macarena la pusieron en una canastita y la dejaron en el umbral de la casa de esta familia; él era jefe de policía en un departamento de Uruguay y muy amigo del presidente Sanguinetti. Le di todos los datos al obispo; le digo: "Mire, nosotros tenemos noventa y tanto por ciento de seguridad de que esta persona es mi nieta, vive en tal lado con la señora que la crió y lo que le ruego es que usted hable con ella". Porque la habían anotado como propia, sabés, y a una edad en la que en aquel entonces no era posible que ese matrimonio pudiera concebir un hijo. Bueno, el obispo habló. Mientras tanto, la campaña internacional estaba a pleno. Ahí Sanguinetti cometió una serie de faltas imperdonables. Por ejemplo, Günter Grass escribió una carta y él prácticamente lo calificó de idiota útil y de ignorante. Eso provocó más indignación todavía. La carta por mi nieta fue firmada por más de cien mil personas de cien países, doce premios Nobel, escritores, gente de a pie... A mí siempre me pareció una cosa extraordinaria, porque ¿cómo hacés después de veintitrés años para recuperar a alguien cuya madre fue secuestrada, su padre secuestrado y asesinado y ella... vaya a saber en manos de quién?

-¿Qué resultados obtuvo la gestión del obispo?
-Unos quince días después de que él hablara con esta señora, ella le dijo a Macarena que no era la madre y que probablemente fuera mi nieta. Macarena quiso saber. Vos sabés que hay hijos de desaparecidos que no quieren saber; yo no los critico, no quieren saber y punto. Mi nieta quiso. El obispo sirvió de nexo hasta que mi mujer y yo fuimos a Montevideo. Concertó una reunión y apareció mi nieta en la habitación. Fue una impresión muy fuerte. Ella decía que no tenía abuelo. Después me contó que al entrar me vio y dijo: "Sí, éste es mi abuelo"... Mi mujer la encontró parecida a mi hijo y yo la encontré parecida a mi nuera. En realidad se parece a mi hijo.

-Ahí empieza la relación entre abuelo y nieta.
-Relación que no fue fácil, por supuesto, muchos años de vacío y además, ella vive en Uruguay y yo en México. Pero cuando podemos, nos vemos y entonces la nuestra es una relación afectuosa, cordial, ella no tenía la menor idea de quién era yo, y ahora leyó casi todo lo que escribí... Espero que lo que escribí no la enoje conmigo. Se trata de construir una relación que no es la normal... Yo sé que la búsqueda fue como un deber que yo tenía con mi hijo, la única herencia.

-En esta porción de mapa se desnucaron todos los colmos, se violó la vida y se violó la muerte, hasta se robaron criaturas. La pregunta nos cae sobre la mollera: ¿el promedio de nuestra sociedad aprendió algo?
-Decímelo vos. Yo no estoy seguro. Creo que buena parte de la sociedad se enteró de los horrores de la represión desatada por la Junta Militar. De ahí a desear firmemente que no vuelva algo parecido... Creo que hay diferentes terrenos donde puede haber un aprendizaje. Parece que hay sectores que no tienen el menor deseo de aprender. De un lado y de otro, eh. A lo mejor tiene que pasar más tiempo. No tengo idea. No tengo idea. Pero también depende de los casos individuales; vos podés hacer una apreciación general como la que acabo de hacer, pero tampoco ese patrón se aplica a todo el mundo... Yo creo que además de indiferencia activa, hubo apoyo activo. En la Argentina nunca un golpe militar tuvo éxito sin apoyo civil. En ese sentido, pareciera que la historia argentina está congelada. En ese sentido.

-Según pasan los años, ¿tus obsesiones se han ido modificando?
-Mirá, no se han modificado. Yo creo que todos los artistas pueden cambiar la expresión de sus obsesiones, pero por lo menos en mi caso, las obsesiones no cambian. Siempre tengo la imagen de sor Juana Inés de la Cruz de la espiral como definición de la belleza. Es decir, como si desde el punto donde esa espiral se inicia, también una obsesión se inicia en ese punto y da lugar a la espiral. Después, como si se mirara desde sus distintos puntos, cada vez más alto, cada vez más lejos, a la derecha, a la izquierda y todo lo demás... Mis obsesiones siguen siendo la niñez, el otoño, la muerte, el amor, la justicia social, la revolución. Pero además los hechos hacen que la calidad de la obsesión, su intensidad, se modifique; una cosa era cuando yo creía que estaba haciendo la revolución y otra cosa es lo que veo que pasó y está pasando. Entonces, en mi libro más reciente hay un poema que dice: "la revolución se paró en algún lado".

-¿Se paró o se bajó del mundo?
-Yo no he dicho eso, he dicho que se paró en algún lado... Yo ya sé que yo no la voy a vivir ni la voy a hacer.

-Pero sentís que alguna vez va a suceder.
-Después de tantos fracasos y errores, lo único que puedo decir es que es imposible mutilar en los seres humanos la capacidad de sueños, el deseo de cambio... Hay épocas muy grises, como la actual, que vivimos desde hace años y que viviremos unos años más todavía. Pero la historia enseña que al final algo cambia. Yo creo que en cada caso se cambia de una manera diferente y eso no lo puedo predecir. A pesar de todo el esfuerzo que este mundo globalizado, entre comillas, hace para manufacturar nuestra subjetividad a nivel mundial, para amansarnos, para convertirnos en tierra fértil para los autoritarismos... a pesar de todo yo creo que hay momentos en los que la gente dice basta. La historia muestra eso. ¿Cuándo, cómo, dónde va a ocurrir? No lo sé.

-Eso que llamamos condición humana, ¿ha avanzado al menos un centímetro? Hay hasta genocidios preventivos...
-Yo también digo ¿cómo es posible? Eso no creo que haya cambiado mucho, han cambiado sistemas sociales, pero no sé, no sé... He leído a Freud que habla del instinto de muerte y una cantidad de cosas como componente de la subjetividad humana. No lo veo ese cambio. Desde el comienzo de la historia que conocemos, esto viene ocurriendo. Si es posible que deje de ocurrir, no lo sé.

-En lo personal, la muerte te ha pegado más que de cerca. ¿Qué sentís por ella: furia, asco?
-Asco no, porque es un proceso natural. En De atrásalante en su porfía, yo me enojo con la muerte, pero son momentos... Uno se rebela porque muere la madre, el padre, el hermano, un amigo. Uno siente dolor pero también siente odio. Es inevitable eso. Que uno no se acostumbre es un asunto, pero enojarse por eso es otro asunto.

-¿La suposición del después de la muerte te sirve de algún consuelo?
-Bueno, yo no creo en la otra vida.

-¿Y si la hubiese?
-Bienvenida, no me voy a negar.

-Con Dios, ¿cómo te llevás?
-Hay una creencia que respeto, de mucha gente. Pero yo no creo en Dios, creo que es la creación de los hombres y no al revés... Soy ateo.

-Ateo, ¿nunca agnóstico?
-No, ateo. Lo que no quita que los místicos que te mencioné o toda esa indagación, empezando por la Biblia, siempre me ha interesado. Es un tema serio, más allá de la creencia o no creencia.

-Te propongo ahora jugar un rato.
-Pero no a eso de responder con una palabra.

-No tengás miedo. Vamos a imaginar visitas. Por ejemplo, han entrado César Vallejo y Juanele Ortiz. Se sientan en esas sillas.
-¿Acá, al lado?

-Sí, ya están en esta mesa. Aprovechá para preguntarles.
-A Juanele lo conocí. A Vallejo, no. Yo le preguntaría varias cosas a él. Por ejemplo, cómo empezó a escribir, qué piensa de la poesía actual... una conversación de colegas. No porque yo me considere tan grande ni mucho menos sino porque qué gran poeta fue, es, y yo creo que se puede seguir aprendiendo mucho de él. En cuanto a Juanele, cada tanto me iba a Paraná para verlo. Era un hombre excepcional. Estaba al tanto de todo lo que pasaba en el mundo, dormía cuatro horas, escuchaba la radio... y al mismo tiempo es el poeta que es. Una vez estaba escribiendo un poema sobre el río Gualeguaychú y me dice: "Estoy con un problema". ¿Por qué? "Y bueno, porque hablo de mariposas... Mariposa es una cosa y mainumbí, en guaraní, es otra. Mainumbí, Juan, vuela mucho mejor." Ahí Juanele estaba planteando un tema muy importante, el de la música, el sonido y todo lo demás.

-¿A Oliverio Girondo lo conociste?
-A Oliverio no.

-También él anda por aquí.
-¡Ah, no!... Creo que lo invitaría a al hipódromo, jaaa... Simplemente para ir, tomar unas copas, hablar de lo que venga. Es otro absolutamente extraordinario.

-En los años 70 se solía elegir entre Neruda y Vallejo. Vos ibas por Vallejo.
-Mirá, yo creo que Neruda es, evidentemente, un gran poeta. Pero hay poesía más afín a uno o menos afín. Hay grandes poetas que yo leo y no me tocan nada; no es culpa de ellos, es culpa mía. No hay que hablar de culpas en esto. Es una cuestión de afinidad espiritual, experiencia y todo eso.

-Ya Adán y Eva, parece, discutían qué es poesía. Para algunos, la palabra menos pensada. Para otros, la más pensada.
-Yo te hablo de mí: la escritura de un poema empieza por el primer verso, y hay que poder encontrarlo. Y después ya sigue sigue, sigue, sigue y cuando estás en un poema no es lo mismo que cuando lo terminaste o lo dejaste y lo ves desde otro lugar.

-¿Te das cuenta cuando te sucede el poema?
-Cuando estás en el poema, no sabés bien qué estás diciendo... simplemente me doy cuenta de que lo escribo, pero no de lo que escribo. Y después, cuando uno lo lee, dice bueno, esto está más o menos, esto suena mal, o este poema no se logró y va a la basura.

-¿El trabajo de corrección sobre el texto puede llegar a ser otra etapa de la inspiración?
-En mí no. Corrijo poco; es decir, tiro aquello que me parece que no salió. El poema está o no está. Y después soy consciente de que tiene imperfecciones pero no me pongo a componerlo.

-Entrarías así en la fabricación del poema.
-Claro, pero, te hablo de mí, hay otros poetas que no, y no es que sean malos poetas, todo lo contrario, son muy buenos y es probable que si yo me dedicara a corregir, mis cosas saldrían mejor. Pero a mí lo que me interesa es el acto de la poesía, y siento que lo traiciono si me pongo a corregir mucho... Como el que escribe es otro, cuando yo corrijo siento que estoy corrigiendo a otro. Y eso no se hace.

-Hay escritores para los que el acto de la escritura resulta tortuoso. Simenon, que tanto escribió, declaró que "escribir no es una profesión, sino una vocación de infelicidad". Otros hay que confiesan gozar como un animal que encuentra su ojal cuando está en celo.
-El mejor momento del poema es para mí su escritura. La infelicidad llega después, cuando lo leo.

-Faulkner decía que era novelista, pero como poeta fracasado. ¿Te acordás de Víctor Hugo Cúneo, el poeta? Tenía un quiosquito de libros al que lo prendieron fuego y después, para redondear, se prendió fuego él, en una plaza de Mendoza. Aquel Cúneo chuceaba a Di Benedetto diciéndole poeta fracasado, y a Tejada Gómez, diciéndole novelista fracasado. ¿Vos alguna vez intentaste una novela?
-Lo intenté una vez.

-¿Y?
-Y llegué a la página 30. Cómo cansa.

-A propósito de Faulkner, escribió: "Porque si en Norteamérica hemos llegado en nuestra cultura desesperada al punto en que debemos asesinar niños, no importa por qué razón o de qué color, no merecemos sobrevivir, y probablemente no sobrevivamos". Esta sociedad, la Argentina, siguiendo este razonamiento, ¿merece sobrevivir?
-Sobrevive, en todo caso. La altisonante afirmación de Faulkner tiene una ligera falla: usa la primera persona del plural y se incluye entre los asesinos. ¿Acaso fue así?

-Graham Greene insistía en que la naturaleza humana no es blanca y negra, sino negra y gris. Para Gelman, ¿cómo es?
-Negra, gris y de todos los colores, hasta los que no existen en la naturaleza.

-Cuando te nombran como un "poeta político", ¿cómo te suena?
-¿Dirías que Arquíloco fue un poeta político? Y sin embargo, escribió poemas pacifistas. ¿Dirías que Shakespeare fue un poeta político? Y sin embargo, nadie como él indagó las crueldades y las infamias de la lucha por el poder. No me estoy comparando, desde luego, no hay que hacer comparaciones, como decía Gardel. Creo que la poesía es palabra calcinada, que su único tema es la poesía.

-Entonces se puede hablar de todo en la poesía.
-Se puede hablar de todo. Hasta de amor.

-¿Cómo imaginás la literatura argentina si Borges no hubiera nacido?
-No me la puedo imaginar. Como no me la puedo imaginar sin Cortázar y tantos otros. La literatura es un tejido. Si alguno falta, queda un agujero.

-Sigamos con la patria: ¿qué extrañas? Si es que extrañás.
-A ver... no es una situación de extrañar, pero por ejemplo cuando llego a Buenos Aires me alegra muchísimo. Buenos Aires me alegra.

-Serías la excepción a la regla de la melancolía. ¿Te llega eso que se ha dado en llamar crispación?
-Yo sé lo que está pasando, pero el tema es que vengo de otro país. Todos los mexicanos que conozco vienen a Buenos Aires y vuelven encantados. Yo siento la vitalidad o crispación de esta ciudad. Crispación que también existe en México, pero se manifiesta de manera diferente... Pero me da alegría estar aquí. No es que necesite esa alegría para vivir, te estoy diciendo lo que Buenos Aires me produce. De pronto reconozco calles vinculadas a mi infancia; me despiertan recuerdos.

-¿Qué olores, colores, palabras te vienen si buscás en el fondo de tu niñez?
-Muchas. Las plantas del patio de mi casa, la cocina a carbón, el sótano en el que mi mamá dejaba fermentar guindas para un vino, los partidos de fútbol en la calle esquivando tranvías y otras y otras.

-Juan, cerrá los ojos para mirar más lejos: a ver, ¿cuál es tu imagen más lejana, la primera?
-Yo sé cuál es, yo sé, a lo mejor es un recuerdo reconstituido, a esta altura ya no estoy seguro, porque me lo recordó mi madre treinta años después de haber sucedido: yo tenía un perro que se llamaba el Negrito, al que por supuesto quería mucho. Yo tenía año y medio... y un día el perro no estaba en la casa, entonces salí a buscarlo, y al rato mi mamá descubrió que yo no estaba y salió a buscarme. Me encontró sentado en el empedrado al lado de un perro que había pisado uno de los raros coches que por aquel entonces pasaban por la ciudad y por esa calle. Entonces mi mamá dice que me encontró llorando. Y cuando ella me lo contó, yo me acordé, pero no estoy seguro de si es un recuerdo o es algo que ella despertó con sus palabras, y entonces ya es otra cosa. Pero digamos que desde el punto de vista de la edad, salvo mi nacimiento, es lo primero que recuerdo.

-Hay preguntas que son tercas, Juan. Para decirlo urgente: ¿Qué es poesía? Decime, ¿con cuál de estas preguntas-respuestas te identificás más? ¿Es la sed hasta las últimas primeras consecuencias? ¿Es el verbo sin retorno, arrojándose sin red? ¿Es el marinero que quiebra adrede el eje de la brújula? ¿Será la desesperación entusiasmada?
-Tiene algo de todo esto y para resumir: es un árbol sin hojas que da sombra.

-Otra pregunta porfiada, la última, y nos vamos a caminar un rato. En este minuto, en éste, ¿cómo es tu relación con la muerte?
-Me molesta. Ya en la vereda, caminamos por Castro Barros. Una cuadra y doblamos por Don Bosco, paredes sembradas con escrituras en aerosol. Su semblante lo dice: a Gelman esta ciudad le produce alegría. Mientras el fotógrafo hace, me pongo a conversar con hebras entresacadas de un libro suyo. Gelman se retrata en una línea: -"Miro mi corazón hinchado de desgracias..."

-Pese a todo, pese a tanto, Juan, con nosotros el amor.
-"Somos los que encendimos el amor para que dure, para que sobreviva a toda soledad. Hemos quemado el miedo, hemos mirado frente a frente al dolor antes de merecer esta esperanza."

-La esperanza, ¿derecho o deber? ¿Podemos elegir?
-"Si me dieran a elegir, yo elegiría esta salud de saber que estamos muy enfermos, esta dicha de andar tan infelices."

-¿Sólo eso?
-"Si me dieran a elegir, yo elegiría esta inocencia de no ser inocente, esta pureza en que ando por impuro... este amor con que odio, esta esperanza que come panes desesperados."

Caminamos otra media cuadra, lenta y, creer o reventar, en una pared descascarada, con letra infantil, enorme, alguien escribió: "El poeta". ¿Habrá leído alguna vez a Gelman quien escribió eso? ¿Imaginaría que él lo leería riendo y dichoso? Gelman me pasa la mano por encima del hombro. Pienso pero no se lo digo: "Gelman, cómo no te ibas a llamar Juan".

La música de una sola sílaba, arrojada.

¿Podría ser ahora, Juan, que suspendiéramos toda palabra dicha en voz alta, dicha en grito o dicha en escritura?
¿Podría ser que nos diéramos aquí mismo un abrazo a pleno sol en la plena noche?
A este encuentro le queda todavía media hora. Luego nos llevará un viejo Peugeot 404 modelo 69. La ciudad atorada, espesa de autos y bocinazos. Pero la alegría del poeta no amaina. Imperdonable lo mío, empecé con pregunta grave, concluyo con otra semejante:

-Hace un rato, Juan, me dijiste que la muerte te molestaba. No me dijiste por qué.
-Porque no me va a permitir que siga queriendo a los que quiero.

© LA NACION
Articulo :
http://www.lanacion.com.ar 23/01/2010

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